Una velada poética
(7-4-2000)

Antonio García Muñoz

El otro día nos acercamos a la diputación para que el poeta Antonio Cabrera nos echara unos versos. Cabrera es un poeta valenciano -aunque nacido en Cádiz- que ha obtenido un premio importante como es el Loewe, avalado por un jurado prestigioso y el mecenazgo, de no menor lustre, de una firma renombrada. Yo ya conocía algún librito del poeta, uno de esos sueltos mínimos como el filo de una hoja pero recorrido por la savia de la mejor poesía, y tenía interés por ver cómo sonaban esos versos en la voz de su creador. Debo añadir que abrigo muchos reparos hacia la poesía leída en recitales, y me siento profundamente incómodo ante el clima casi sacro que se respira en esos actos, en los que uno tiene que guardar las formas, contener las toses, evitar ruidos molestos, y componer un gesto místico, igualito que en los conciertos de música clásica donde al menor cruce de piernas eres fulminado por la mirada acusadora de los comulgantes.
Hay todavía, creo, una arraigada superstición de que la poesía es, entre las artes, la más sagrada, y a ello han contribuido sin duda los propios poetas que, cuando se han visto en la tesitura de presentarla ante el público, han hecho de ella algo teatral y ostentoso. No en vano, cuando no son ellos los que la recitan, son actores escénicos los que les han solventado la papeleta e incluso han grabado discos o han hecho montajes teatrales a costa de los poetas. No seré yo quien niegue las propiedades purgativas o catárticas de un poema, a condición de que esa propiedad venga de las propias palabras y no de la voz impostada o engolada del recitante, a quien sólo les falta añadir "toma castaña" al final de la lectura para que el orgasmo del oyente sea más efectivo. Pues bien, y con ello retorno a la velada del otro día, Cabrera, en una lectura medida y sin aspavientos, hizo lo que cualquier poeta debería hacer en estas circunstancias: sembrar pistas, lanzar el anzuelo de las palabras desnudas, sin adorno ninguno, para que cada cual, ya en su intimidad, pueda vestirlas de púrpura en sucesivas lecturas personales, ya que no suele resultar cierta esa opinión que afirma que es el propio poeta el mejor lector de su poesía (recuérdese al respecto la desgana con que Cernuda recitaba las suyas). El mejor lector de poesía es el propio lector, valga la redundancia.
Otra cosa quisiera añadir, ya puestos a deshacer entuertos poéticos, y es la cuestión de los grandes temas. Parece ser que, por la condición sagrada de la poesía a la que antes me he referido, el poeta tuviera que atenerse a un guión normativo según el cual hay ciertas palabras mayores, ciertos asuntos ante los que la única postura adecuada es la de la reverencia absoluta: sea la naturaleza, el viento, el mar, la infancia y cosas por el estilo. Cuando las vanguardias arrojaron ese pesado lastre que se acumulaba en las sentinas románticas e introdujeron un poco desvergüenza y humor en los contenidos, ya nos creíamos salvaguardados de esta tiranía. Hasta el otro día. Presentó Cabrera uno de sus hermosos poemas diciendo que a él el mar le resultaba indiferente, y que no podía entender cómo la gente podía sentir fascinación por ese aguado elemento. Mejor se hubiera callado. Recordé entonces la anécdota que cuenta Bousoño (uno de los valedores de Cabrera, por cierto) en alguna de sus entrevistas: es el caso que el poeta hubo de hacer de cicerone durante unos días del músico Stravinski, en Méjico, y no se le ocurrió cosa mejor que ir ponderando las excelencias del paisaje que discurría ante sus ojos durante un viaje en coche, ante lo cual el afamado músico hubo de detenerle: "No se canse usted, Bousoño, a mí la naturaleza no me interesa nada". A esta reacción irreverente, Bousoño la llamaba decadentismo, con un cierto desdén. Pues bien, a Cabrera le tocó su Bousoño el otro día, representado en esta ocasión por una chica que se sintió ofendida en sus carnes porque le hubieran tocado el mar, como si fuera su novio, y hubo Cabrera de torear la suerte de muy buenas maneras, por más que la chica marinera no quedara muy satisfecha y volviera a exigirle explicaciones al final del acto. A la salida, nos hicimos con un ejemplar, amablemente rubricado por el autor, y su lectura, que nos ocupa estos días, nos hace olvidar de tanto despropósito y nos reconcilia con la verdadera poesía. Y la chica, que lea a Pérez-Reverte.