Ha muerto con el mismo corte de pelo que Jerry Lewis, pero
sin una sola de sus gracias. Al contrario, pocos poetas contemporáneos
podrán presumir de una gravedad mayor, de una sustancialidad
tan grande. Valente representó en los últimos años
a ese tipo de poeta egregio, incomprendido, negador de la totalidad,
inspirado en alto grado como un San Juan de la Cruz laico o una
Teresa con pantalones (aunque no consta que levitara), tan ajeno
al mundanal ruido que uno se pregunta qué hacía
entonces escribiendo para el mundo y no quedándose recluido
en un convento cartujo sin decir ni mú. Cómplice
de Cernuda, no tanto por la concomitancia de sus poéticas
(que a mi modo de ver se hallan en los antípodas) cuanto
por su condición de francotirador polemista y rechazado
(como Góngora, como Larra), bramador contra el establishment
oficial, alanceador de todo lo que oliera a éxito y a premios,
pero que no dudó en embolsarse los pingües talonarios
de los más oficiales de todos, el Príncipe de Asturias
y el Reina Sofía. Dada la pureza de su espíritu
renegaba de las capillas y grupos generacionales, pero no se negaba
a otras capillas del extrarradio, la de los goytisolo, los sánchez
robayna y otros pájaros solitarios que se administraban
en comandita el incienso. A sus contemporáneos -salvo los
mencionados- ni agua, pues todos eran unos vendidos, unos sandios
y unos peseteros, y por si fuera poco escribían cosas legibles
y con éxito, esa cosa tan vulgar. En consecuencia, su poesía
de los últimos años estuvo centrada en el objetivo
primario de ser críptica como pocas, no fuera que a algún
despistado le diera por entenderla y le hundiera el invento minoritario.
Poesía del silencio se ha llamado a esta poesía
(con paradójica cursilería), pero no hay mejor silencio
que el de estarse callado efectivamente, salvo que la vanidad
del poeta es tan grande que hasta para ponderar su pureza tiene
que hundir sus pies en la ciénaga de las palabras.
Por lo demás, abundó en el ensayo, y cifró
sus preferencias en ciertos místicos y quietistas que habían
sufrido, como él, mucho. Él se veía heredero
de estos ninguneados: está por ver si ellos le hubieran
aceptado como tal.
Y a pesar de los pesares, cómo negarle cierta grandeza
en su primera época, cuando aún tenía los
pies en la tierra y no había iniciado el proceso de su
autocanonización. Mal que le pesara, su lugar estaba, y
estará en los manuales de literatura, junto a los poetas
de su promoción, Brines, González, Gil de Biedma,
Barral, o Caballero Bonald, uno más entre ellos, y ni mucho
menos el mejor (cada generación tiene su faro luminoso,
y sin duda fue Gil de Biedma el elegido de las musas). Los turiferarios
de turno postulan que su poesía aún precisa de la
pátina de los siglos para ser cabalmente comprendida: no
es a nosotros a quien toca juzgarla sino a los herederos de nuestros
herederos, caso similar al de Góngora o más recientemente
Cernuda. No tiene porqué no ser así, con el futuro
nunca se sabe, pero ¡mira que si después de tanto
esfuerzo los herederos salen respondones y siguen sin enterarse
de nada!