Valente
(Julio 2000)

Antonio García Muñoz

 

Ha muerto con el mismo corte de pelo que Jerry Lewis, pero sin una sola de sus gracias. Al contrario, pocos poetas contemporáneos podrán presumir de una gravedad mayor, de una sustancialidad tan grande. Valente representó en los últimos años a ese tipo de poeta egregio, incomprendido, negador de la totalidad, inspirado en alto grado como un San Juan de la Cruz laico o una Teresa con pantalones (aunque no consta que levitara), tan ajeno al mundanal ruido que uno se pregunta qué hacía entonces escribiendo para el mundo y no quedándose recluido en un convento cartujo sin decir ni mú. Cómplice de Cernuda, no tanto por la concomitancia de sus poéticas (que a mi modo de ver se hallan en los antípodas) cuanto por su condición de francotirador polemista y rechazado (como Góngora, como Larra), bramador contra el establishment oficial, alanceador de todo lo que oliera a éxito y a premios, pero que no dudó en embolsarse los pingües talonarios de los más oficiales de todos, el Príncipe de Asturias y el Reina Sofía. Dada la pureza de su espíritu renegaba de las capillas y grupos generacionales, pero no se negaba a otras capillas del extrarradio, la de los goytisolo, los sánchez robayna y otros pájaros solitarios que se administraban en comandita el incienso. A sus contemporáneos -salvo los mencionados- ni agua, pues todos eran unos vendidos, unos sandios y unos peseteros, y por si fuera poco escribían cosas legibles y con éxito, esa cosa tan vulgar. En consecuencia, su poesía de los últimos años estuvo centrada en el objetivo primario de ser críptica como pocas, no fuera que a algún despistado le diera por entenderla y le hundiera el invento minoritario. Poesía del silencio se ha llamado a esta poesía (con paradójica cursilería), pero no hay mejor silencio que el de estarse callado efectivamente, salvo que la vanidad del poeta es tan grande que hasta para ponderar su pureza tiene que hundir sus pies en la ciénaga de las palabras.
Por lo demás, abundó en el ensayo, y cifró sus preferencias en ciertos místicos y quietistas que habían sufrido, como él, mucho. Él se veía heredero de estos ninguneados: está por ver si ellos le hubieran aceptado como tal.
Y a pesar de los pesares, cómo negarle cierta grandeza en su primera época, cuando aún tenía los pies en la tierra y no había iniciado el proceso de su autocanonización. Mal que le pesara, su lugar estaba, y estará en los manuales de literatura, junto a los poetas de su promoción, Brines, González, Gil de Biedma, Barral, o Caballero Bonald, uno más entre ellos, y ni mucho menos el mejor (cada generación tiene su faro luminoso, y sin duda fue Gil de Biedma el elegido de las musas). Los turiferarios de turno postulan que su poesía aún precisa de la pátina de los siglos para ser cabalmente comprendida: no es a nosotros a quien toca juzgarla sino a los herederos de nuestros herederos, caso similar al de Góngora o más recientemente Cernuda. No tiene porqué no ser así, con el futuro nunca se sabe, pero ¡mira que si después de tanto esfuerzo los herederos salen respondones y siguen sin enterarse de nada!