Una vez leí que la televisión funciona como una
lente de aumento, es decir, que todo lo que aparece en ella, ya
sean lugares, objetos o personas, se percibe como más voluminoso
de lo que es en realidad. Lo que nunca sospeché era el
auténtico alcance de esta afirmación. Sin ir más
lejos, el otro día me topé con un conocido y he
de decir que su aspecto me sorprendió. Desde nuestro último
encuentro había experimentado una asombrosa metamorfosis.
Él siempre ha sido un tipo flacucho, tirando a vulgar,
anodino, uno de estos individuos que parecen invisibles para la
mirada del prójimo. Ahora, en cambio, parecía haber
ganado varias kilos de peso. De hecho, lucía pletórico,
tan erguido y lleno de prestancia como si se dispusiera a comerse
el mundo. Un saludable arrebol teñía sus mejillas,
sus ojos centelleaban y, en cuanto a su sonrisa, les juro que
podría haber ilustrado un anuncio de dentífrico.
Pero si notables eran los cambios físicos que observé
en él, más lo eran aún los, digamos, metafísicos.
Les explicaré: me dio la impresión de que su persona
había adquirido consistencia, densidad. Parecía,
en suma, más real que la última vez que lo vi. Qué
bien te cuidas, macho le dije con un punto de envidia.
Te veo fenomenal. Por supuesto que sí me
respondió, como que ayer salí en la televisión
de Albacete. ¡Ah, caramba! exclamé
sin poder contenerme ¡Eso lo explica todo!
Y lo explicaba, puesto que la televisión ha modificado
(quizá también distorsionado) nuestra forma de percibir
el mundo. Ahora nada nos parece real si antes no ha pasado por
el filtro del tubo catódico. Tómese una ex becaria
de la Casa Blanca, una joven tan acreedora al anonimato como usted
o como yo, añádasele un grotesco escándalo
sexual aireado por los informativos de mayor audiencia, sazónese
con cantidades masivas de cotilleo en todos los mentideros del
medio y obtendrá una figura de la máxima trascendencia
histórica, quizá parangonable con Winston Churchill
o con Alejandro Magno. Pues me atrevería a decir que algo
similar, aunque a pequeña escala, ha ocurrido en nuestra
ciudad. En la era previa a la televisión local (¿alguno
de ustedes la recuerda?) nuestros diminutos dramas cotidianos
pasaban desapercibidos hasta para nosotros mismos, nuestros políticos
tenían la misma estatura que el resto de los mortales,
éramos, en suma, una ciudad dejada de la mano de Dios.
Pero ahora la televisión nos ha redimido del olvido, nos
ha reinventado, nos ha vuelto reales, tangibles, importantes.
Nunca olvidaré, valga como ejemplo, el día en que
vi por primera vez el instituto donde trabajo a través
de la pequeña pantalla. En los casi diez años que
había enseñado allí, jamás había
reparado en su solemnidad y su empaque. Ahora lo veo con ojos
nuevos. Gracias a la televisión local, he aprendido a mirar.
Creo que todos hemos experimentado este singular adiestramiento
de la mirada, este saludable hábito de contemplarnos el
ombligo con una lupa. ¿A qué esperan? Sintonicen
con cualquiera de las dos cadenas locales y disfruten de nuestro
paraíso de provincias, de nuestro microcosmos autocontenido.
Con un poco de suerte (no demasiada, puesto que los mismos programas
se repiten una y otra vez) podrán regocijarse con las agudezas
de nuestros próceres mientras se lanzan mutuamente dardos
envenenados o pronuncian enardecidos elogios de la navaja, asistirán
a las épicas hazañas del Albacete Balompié,
cuyas desventuras se han convertido en fuente inagotable de análisis
y reflexión, o aprenderán los secretos de la teoría
combinatoria mientras rellenan una quiniela de fútbol con
pretensiones de carta astral. A eso de las diez, una vez refrescado
su alemán gracias a la conexión vía satélite,
podrán partirse de risa con el ingenio de sus vecinos,
quienes acaban de afirmar en un concurso que la laguna de Pétrola
se encuentra en la provincia de Ciudad Real. Admiren, de paso,
las impecables hechuras del esmoquin que luce el presentador (siempre
sudoroso, tal vez incluso aquejado de claustrofobia a causa de
las dimensiones del decorado). Un poquito más tarde, se
les brindará la ocasión de rellenar los huecos de
su memoria paseando por el Albacete de antaño (en
esta esquina hubo en tiempos una cordelería, ¡Dios
mío! ¡Y yo sin sospecharlo!). Y como remate, la sección
de alquimia y parasicología, decididamente mi favorita.
No hay discusión posible: la televisión local está
contribuyendo incrementar el nivel de felicidad de esta capital,
tanto que debería ser declarada un bien de interés
público. Y no me cabe la menor duda de que antes o después
todos nosotros tendremos la ocasión de aparecer en ella
y recibir así nuestra inyección de realidad, tal
y como le ocurrió a mi afortunado amigo. Sean pacientes
y esperen su turno.