Soliloquio de verano
Miguel Barceló
Indiscutiblemente
el verano es la estación de la piel, de los sentidos, de la sensualidad. Con
el nuestro cuerpo se transforma, cambia de color, con el reaparecen cada año
pechos desbordando escotes,
muslos forguianos, ombligos
horadados con hierros, transparencias que insinúan... En el verano -cada año-
se produce un renacimiento de nuestro cuerpo. Seguramente fue en verano cuando
Brecht escribió: "Solo tiene vida
aquello que está en proceso de transformación"... Tengo que
reconocer -sin pena- que la edad va amansando los sentidos, recolocándolos y
te transforma en espectador; pero el verano es también, la estación de las
miradas ocultas -resguardadas bajo el invento, no suficientemente reconocido,
de las gafas de sol-. En verano, redescubro cada año, la sensualidad
femenina, indiscutiblemente femenina...Los
hombres que en un burdo afán de imitación, adoptan actitudes heroicas para
eliminar el vello o sufrir un liftingh, me
siguen pareciendo ridículos y nunca alcanzan los resultados de
la belleza profunda de la mujer.
¡Llego
el verano!, la estación del amor; pero aclaremos la acepción: En español
puede tener dos significados: Uno, la de Santo Tomás de Aquino, en la que "amar
es ver al otro tal como el otro es y en la que amar significa conocer al
otro". Ciertamente no se puede amar -al menos yo- lo que no se
conoce. Esta definición, está libre de cualquier cambio estacional, no
precisa de ferohormonas, ni cuerpo. Se trata del amor que profesamos
normalmente a nuestros amigos, hijos, hermanos, padres, incluso a veces,
a nuestras mujeres. El amor de
verano tiene otro significado, es el amor sentido como deseo, ¡Deseo del
otro!, sea objeto o persona. Deseo de hombre y deseo de mujer buscando la
gratificación. Es el amor-pasión que supera la contradicción Aquiniana
moderna de "Cuando el deseo entra
por la puerta, el amor salta por la ventana...". Conceptos
irreconciliables, que con el tiempo, aprendemos -si maduramos- a conciliar,
mediante la sexualidad.
El
verano también es el mes de las anheladas vacaciones, ¡Vividas con una
antelación de once largos meses!. ¡Un derecho históricamente reciente. Hijo
de las movilizaciones obreras!. ¡Un logro de los trabajadores en la finiquitada
lucha de clases!. Fue tarea de la Revolución
Industrial eliminar los días libres y festivos y costó sudor y sangre que
los movimientos obreros los consiguieran. Con los años el capitalismo evolucionó,
sobretodo su enorme capacidad para
engullir ideas, transformándolas en objetos de consumo. ¡Dio categorías
distintas al trabajo y a la vida...desde entonces, trabajamos para poder vivir!.
La separación del trabajo y de la vida, realizada en tiempos distintos y
concretos (fines de semana y mes de vacaciones), ha sido un gran hallazgo del
cruel capitalismo: ¡Pagamos las
vacaciones, pagamos la vida!.
Se
nos permite, pues, ejercer la vida en verano, reducida al mes de vacaciones,
para unos pocos privilegiados, ya que indiscutiblemente, precisa de un período
laboral previo. Obviamente no tienen vacaciones los dos millones de parados; los
millones de amas de casa cocinando
incesantemente o corriendo detrás de las criaturas intentando evitar que se
ahoguen; los millones de trabajadores pertenecientes al bien denominado Sector
Servicios -la gran mayoría de mallorquines de nuestra comunidad-
disfrazados con pseudomokings, ahogados con pajaritas,
tienen que servir a los demás mientras se divierten....¡Estos tampoco tienen
vacaciones!.
Los
que quedamos, gozamos de "un merecido
descanso", para el que es imprescindible, "no
hacer lo que hacemos mientras trabajamos"...y, terminadas las
vacaciones, frecuentemente nos suele asaltar una indeleble sensación de
fracaso: ¡Hubiera podido ser mejor...!,
o, como mucho: ¡Conseguimos descansar!, nada más. Sólo, en contadas ocasiones,
cuando terminan, si se ha tenido la sensación de haberse salvado de algún
peligro grave, de ser superviviente... solemos comentar que: "¡Lo
ha pasado bárbaro!". Las vacaciones, desengañémonos, deberían ser
-por el poco tiempo que nos dejan disponer- para vivir al límite (no significa
por supuesto, jugarse la vida haciendo el idiota)... Desgraciadamente perdimos
hace tiempo la conciencia de la vida y del límite.
Generalmente
cada año pues, terminadas las vacaciones, me recorre por el cuerpo una sensación
de haberme equivocado. Me renace el presentimiento sobre lo pobre de nuestra
vida, lo misérrimas de nuestras vivencias... Nos queda un consuelo: Con la edad
aprendemos a procesar mucho mejor, las cosas van adquiriendo tonalidades más
tenues y los años nos enseñan. Desde hace unos años, cuando termino mis
vacaciones y me entra una extraña fobia pensando que mañana tengo que ir a
trabajar, acudo a mi escritorio, en el cajón de enmedio, el más asequible,
contiene una libreta donde guardo los apócrifos de las situaciones imposibles.
Solo, con mi ultima noche por delante antes de volver al curro releo el pensamiento de Wittgeinstein: "Un problema, lo es, en cuanto éste siempre tiene respuesta o
puede tenerla. Los que no pueden tener respuesta, como el sentido de nuestra
existencia, o el sentido de nuestra vida, aunque no deja de ser interesante, no
tienen solución (delante de ellos sólo podemos confesar nuestra ignorancia)
estamos sólo abusando del lenguaje. Carecen de importancia".