En el Saramago que acaba de visitarnos (y que aprovechó
los ratos muertos que dejó la conferencia de un catedrático
murciano para decirnos unas palabras) se combina esa doble circunstancia
de ser eminente escritor a la par que comprometido ciudadano,
un autor que no reniega de sus creencias, un modelo de ese compromiso
del que hablaba Sartre y que tantos debates en pro y en contra
todavía suscita. ¿Debe un autor, un literato involucrarse
en los problemas de su época, hacer de su obra un espejo,
mejor dicho boomerang, de la sociedad que critica? Pues claro
que sí, a condición de que el espesor de esa crítica
no asfixie el componente creativo, a condición de que la
obra no ceda un ápice sus valores imaginativos en aras
de una ideología concreta, a condición de que al
autor individual no se le vea el plumero en cada una de las líneas
de sus ficciones. En este sentido, cuando hablamos de la obra
Saramago, podemos estar tranquilos, pues cada una de sus novelas
constituye una formidable crítica, generalmente vía
alegórica, de todos los grandes males que nos aquejan a
los hombres del siglo XX, sin maniqueísmos, sin intromisiones
del creador. No creo que haga falta recordar la magnitud de novelas
como La balsa de piedra, El evangelio según Jesucristo,
o ese prodigioso Ensayo sobre la ceguera- a mi juicio,
una de las obras máximas de nuestro tiempo -que, en virtud
de su universalismo le han hecho merecedor del Premio Nobel, uno
de los más unánimes de los últimos años,
si exceptuamos la discrepancia de alguno de sus coterráneos
o de algún cubano resentido. Claro está que no siempre
el autor está a la altura de lo que esperamos de su obra,
y está bien que así sea, pues a la postre es la
obra la que queda, y no las pequeñas miserias, vanidades
o deslices de su urdidor. Siempre, en el caso de los grandes artistas,
tenemos que enfrentarnos a esta dicotomía, odiosa si se
quiere, pero que da bastante juego a los frustradillos de turno,
que se servirán de ella para perpetrar biografías
escandalosas de magnos personajes, a los que intentaran rebajar
el pedestal. Pero lo malo es cuando no ya advenedizos sino los
propios responsables de su biografía se encargan de vapulearla.
Y creo, con perdón, que Saramago ha sido uno de ellos.
Puedo recordar a título personal (y que por tanto no ha
de interesar a nadie más que a mí) el caso de dos
grandes artistas de nuestro siglo por los que yo he sentido gran
devoción y que con posterioridad me han resultado algo
odiosos: Katherine Hepburn y Groucho Marx. Admirada la primera,
en virtud de sus grandes facultades artísticas, su individualismo,
su esquinada belleza, el segundo por su acerado verbo, por una
visión del mundo que ya es consustancial a cualquier persona
que tenga sentido del humor. Ahora bien, me bastó leer
sendas autobiografías suyas para que se me cayera el alma
a los pies. ¿He amado yo a estos individuos, me pregunté
acongojado? Pues la primera resultó ser una protoamericana
de cuidado, cursi hasta la consunción y devota de las flores,
mientras el segundo se me mostró cicatero, sólo
interesado en cuestiones de dinero, un contable de su propia genialidad
en la que no veía más que un valor de cambio. De
modo que durante algún tiempo no pude ver sus películas
sin asociarlas a su incómoda personalidad. Como consuelo,
me aferré a Buñuel, quizá el único
artista capaz de adecuar su obra con su propia vida. ¿Quién
que haya visto sus películas no redoblará su admiración
cuando lea sus prodigiosas memorias? El rodeo de estas disquisiciones
no me aleja del tema, pues si las he traído a cuento es
porque me sirven para completar mi perfil de Saramago, una interpretación
individual y perfectamente discutible. Admirador profundo como
soy de sus novelas, la lectura de sus páginas más
personales me sumió en el mismo mar de dudas que las de
los antecitados, hasta el punto de hacerme disociar al creador
de la persona. Es en sus Cuadernos del Lanzarote, donde
se nos muestra el Saramago más íntimo, a falta de
unas memorias propiamente dichas. Se trata de una especie de dietario,
cuaderno de bitácora, vademécum en el que el autor
va haciendo anotaciones al hilo de la actualidad, al tiempo que
traza su propio perfil. Pues bien, uno de los dibujos que se perpetúa
en nuestra retina tras la lectura de esas páginas -que
resulta redundante calificar de gozosas- es la del intelectual
comprometido moderno, una caso curiosísimo de señor
bien alimentado que viaja gratis a todas partes, es reclamado
por las universidades de todo el mundo que de cuando en cuando
le coronan con un capuz académico, y entre pincho y pincho
de tortilla denuncia las desigualdades del planeta envuelto en
un halo de santidad bien captado por nubes de fotógrafos.
Es el intelectual mediático de unos tiempos mediáticos.
El que descenderá a los abismos de la pobreza o de la guerra
(Cuba, Sarajevo, Chiapas) siempre y cuando haya una cámara
delante, el que descree o minimiza el valor de los premios (no,
no yo nunca pienso en el premio nobel, nunca me los darán,
no me obsesiona) pero acude a recibirlos mansamente no bien
se los otorgan, el que finalmente tiene tan elevado concepto de
sí mismo que la borrasca de su egolatría le oculta
la diafanidad de lo que ocurre a un palmo de sus narices. El Saramago
que ha estado en Albacete, con esa cadencia hipnótica de
encantador de serpientes que le han valido el título de
seductor (no en vano, en sus conferencias predomina el mujerío,
como en las de Antonio Gala) volvió a recalar en sus obsesiones,
un punto demagógicas, de la revolución y nos conminó
a su embobado público, nada proletario y sí muy
burgués, a decir que no. Tomamos nota.