Según un buen amigo mío, norteamericano por más
señas, todas las personas poseemos lo que él llama
pelo salvaje (wild hair en versión original),
curiosísimo modismo que probablemente sea de su propia
creación, puesto que jamás me he topado con él
en ningún diccionario. Este pelo salvaje no crece hacia
fuera, sino hacia el interior del cráneo y siempre
según mi amigo una vez alcanza cierta longitud, comienza
a cosquillear la masa encefálica con resultados diversos,
como diversas somos las personas: algunos se enamoran de quien
no deben, otros salen a la calle y se emborrachan hasta el delirio,
y por último están los que se encasquetan una armadura
oxidada, saltan sobre su flaco rocín y parten en busca
de molinos de viento con los que medirse en singular combate.
Otro de mis amigos, valenciano por más señas, pertenece
a esta última categoría.
Ocurrió que cierto día recibió esta persona
el encargo de traducir la narración de los viajes de Marco
Polo a la lengua catalana, reto que aceptó con tal entusiasmo
que pronto comenzaron a pasársele las noches de claro en
claro y los días de turbio en turbio con la lectura de
las andanzas del viajero veneciano; y así, del poco dormir
y del mucho leer se le secó el celebro de tal
manera que vino a perder el juicio y dar en la más peregrina
ocurrencia de cuantas se recuerdan: ¡Voto a tal! exclamó
¿Y no he de ser yo un Marco Polo de los tiempos modernos?.
Dicho y hecho: solicitó un permiso sin sueldo de la administración,
dijo adiós a amigos y parientes y se embarcó en
la descabellada empresa de alcanzar la China (Catay, como él
la llama) por vía terrestre.
Lo último que supe de Toni, pues tal es el nombre de mi
amigo, es que volaba rumbo a Estambul, punto de partida de su
viaje, y que desde allí planeaba encaminarse hacia el Kurdistán
con la intención de ganar Iraq hacia comienzos de mayo.
Las explicaciones que me dio acerca de las etapas posteriores
las comprendí sólo de forma fragmentaria. Al parecer
piensa encaminarse hacia el septentrión, surcando las remotas
vastedades que rodean el Mar de Hircania, lugares tan desolados
que allí el viajero poco avezado puede extraviar hasta
el alma. Creo recordar que a continuación ascenderá
los Pamires (¿o era el Hindu-Kush?), donde sólo
las águilas se aventuran, y con suerte logrará alcanzar
Samarkanda, la ciudad legendaria cuyas callen bullen con las caravanas
de los mercaderes de la seda. Una vez rebasado el Yaxartes, junto
a cuyas orillas el divino Alejandro fundara la Alejandría
del Fin del Mundo, se internará en la Escitia, dejando
atrás para siempre los límites del mundo conocido.
Tras atravesar desiertos sin duda habitados por monstruos, mi
amigo penetrará en el imperio del Gran Khan por el suroeste,
y aún habrá de emplear otro par de meses en surcar
estas tierras, tan desmesuradas que eludirían los esfuerzos
del más avispado de los cartógrafos. Él afirma
que alcanzará Pekín a mediados de agosto, y que
desde allí un avión lo trasladará de vuelta
a suelo patrio, con lo que en pocas horas cubrirá un trayecto
que por tierra le habrá llevado cerca de cinco meses, y
aún puede considerarse afortunado, puesto que Marco Polo
empleó más de tres años en recorrer la misma
distancia allá por el siglo trece. Esto es ni más
ni menos lo que el salvaje de mi amigo entiende por unas vacaciones.
Recuerdo que la primera vez que me hizo partícipe de sus
planes no pude contener un comentario sarcástico: Tú
estás como una cabra le dije ¿No te
das cuenta de que puedes acabar tirado en el desierto convertido
en almuerzo para los buitres? Es posible me
contestó. Pero de lo que estoy seguro es de que tú
acabarás tumbado en tu sofá dale que te pego al
mando de la tele mientras miras cómo te crece la barriga.
Maldita sea, aquello me dolió. Durante un tiempo abrigué
la esperanza de que mi amigo terminaría por abandonar tan
insensato proyecto, con lo que yo podría devolverle el
golpe bajo. Pero no, el pelo salvaje de este osado valenciano
crece largo y espeso. Él ya ha partido, y yo dale que te
pego al mando de la tele mientras tanto.
Últimamente pienso mucho en Toni, en las experiencias
que estará atesorando en el trayecto y en la clase de persona
en que se habrá convertido cuando regrese (y ahora estoy
convencido de que logrará regresar). En cuanto a los riesgos,
ya nos dijo Kavafis que sólo se topan con monstruos quienes
los llevan consigo al partir.
Sí, amable lector, quizá un día de estos
yo también deje crecer mi pelo salvaje, siempre y cuando
la alopecia, tan frecuente en la mediana edad, no me haya dejado
ya el ánimo mondo y lirondo para entonces.