Escribió Nan Hua Ching que el hombre comprende su verdadera
magnitud interrogando al genio del río. Y cada vez que
tengo dudas sobre mi tamaño, en vez de medirme, vuelvo
al río, para buscar al genio. Todavía no he tenido
ocasión de consultarle. Tal vez saliera huyendo de la última
vez que se acabaron las aguas, o se murió simplemente.
Porque hubo un tiempo en que ni siquiera estaba el río
en su sitio, un tiempo triste, de otoños desolados, en
que nos reuníamos un grupo de gente en el cauce vacío
del Júcar, en Cuasiermas, a clamar porque volviera el agua,
retenida en las presas por intereses más atentos al riego
y a la economía que a la naturaleza. ¿Han tenido
alguna vez ocasión de andar bajo los puentes por un cauce
vacío? Va pisando uno las piedras, y pensando en el agua,
y en los peces, y en las aves que se asoman desde la altura, y
en los árboles. Es pavoroso.
Por eso, de nuevo, sin mucha esperanza de encontrar ya al genio,
he vuelto a medirme o lo que sea al Júcar. La verdad es
que he venido a mirar cómo pasa, a comprobar que todavía
sigue ahí. Y es un alivio verlo correr, verde, ondulante,
sereno, casi silencioso. Hacía tiempo que le debía
visita, como pasa con los familiares que nos pillan muy a trasmano
de nuestra diaria vorágine, a quienes vemos muy de vez
en vez, y que siempre nos reciben con alborozo. Siempre que me
asomo a un río, me siento un poco Siddartha, aquel personaje
de Hesse que llegaba a entender el lenguaje de los remolinos.
Soy de esos tipos que se quedan mirando correr el agua, volar
los pájaros, desfilar las chicas, y que pierden así
la noción del tiempo y hasta el sentido de la realidad.
Prefiero esta forma de olvido que la de ver la tele, aunque la
segunda dé más juego con los amigotes en las conversaciones
de café.
A lo mejor, el genio de Nan Hua Ching es este alobamiento, la
representación en vivo de todos los ríos que uno
ha leído y escuchado, el idioma internacional con el que
hablan los ríos. Se pega bien la oreja y se oye el discurrir
de nuestras vidas que van a dar en la mar, que es el morir, como
sentenciaba Jorge Manrique; el Tajo de ninfas y nereidas donde
cantaba sus desdichas amorosas Garcilaso; también el Duero
machadiano trazando curvas de ballesta en torno a alguna ciudad
poética; o el de Lorca, aquel donde el protagonista del
romance se llevaba a la mujer al río, creyendo que era
mozuela, para sufrir el chasco de que tenía marido. Hay
más, claro. No acabaríamos. También nos recuerda
esos ríos fronterizos en cuyas aguas se hundían
los caballos y las reses de las películas: Mississipi,
Grande, Rojo. Y otros más lejanos y entrevistos en documentales
como el Ganges o el Amazonas. Se diría que todos ellos
vienen a fundirse al mirar éste que nos pilla a un paso.
Pero los humanos somos así, raros, mitómanos: siempre
valoramos más los ríos inalcanzables, cauces de
leyenda que sirvieron de frontera a dos ciudades, a dos reinos,
a dos mundos. Cuesta pensar que en esta orilla lavaron la ropa
las mujeres y que aquí la tendieron. Es dífícil
contar cuántos se ahogaron en estos remolinos que algún
loco atravesó en bañera, y algún otro en
no menos frágil embarcación. Y sin embargo, sin
llegar a pellizcarse, nota uno que está ante una escena
real, se moja uno las manos en este agua, se escucha en esta hondura
un pájaro que canta. Se estremecen las cañas. Huele
con ese olor inconfundible de la ova, mezclada con el limo y el
carrizo. Y aunque dudo que muchas especies hayan sobrevivido a
las desecaciones, hay aún quien viene y echa la caña.
Entre tanto, ni aguanto hasta la noche, ni se aparece el genio
que ha de decirme mi altura, o mi magnitud, ya no lo recuerdo
exactamente. Mido más o menos lo que mi sombra reflejada
en el agua, lo que mi reflejo al otro lado, donde la hondura del
cauce guarda el bronce del otoño, la bruma del invierno,
la gasa luminosa que trae la primavera, el fuego del verano, la
noche que devuelve al planeta el discreto rumor de las aguas.
Mirándolo así, verde de cerca, azul al alejarse,
como figura en los mapas, nadie diría que ya nos lo han
robado, que muy posiblemente en este otoño vuelva a bajar
vacío, porque importe más guardarlo para regar sembrados
futuros que mantener vivos los seres que se mueven desde antiguo
en torno a esta grandeza. Tal vez el genio que decía Nan
Hua Ching exista de verdad pero no aparezca, porque nuestra verdadera
magnitud, la de los seres humanos, es tan ínfima que no
merece la pena consignarla.