Desde el famoso escrutinio de la librería del Quijote
han sido muchos los sistemas ideados para deshacerse de libros
molestos, no tanto por sus posibles repercusiones negativas sobre
el lector cuanto por sus pobres calidades o simplemente obedeciendo
al simple capricho. La purificación por el fuego practicada
por el famoso detective Carvalho, en las novelas de Montalbán,
o el piscinazo umbraliano son quizá las más
célebres, también las más crueles a mi juicio,
ya que atentan contra el soporte físico del libro, que
yo siempre he tenido por objeto sagrado, incluso cuando su contenido
es deleznable. Incapaz de practicar violencia alguna sobre tan
noble utensilio, siempre me ha parecido mucho más simpática
la táctica del despiste utilizada por Fernando Savater,
quien ante la avalancha de libros que suelen regalarle en sus
viajes (normalmente editados por diputaciones, o editoras regionales)
decide piadosamente olvidarlos en la habitación de su hotel.
Sin llegar a esos extremos, yo tengo habilitada una leja de estantería
para acomodo de estos libros indeseables, esos que llegan hasta
nosotros sin que los hayamos solicitado o comprado voluntariamente.
Es la última de las lejas, a la que uno no tiene acceso
a no ser que se suba en una silla o escalera. Allí, sometidos
al rigor inmisericorde del polvo, yacen estos hijos del aburrimiento
ajeno, nunca entendidos, pero tampoco abiertos, aunque ello suponga
enmendar la plana al glorioso Quevedo. Son en su mayor parte publicaciones
locales, que abarcan los temas más peregrinos, desde la
fascinante historia del queso manchego o de la aviación
albacetense hasta la nónima exhaustiva de la heráldica
provincial, pasando por la cría del alacrán cebollero
en Letur y otros muchos engendros del mismo tenor, generosamente
editados con dineros públicos y cuyo último destino
es el olvido. Hace unos días, un nuevo ejemplar se ha añadido
a mi colección, si bien antes de condenarlo a las alturas
me he distraído un rato ojeando sus páginas. Se
trata de una especie de álbum fotográfico, en plan
rock star, del presidente de nuestra autonomía, que no
satisfecho con conocerse a sí mismo ha creído imperiosamente
necesario que los demás también le conozcan, y para
ello no se le ha ocurrido nada mejor que recopilar el testimonio
de unos cuantos amiguetes que coinciden en afirmar lo buena persona
que es y lo que se desvive por nosotros, pobres mortales. Todo
ello aderezado por una serie de impagables fotogramas que dejan
constancia fidedigna de su paso por el mundo. El resultado, aparte
de algunas elucubraciones que entrarían en el campo psicoanalítico
(megalomanía, delirios de grandeza, soterrado caudillismo)
provoca en el lector mirón una serie de reacciones, entre
las cuales la dominante quizá sea la de la vergüenza
ajena, combinada con el pasmo incrédulo. Bien está
esa pequeña vanidad de querer mostrarse con los famosos
de turno, que siempre impone, y no es otra cosa que la aplicación
práctica del viejo refrán "arrimate a los buenos
y serás uno de ellos"; bien está que nos ilustre
acerca de sus muchos viajes (¿quién no ha sufrido
alguna vez la agonía de tener que mirar las fotos del amigo
que vuelve de un viaje turístico?); bien está la
delirante pose ante el hijo recién nacido
Sin embargo,
todo aquello que nos parece normal e incluso disculpable en el
territorio de la privacidad o en el mundo del espectáculo,
aplicado a un personaje público que se dedica a la política
nos resulta cuando menos sospechoso, pues siempre nos quedará
la duda de si el interesado no actuará movido por razones,
ejem, electoralistas. Con todo, dentro de la estupefacción
general que nos provoca el librito, hay algo en él que,
a mí por lo menos, me ha sumido en la mayor de las perplejidades:
el asunto del pupitre. Efectivamente, en una de las páginas
se nos muestra, junto a una imagen del escaño de diputado,
otra en la que aparece su pupitre colegial, descontextualizado,
esto es, fuera de su ambiente estudiantil, como objeto museístico.
¿Cómo diablos ha llegado el pupitre hasta ahí?
Más aún: ¿cómo certificar que es ese
y no otro el auténtico pupitre presidencial?, ¿es
que tuvo un sólo pupitre? Recuerdo que cuando yo era chico,
en mis años escolapios, cada nuevo curso nos cambiaban
de aula, y por tanto los pupitres se iban renovando de tal modo
que si ahora, invadido por la nostalgia, quisiera reconocer cuál
de ellos acogió mis tiernas posaderas ello me resultaría
de todo punto imposible. ¿Quién nos asegura que
ese no es el pupitre de otro niño menos vanidoso que el
que ahora lo presenta como suyo? Se me ocurre, entre otras, una
hipótesis que no juzgo descabellada, y es que desde su
más tierna infancia ya tuviera nuestro presidente una prefiguración
muy clara de su futuro como redentor de regiones, ya que no de
patrias. "Apárteme este pupitre, señor cura
-nos parece oírle decir al maestro cuando abandonaba el
colegio- que dentro de unos años, cuando sea presidente,
vendré a por él, para sacarlo en un libro"
Un últímo temor nos atenaza tras la contemplación
del libro de marras. Si desde su puesto actual de presidente regional,
ya ha ido dejando este hombre como mojones recordatorios varios
de su egolatría desenfrenada, convenientemente arropada
por la demagogia más banal, ¿qué no sería
capaz de hacer si algún día llegara a presidente
de gobierno? La verdad es que tiemblan nuestras carnes solo de
pensarlo.