Algunos bienintencionados amigos, al enterarse de que ando
estos días enredado en la composición de una novela
pornográfica, se han preocupado por mi salud mental y han
querido averiguar por qué dedico mis ocios a este asunto
improductivo en lugar de emplearme en narraciones de más
altos vuelos: sagas centenarias de abuelos levitantes, o pasiones
magrebíes para menopáusicas histéricas, pongo
por caso. Tienen razón, sin duda. Son pocos los libros
que se escriben hoy en torno al género erótico,
género que no goza de muchos lectores, más abocados
a otros placeres de índole espiritual o mística.
¿Por qué ese género y no otro, entonces?,
me preguntan. Pues no sé. Yo no creo que esté más
obsesionado por el sexo que cualquiera de mis colegas masculinos.
Si me pongo a analizarlo, puedo encontrar dos causas por las cuales
todo o casi todo lo que escribo tiene algún ingrediente
erótico, o pornográfico sin más. Es la primera
que yo accedí al sexo muy tarde: no hice el amor con una
chica hasta bien entrados los 35 años, y eso porque me
empujaron; hasta esa fecha, mi único trato amoroso había
sido con una zapatilla y con un osito de peluche al que había
practicado un orificio en la sien -como pueden ver, yo lo desconocía
todo sobre la ubicación de los órganos sexuales.
Esta circunstancia ha hecho que yo haya empezado a apreciar y
a gustar de lo sexual cuando muchos de mis coetáneos ya
estaban de vueltas de eso. Y así, mi gran inspiración
es el encuentro íntimo entre un hombre y una mujer, porque
cuando narro y describo estas cuestiones, yo puedo evocar ese
encuentro que yo tuve con una mujer y que tanto me gustaría
repetir (de ser posible, con otra mujer).
La segunda de las razones que puede haberme movido a elegir ese
género es genética. En mi familia, hay al menos
dos casos de personas que dieron la nota por alguna cuestión
sexual y a lo mejor estos casos excepcionales actuaron de modo
subconsciente en mi trabajo.
Mi abuela fue una precursora: en un momento en que estaba mal
visto que las mujeres escribieran o incluso tosieran, ella, bajo
su cuenta y riesgo, escribió un libro que conmocionó
a su puritana época. Lo publicó con el título
de El clavo y el agujero, y vendió de él seis ejemplares
firmados y numerados. La novela trataba sobre una viuda que en
segundas nupcias matrimoniaba con un carpintero. Este, llevado
por su celo profesional, se llevaba todas las noches el trabajo
a casa, y la pobre viuda se quejaba de que su marido no le prestaba
la atención debida, ya que pasaba horas y horas martilleando
clavos sobre cualquier superficie susceptible de ser perforada.
La acción era absolutamente inexistente, y el 90 por ciento
de la novela se le iba a mi abuela en farragosas y morosas descripciones
de clavos penetrando tablas y paredes. Como ven, la novela no
tenía ningún ingrediente como para provocar el revuelo
que provocó, y sin embargo mi abuela fue acusada de escándalo
público y obligada a tragarse en público los seis
ejemplares, además de a pagar dos pesetas, que constituían
una millonada para la época. Y todo por una frase de la
novela, sacada de contexto. La frase en cuestión decía
así: El recio carpintero introdujo uno de sus recios
dedos en su nariz, y agitándolo con recios movimientos,
extrajo de allí una consistente y recia excrecencia, que
le provocó gran gozo sensual. El tribunal que la acusó
vio en este breve fragmento suficientes motivos para acusarle
de degenerada y pornógrafa. Mi abuela se defendió
alegando que la nariz no es un foco erógeno y por tanto
no podía existir pornografía. Y el jurado, que desconocía
el significado de la palabra erógeno, subió la multa
a tres pesetas, por desacato al tribunal y uso de palabras malsonantes.
El otro caso familiar es el de mi tío Jenaro, otro de los
puntales de su época. Mi tío sufrió la mutilación
de su pene en un trágico accidente casero, mientras cocinaba
un plato afrodisíaco. Él nunca quiso aclarar lo
que ocurrió ese día, pero lo cierto es que su pene
apareció carbonizado dentro del microondas, y se vio forzado
a un trasplante, el primero de estas características en
España. Los doctores le dieron a elegir entre penes de
distintos tamaños y colores y él se decidió
por uno negro de 46 centímetros, quizá porque el
color le recordaba el de su chamuscada herramienta. Lamentablemente,
olvidó decir a los cirujanos dónde deseaba el trasplante,
y cuando despertó de la anestesia descubrió horrorizado
que se lo habían reimplantado en la nariz. Mi tío
hubo de acostumbrarse a esta enojosa circunstancia, pero no contaba
con las reacciones secundarias, y dado que el pene estaba en contacto
con las vías respiratorias, cada vez que exhalaba aire
el miembro se inflamaba desmesuradamente. De este modo, mi tio
sufría una erección cada vez que respiraba, con
la consiguiente molestia y escándalo de quienes le rodeaban.
Y aun esto era un mal menor comparado con lo que ocurría
cuando estornudaba. Para abreviar, mi tío Jenaro fue acusado
por el mismo tribunal que había acusado a mi abuela por
satiriasis y exhibicionismo y condenado a dejar de respirar para
evitar así escandalosas erecciones.
No sé si con esto contesto a la pregunta de por qué
escribo pornografía. Espero al menos no haberles aburrido.