El pintor Juan José Jiménez se ha traído
de Laponia un puñado de imágenes congeladas y las
ha puesto a derretir en el Museo Municipal. Una buena parte son
fotografías, que se trajo en carretes. Pero hay otra parte
que se las trajo puestas, enredadas en la retina, y las ha ido
regurgitando en forma de pintura desde el verano pasado. El resultado
es que no hace falta que enciendan el aire acondicionado (que
no tiene) en el Museo Municipal porque el frío se ha instalado
a sus anchas. Entra por los ojos y se va expandiendo lentamente
por el espíritu hasta que uno tirita.
"Hasta Nordkapp", se llama el conjunto. Y Nordkapp
es el Polo Norte, como quien dice. Donde se acaban las carreteras
y no hay más remedio que pararse o seguir en trineo. Por
eso se detuvo J.J.J. De no impedírselo este pequeño
escollo, él hubiera continuado carretera adelante hasta
la luna, o hasta el verdadero fin del mundo, que lleva persiguiendo
en su furgoneta desde que salió de La Gineta van para cuarenta
años. De hecho una de sus anteriores exposiciones se llamaba
"Hasta Finisterre". Pero de ir y venir a Galicia, Finisterre
ya se le antojaba corta. Y al paso que lleva, Nordkapp tampoco
le pillará muy lejos.
En las pinturas de J.J.J. ha ido aflorando cuanto se le fue enredando
en el camino. Hay por supuesto líneas de carretera disfrazadas,
hay cielo, nubes, rocas, mar, acantilados, renos, nieve, alguna
casa, aire, silencio, soledad y frío. Sobre todo estas
últimas esencias: silencio, soledad y frío, en las
que de alguna manera se resumen todas las demás, como pasa
con los mandamientos. Así, el hombre que vino del frío
en furgoneta ha incorporado a sus símbolos de siempre un
hermoso iceberg triangular, que es probable que le acompañe
luego en futuras experiencias, como de hecho le acompañan
el tazón de sus desayunos de la infancia y las barcas de
su periodo gallego.
A lo que ha renunciado por esta vez es a los tonos ocres de esta
inmensa llanura desértica donde se emplaza Albacete. De
Galicia se trajo los siete mares, pero primero se le fueron poniendo
rojos como atardeceres y luego poco a poco secándose hasta
volver a ser ocres. El viaje a Nordkapp ha sido la glaciación
interior, la maldición de los hielos, que ha convertido
en frío azul y en blanco todos los símbolos anteriores
y que tiene convertido en un frigorífico visual el Museo
del Altozano. Hasta el sudor parece venido de Nordkapp.
Como no sabemos cual es el nuevo límite que se impondrá
este pintor viajero, hemos de visitar su exposición con
la prevención de que en Laponia no se acaba el mundo y
de que ningún lugar físico al que se pueda acceder
en furgoneta queda fuera de sus posibilidades. La próxima
vez, quién sabe. Ahora, caminemos al compás de los
renos, oyendo el silencio de las frías estrellas de Noruega.
Un silencio en cuyo fondo se escucha el runruneo de la furgoneta
de Juan José Jiménez. No podía ser de otro
modo: la misma mano que maneja el volante es la que pinta luego
los paisajes.