No se puede escribir sobre lo que no
existe
Miguel Barceló
(Artículo aparecido en el diario El Mundo, edición de Baleares)
"He visto las mejores
mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas histéricas
desnudas, arrastrándose de madrugada por las calles de los negros buscando el
pico rabioso". Es el inicio del poema "Aullidos"
escrito por Ginsberg en 1956. Indudable su fuerza. En dos líneas, sin
pausas, dibuja la realidad de personas arrastrándose.
Los junkies que deambulan por nuestras calles -más de medio siglo después
de que Ginsberg escribiera el poema- no son las mejores mentes de nuestra
generación, son estigmas de una sociedad, a la que mendigan tratamientos en
largas listas de espera, roban y se prostituyen para conseguir el dinero con el
que comprar la droga por la que se juegan cada día la libertad y la vida.
Por encima de razas, credos y naciones los heroinómanos se han convertido en un minúsculo grupo social. ¿Existe la cultura del toxicómano?. ¿Podemos aprender algo de ellos?. Nunca lo intentamos. Hubiéramos podido aprender su juego obsesivo con la muerte -una relación constante, vivida sin miedo- mantenido en cada "pico". Hubiéramos podido aprender la sensación de libertad absoluta en que los sumerge los efectos de la heroína, en el estado de letargia, de paz inexplicable. Neruda lo escribió
El gentleman oficial de Londres
vestido de impecable ruiseñor
(con pantalón rayado y almidón de armadura)
trinaba contra el vendedor de sombras,
pero aquí en el oriente se desenmascaraba
y vendía el letargo en cada esquina.
(El opio en el este). Pablo Neruda.
Hace tiempo quedé impresionado por la estética del pico de heroína
en la película Pulp Fiction. Alguna vez me atreví a acompañarlos en el ritual
del "pico"... como calentaban agua en una cucharilla, cómo con un
encendedor cargaban la chuta, como se hacían el torniquete para inyectarse el líquido
amarronado - en Mallorca, casi toda la heroína es brown sugar- en las venas; y
por último, con la aguja clavada en su brazo, observaba cómo apuraban
con su propia sangre, una y otra vez, los restos que pudieran quedar en la
jeringa. No dejaba de ser tan triste como hermoso ver sus caras y sus ojos
dibujando su vuelo. Quincy sabía de esto:
"Opio
elocuente que con tu fuerte retórica deshaces las victorias de la ira; que durante
una noche devuelves al culpable las esperanzas de la juventud y le lavas la
sangre de las manos; y al hombre orgulloso un breve olvido de males sin remedio
y ofensas sin venganza; que convocas a la cancillería de los sueños, para
los triunfos de la inocencia. perseguida,....
(Thomas de Quincy).
Al menos hubiéramos podido aprender a especular sobre su sufrimiento, su capacidad de trasgresión, su falta de dignidad. Hubiéramos podido polemizar el porqué de su número (¡son tantos!); o sobre su don especial para transmitir angustia. Hubiéramos podido desentrañar el mecanismo por el que necesitamos hacer culpable al otro de nuestras desdichas. No se sienten culpables, sino víctimas de su adicción. La culpa la tienen los demás. No son ellos los que roban, ni los que se prostituyen. Son ellos "juntoconlaheroina".
Las ansias de estos chicos no
son vivir, ni morir. En cada pico buscan eternizar, revivir los momentos de felicidad en el que
estuvieron tras el primer, el segundo o el tercer pico: viajar a lomos del
"caballo alado", "palpar" el cielo. Durante unos momentos
descubrieron la paz. Decidieron con la razón que da ser joven. Consiguieron por
tres mil pesetas lo que a nosotros nos cuesta la vida. ¿Equivocaron de camino?.
¡Demasiados jueces han tenido para que ahora me una a ellos!. Siento, en el
fondo del alma, la crueldad de esta sociedad que en vez de proporcionarles heroína
los mantienen en la más absoluta marginación. ¿A que intereses responden
nuestros gobernantes?. Friedman decía que para luchar contra el SIDA hay que
devolver la dignidad a los toxicómanos. Para que ellos puedan ejercer como
personas hay que reconocerles el derecho a que se "droguen". No
tengamos miedo. Nuestro futuro nunca será el de una sociedad en la que sus
habitantes leviten con la heroína, o aporreen su cuerpo con coca bailando en
macrodiscotecas; o decidan hermanarse en un porro eterno, todo el día, pasándose
el porro de mano a mano, de labio a labio; o decidan huir al mundo caleidoscópico
del LSD. No. Si se legaliza la droga será porque significará un aumento en la
productividad. Las drogas se convertirán en los señuelos que morderemos para
ser más productivos... y más egoístas.
En vez de aprender de ellos, decidimos negarlos, marginarlos.
Condenarlos a largas listas de esperas, usarlos como argumentos para prohibir el
uso de drogas, secuestrarles el derecho a utilizar su cuerpo libremente.
Esta política ha sido la causante de que más de cien mil jóvenes
en España, desde el final de la década de los 70 hasta los noventa, perecieron
a consecuencia del uso de la heroína. Las cárceles se llenaron. Se improvisó
una red terapéutica que no había sido necesaria con otras drogas.
Basamos los tratamientos en su dignidad social:
fracaso = recaída, éxito = abstinencia. Hasta aquel momento, a los
alcohólicos, si volvían a beber, los desterrábamos de los pulcros centros de
tratamiento, condenándolos a deambular por las calles; y hasta pasados unos
meses, no se les permitía intentar una nueva deshabituación. En el caso de los
"heroinómanos" pronto se nos antojó que esta "actitud terapéutica"
era cruel y peligrosa. Morían de sobredosis, sobre todo cuando habían sufrido
una desintoxicación y habían eliminado la tolerancia. En las recaídas
empezaban a picarse con la última cantidad, la misma cantidad usada en el
momento álgido de su adicción. Pronto dejamos de tener actitudes salvadoras
cuando comprobamos que algunos de los enfermos “curados” morían por
sobredosis en algún baño infecto, con la aguja clavada en el brazo.
Han muerto la mayoría de los chicos que trataba en aquellos tiempos. A
veces, en la calle, me encuentro con algún superviviente y nos dedicamos a
repasar la lista de caídos. Son, en su mayoría, muertes injustas que deberían
pesar sobre las inmaculadas conciencias que concibieron tratamientos
excluyentes, exigiéndoles unas condiciones que ellos no podían aceptar.
Hasta hace dos meses en que trabajaba en el Hospital General, a pesar de haber aumentado los programas con metadona, seguían acudiendo junkies. No había día en que no vinieran media docena mendigando una pastilla. No abusaban, no venían cada día los mismos. Les daba trankimazin, de uno en uno. A veces esperaban pacientemente más de media hora una pastilla. Les golpeaba dulcemente sobre sus cazadoras arrastradas por mil suelos. ¿Un cura?. Ni más ni menos. ¿Por qué?. Casi todos se están muriendo, casi todos llevan el SIDA escrito en la cara y la droga tatuada en sus brazos. Los han puesto con metadona. ¡Al fin!. Pero la metadona no les basta, no coloca como la heroína, incluso les provoca estreñimiento y muchas veces, dolor de cabeza. Es como si tuvieran ganas de comer "pescaíto" frito y tuvieran que conformarse con puré de patatas. La metadona les ayuda a vivir, sobre todo porque evita las sobredosis y es un opiaceo que elimina el "craving" (no hay traducción: craving = ¿ansia loca de consumir?... aproximadamente). Es lógico que acudan a las benzodicepinas, generalmente trankimazin. Tampoco les coloca bien, sólo los adormece, los apacigua, ralentiza sus movimientos y pensamientos, les anestesia la memoria de sus fracasos. Con dosis altas de metadona viven las miserias de su vida sin ansiedad... y sin esperanza. Siguen consumiendo cocaína.
El Sindicat d'Exclossos de Mallorca me pidió que escribiera un articulo sobre la política de drogas del Govern. Supongo que habría tenido que denunciar la falta de programas para los toxicómanos sin sostén familiar. O tendría que haber hablado de la nefasta política de subvenciones que han seguido estos políticos para eximirse de su responsabilidad. ¿Para que?. Era perder el tiempo. No hay duda de que es lamentable que el Govern no tenga una política definida en este campo y muy significativo que en tres años no hayan querido elaborar un plan general para toxicómanos. Un Govern que sólo habla de números, no de recursos, busca calmar sus conciencias aumentando el número de gente que puede acceder a un tratamiento con metadona, pero no es un Govern de Esquerres.