Hace quince años que Andrés Gómez Flores
ganó el premio Graciano Atienza de periodismo por un artículo
titulado "La ciudad sin aromas". Se publicó en
la desaparecida revista "La Seda" y con su prosa pulida
y clara el autor se quejaba con elegancia de que a la ciudad de
Albacete se le hubieran amputado todas las señas de identidad.
No ya sólo la mayor parte de su patrimonio arquitectónico
y urbano, también las pequeñas cosas, los pequeños
negocios, los tejados rojos y hasta hospitalidad de las plazas
públicas.
Tras estos quince años de alternancias políticas
las cosas están aún peor que entonces, que ya es
difícil. El geógrafo Jacinto González, en
su recientísimo libro "La ciudad nueva: Albacete 1833-2000"
acaba con una constatación que es a la vez un desahogo
y una llamada a la utopía: "estamos construyendo una
ciudad impersonal, ajena a nuestras raíces, nuestra historia
y nuestra cultura, nos olvidamos de nuestras señas de identidad
y muchas fotografías que podemos hacer en la ciudad podrían
ser de una barriada de Madrid, Valencia o de cualquier ciudad
dormitorio".
Pero no hacen falta citas. Cito a dos autores simplemente para
ilustrar lo que cualquier albaceteño con dos ojos en la
cara es capaz de advertir y sobre todo de sentir cuando cruza
la ciudad con la serenidad necesaria. Cierto es que voluntad no
falta. Ahora he oído que van a rebautizar las carreteras
con algunos de nuestros símbolos de siempre. Que por ejemplo
a la de Alatoz van a llamarle carretera de la Cuchillería,
lo que es una iniciativa entusiasta, aunque me parece a mí
que de dudosa eficacia práctica. Cuando mandemos a buscar
la carretera de la Cuchillería a cualquier viajero que
quiera ir a Alatoz, le complicamos aún más el encontrarla,
como si no fuera ya bastante difícil orientarse en el laberinto
de una ciudad que uno desconoce.
Tampoco faltan referencias a símbolos de nuestra historia.
Hay un monumento al sembrador, aunque lleve el pie cambiado, un
monumento al chuchillero, una réplica de la Bicha de Balazote,
un Museo Arqueológico del que vivimos a espaldas, y una
catedral, y algunos parques algo enfermos pero que están
muy bien, e incluso un refugio en el Altozano que es como llevar
cambiado de dedo el anillo para no olvidarnos de algo imprescindible:
un error que no debemos repetir. También los personajes
que han hecho aportaciones positivas a la ciudad tienen calles
y plazas y jardines dedicados, aunque en la mayor parte de los
casos hayamos olvidado quiénes eran y qué hicieron.
¿Qué nos falta entonces? Imposible sería
derribar esos rascacielos impersonales que han formado un bosque
de cemento en el que se atasca el tráfico. No se puede
devolver lo ya perdido, no se puede reimplantar el Alto de la
Villa, por ejemplo. Incluso el titánico esfuerzo por resucitar
el Teatro Circo puede defraudarnos cuando se comprueba que la
estructura metálica de su techumbre será una de
las pocas cosas originales que conserve en su nueva configuración.
No se trata tanto de salvar lo poco que nos queda, que por supuesto
que es preciso, como de encontrarle un uso adecuado.
Reliquias como la Fábrica de harinas Fontecha deben servir
como lugares de encuentro de los albaceteños con ellos
mismos y con su memoria. De encuentro frecuente. No de una vez
al año. Y las plazas, ya lo apuntaba Andrés Gómez
Flores en su acertado artículo (por cierto publicado en
una revista desaparecida y ganador de un premio también
desaparecido), han de recuperar su hospitalidad perdida. La memoria
se conserva a pie y se despilfarra en el continuo atasco de los
coches. Quizá, más que mirar al modo de llamar a
nuestras salidas de la ciudad, haya que buscar una manera de encontrarnos
más cómodos dentro de la misma. O simplemente una
manera de encontrarnos.