Quien haya visto una ciudad moderna, bien puede afirmar que las
conoce todas. Hay un cuento de Twender en el que un tipo saca
el coche una mañana y se pierde en una maraña de
calles, flanqueadas por rascacielos, transita por avenidas en
las que no termina de orientarse y en las que el tráfico
le empuja hacia nuevas zonas urbanas desconocidas. Conduce así
durante todo el día, y cuando empieza a caer la noche,
descubre que ha estado pasando de conurbación en conurbación
hasta encontrarse en otra ciudad que está a cientos de
kilómetros de la suya, pero que podría ser la suya.
Del mismo modo que avanza la especulación y aumenta el
parque móvil, los cascos históricos van retrocediendo
y adelgazándose hasta quedar reducidos a las fotos y a
los libros de historia. El casco histórico de Albacete,
por ejemplo, ya no está en Albacete, donde apenas si quedan
en pie la catedral y dos o tres edificios con más de un
siglo en sus piedras. Ya todo el mundo sabe que el casco histórico
de Albacete es Chinchilla, que nació antes pero perdió
pujanza por estar en alto, de forma que los comerciantes y los
especuladores se bajaron a la llanura a negociar y a destruir,
olvidándose del castillo.
Ahora que quien más y quien menos empieza a hartarse de
tanto coche y de tanto ruido, sale todo el mundo cuando puede
a buscar trozos de historia que aún se tengan en pie. Es
el turismo de interior, como lo llaman los vendedores de viajes.
En Chinchilla aún quedan en pie unas cuantas casas que
merece la pena visitar: hay un castillo que es todo muralla sin
chicha dentro, un hospital de San Julián que se está
cayendo a pedazos, unos baños árabes cerrados a
cal y canto, una iglesia de Santo Domingo de sótanos desconchados,
un convento de Santa Ana del que sólo puede atisbarse el
campanario, y así sucesivamente.
Cuando en Albacete se dan de tortas para adjudicarse la modernista
y fantasmal fábrica de harinas Fontecha porque darle contenido
a un edificio con esa personalidad distingue, en Chinchilla hay
dos palacios hermosísimos que llevan más tiempo
vacíos que el que pasaron habitados. Sin contar con que
las calles han conservado a duras penas su trazado medieval y
su sabor, y con que está la judería, una de cuyas
partes, las cuevas del agujero, sí que están preparadas
(por fuera), para la satisfacer la curiosidad de los visitantes.
Pero luego no encontrarán ni una mala fonda en todo el
casco histórico.
Es curioso que en esta época en que los dos valores económicos
con más futuro son el reciclaje y el turismo, los madrileños
que cruzan la llanura una y otra vez para acudir a las playas
de Levante, sólo puedan recalar en dos pequeños
museos de la ciudad: el de cerámica y el museo parroquial,
auténtica maravilla éste último de lo que
puede rescatarse de todas las guerras y de todos los incendios
cuando hay verdadero interés y amor por el pasado. Está
abierto todos los domingos, a partir de las doce y por la tarde.
Merece la pena visitarlo, sin duda, como merece la pena visitar
el Belén navideño.
Alguien, la Junta de Comunidades, la Diputación, el Ayuntamiento,
o mejor todos juntos, deberían hacer algo, primero por
salvar lo mucho que todavía es salvable en esta ciudad,
lo que la distingue de la uniformidad en que ha venido a parar
el urbanismo de fin de siglo. Segundo por evitar que los nuevos
especuladores sigan edificando barbaridades, amparándose
en unas normas subsidiarias mal hechas y peor aplicadas. Y tercero,
por conseguir que el mundo conozca y pueda disfrutar de algunas
pequeñas maravillas ocultas. Cuesta dinero, claro, ese
es el problema. Pero merece la pena, porque además son
puestos de trabajo los que están en juego. ¿A qué
están esperando para nombrarla patrimonio de la humanidad,
o de la región, o de lo que sea? ¿a que no quede
nada en pie?