No hay historia que merezca la pena sin el apoyo de una geografía
apropiada. Cuando Tolkien se propuso urdir la epopeya de "El
Señor de los anillos", tuvo que dibujar primero los
mapas de la Tierra Media, donde transcurren sus relatos. "La
isla del tesoro", antes que en las páginas deliciosas
del libro de Stevenson, estuvo perfilada en el suelo de su casa.
¿Cómo podría esconderse un tesoro, si no
había un paisaje en donde hacerlo? La literatura, cuando
habla de acciones y no de reflexiones, ha requerido la confección
de mapas, aunque sean mentales, aproximados, falsos. Los mapas
de los mejores libros son siempre falsos al principio, pero acaban
siendo más verdaderos que el mundo en donde son leídos.
Los exégetas de Homero llevan milenios intentando precisar
el itinerario de Ulises, la vaga ubicación de una ciudad
llamada Troya. Y en esta búsqueda participan también
los arqueólogos. El lugar de La Mancha de donde partió
Alonso Quijano para desfacer entuertos ha hecho correr mares de
tinta y ha desatado el orgullo de ciudades, pueblos, aldeas, que
reclaman para sí este hondo privilegio.
La historia y la geografía se funden a través,
o por medio, de la literatura, para embarcar nuestros sueños.
A veces, si tenemos la suerte de estar vinculados a los límites
de un territorio definido, si nuestros padres se conocieron aquí
y aquí han vivido; si nuestros abuelos recorrieron estos
mismos parajes, sudaron estos mismos bancales, u otros muy cercanos,
oyeron el furioso estallido de las bombas que hollaron este suelo,
vieron el mismo sol salir y retirarse, contemplaron el cielo de
la noche con parecida angustia o esperanza; si nos han hablado
de ello con las palabras que habla la gente de esta tierra, es
legítimo sentir que nuestras emociones están ligadas
a ella y que, de algún modo, impreciso, misterioso, le
pertenecemos.
Por eso, un libro de geografía sobre Albacete nos parece
tan valioso, porque nos permite definir los contornos de esa piel
más ancha y más difusa que está consitutida
por el paisaje donde nacimos, o la tierra a la que nos han traído
el trabajo, el amor, o el caprichoso azar. Jacinto González,
en su libro "Apuntes geográficos de la historia de
Albacete", perfila un poco más ese conocimiento borroso
que teníamos, nos cuenta que el suelo sobre el que se asienta
la ciudad no es muy antiguo, en comparación con los suelos
más viejos del planeta, nos explica cómo ha ido
cambiando, regenerándose, llenándose la llanura,
conforme atravesaba las Eras, los milenios. En un tiempo fue mar,
en otro bosque tropical, pasó por glaciaciones y desiertos,
que dejaron su huella grabada, antes de convertirse en el bosque
esclerófilo, de encinas y alcornoques, que nuestros antepasados,
con sus propias manos, su necesidad y su imprevisión, roturaron
para convertirlo en tierra cultivable.
La llanura pelada que distinguen nuestros ojos, si nos asomamos
al mirador de Chinchilla, es obra de nuestra propia sangre, sueño
de nuestros sueños. Como lo son los canales que, desde
tiempos del Infante don Juan Manuel, han intentado purificar el
aire de los efectos malsanos de las aguas estancadas. Jacinto
González precisa que fue precisamente el hombre, con su
afán desforestador, el que cerró todos los desagües
naturales a las lagunas primigenias, convirtiéndolas en
charcos malolientes, y en focos de cólera, paludismo y
otras plagas. Para bien o para mal es nuestro mapa. Como lo es
también el formado por las formas que desaparecieron sin
casi dejar rastro. Ha tenido que hurgar el geógrafo, con
las indicaciones de Aurelio Pretel en una mano y el plano topográfico
de la ciudad en la otra, para concluir que el primer castillo
que defendiera la ciudad casi seguro que estuvo donde hoy está
el depósito del Sol. Bonito nombre para una calle que se
asomaba al amanecer.
He recorrido estos días la plaza del depósito,
cercado por vallas protectoras, tatuado de grafitos, envuelto
por un inexpresivo abandono que empiezan a cercar los edificios.
Al menos se abre, despejado, a la luz, una luz parecida a la que
debió cubrirlo en los tiempos de los primeros pobladores.
Hemos disfrazado con asfalto y con edificios los tres altos originales
de la ciudad: Carretas, el cerro de San Juan y Villacerrada. La
última ya ni siquiera existe como tal, arrancada hasta
las raíces por las constructoras. Sólo si nos aventuramos
temerariamente en bicicleta por algunas calles, comprobamos que
no todo está llano, que hay pendientes, cuestas, perfiles
que hemos ido ocultando primero y olvidando después. El
clima, ahora bastante alterado, sólo nos conmina a pensar,
cuando queremos dar una vuelta, que el tiempo ya no es lo que
era. Por eso viene bien el libro de Jacinto González para
devolvernos la certeza de que vivimos sobre una geografía
tangible, sobre una historia propia, el mapa de nuestros sueños,
de nuestra literatura. No olvidemos que, para empezar, don Juan
Manuel, Cervantes mismo, escribieron en esta tierra o pensando
en ella, al tiempo que contribuían a hacerla como ahora
la vemos cuando miramos las afueras.