Cada año por estas fechas me vuelvo un cascarrabias
insoportable. Supongo que la inminente vuelta al trabajo tendrá
parte de culpa, pero en realidad mi transformación tiene
mucho más que ver con la proximidad de la Feria. Las aglomeraciones,
el estruendo, los altavoces gigantescos aullando los éxitos
del verano que agoniza, los feriantes de las tómbolas que
vocean sus atroces premios (¿se juegan algo a que este
año hacen furor los pokemon?), el saludo de Feria del señor
alcalde -que se repite año tras año con mínimas
variaciones, dejándonos en la incertidumbre de si el paso
del tiempo no será en realidad una ilusión-, el
olor a fritanga, la repugnante sensación de estar caminando
sobre restos de crustáceos devorados y luego escupidos,
los bocadillos de morcilla o de guarra, que siempre acaban pasando
factura, los empachos de almendras garrapiñadas, las vomitonas,
la suciedad, la vulgaridad, los niños, que exigen con machacona
insistencia un juguete en absoluto educativo, y ese dolor insoportable
en los pies, todo eso es lo que nos aguarda un año más,
tan cierto e ineludible como una condena a los suplicios del Tártaro.
Con todo, algunas veces me viene a la memoria que no siempre ha
sido así, que ha habido otras ferias, o al menos que yo
las he contemplado con ojos bien distintos. Esto suele ocurrirme
cuando camino por el paseo con mi hijo de la mano, envueltos ambos
en ese ambiente espeso de ruido y olores, entre esa multitud que
a veces se nos antoja inverosímil en una ciudad de las
dimensiones de la nuestra. Entonces contemplo de soslayo los ojos
de Miguel, redondeados por el asombro, un asombro que una vez
también fue el mío.
Hubo otras ferias, sí. Algunas tan remotas que sólo
hemos alcanzado a conocerlas por los relatos de nuestros padres.
Aquellas ferias de las verbenas en los Jardinillos y las familias
endomingadas escuchando a la banda de música en el Círculo
Interior (las señoras provistas de mantón, mantilla
y abanico, los señores de bastón y sombrero, las
señoritas de faldas huecas y bien almidonadas), ferias
del carnero de tres cabezas y las apuestas en el Ratonódromo
y el Caracolódromo, de los puestos de camarones («con
barba y bigote, como los hombres») y las procaces vedettes
del Teatro Chino. Ferias de la posguerra que hoy imaginamos en
ajado blanco y negro, como las imágenes del NO-DO, ferias
en las que la familia del pueblo acudía en tropel abarrotando
la tartana, y se quedaba los diez días a mesa y mantel
a cambio de tres gallinas y dos conejos, en las que mi tío
Miguel vendía sus mulas en La Cuerda, con su garrota y
su fajo de billetes atados con una goma.
Y después vienen las ferias de la infancia, ya vividas,
pero así y todo teñidas de irrealidad, casi oníricas.
Recuerdo que el Ayuntamiento cortaba al tráfico la Calle
de la Feria, donde todavía estaba la casa de mis abuelos,
y mis primos y yo la tomábamos al asalto, a petardazo limpio,
como buenos filibusteros, con la felicidad renovada de haber reconquistado
un territorio que nos pertenecía por derecho. Recuerdo
que la Feria tenía entonces mucho de exhibición
de fenómenos, como esas ferias ambulantes de los relatos
de Ray Bradbury. ¿Se acuerdan de las inmensas hermanas
Colombinas? ¿Y de aquellas enanitas que no superaban los
sesenta centímetros de altura? También hacían
furor el Empastre y el Bombero-Torero (hoy en día, en los
tiempos de la solidaridad y la corrección política,
difícilmente podría esa gente ganarse así
la vida). ¿Y qué me dicen de los falsos fenómenos
por los que tan alegremente nos dejábamos embaucar? La
mujer-serpiente, que a veces, con una ligera variación
en la puesta en escena, se convertía en la mujer sin cuerpo,
el hombre que se transformaba en gorila a la vista del público
y el escalofriante Monstruo de Guatemala, encontrado en una grieta
tras el célebre terremoto, que tenía el cuerpecillo
de un mono de peluche, y cuyo rostro mostraba un parecido notable
con el del tipo que acababa de vendernos las entradas en la taquilla.
También estaban las catacumbas, el látigo y los
coches de choque, gracias a los cuales muchos comprobamos por
primera vez los efectos de la adrenalina, y aquel tan borgiano
laberinto de los espejos, y el bocadillo de jamón que nuestros
padres nos compraban para cenar, cuyo sabor era, sin lugar a dudas,
el más delicioso del mundo.
Las imágenes se vuelven más nítidas al alcanzar
las inmediaciones de la adolescencia y de la primera juventud,
cuando ya contábamos con un salvoconducto en el bolsillo
en forma de billetes de banco, y abordábamos la noche con
la sensación de que ésta no iba a acabarse nunca.
Éstas eran las ferias del rock and roll y la intoxicación
etílica. Me acuerdo de los conciertos de Leño y
de Topo, de Asfalto y Barón Rojo, y, algunos años
después, de un memorable concierto de Los Enemigos en Los
Ejidos que llenó la noche de ruido y de furia, y un no
menos memorable concierto de Los Buenos, creo que el mismo año
(qué bien tocaste el bajo, Fernando, muchachote). Cómo
olvidar las ingestas masivas de alcohol en el MC, entre pósters
del Che y banderas republicanas, con aquel pesado del PC marxista-leninista
empeñado en convencernos de que en Albania se vivía
mejor. Y de aquella vez que nos compramos entre todos una caja
de preservativos y nos la repartimos, por si acaso.
Si, hubo sin duda otras muchas ferias, y sus fantasmas se han
ido sedimentando año tras año en ese paseo que dentro
de unos días volveremos a surcar con la escrupulosa observancia
de los ritos o de los sacramentos. No teman practicar esta suerte
de arqueología mental en la que yo he incurrido hoy, aunque
caigan al hacerlo en las manifestaciones más deplorables
de la nostalgia, pues pocos recuerdos hay tan arraigados en nuestra
memoria colectiva como los de la Feria para esta ciudad. Son las
experiencias compartidas como ésta las que conforman nuestra
identidad común, las que todos atesoramos, junto con los
recuerdos más queridos, en un lugar privilegiado de nuestra
memoria. Así que, a despecho del cascarrabias en que me
he convertido, bienvenida sea la Feria un año más.