Como el cine, el mundo de la literatura, está surtido
de grandes estrellas, actores de carácter, duros y grandes
secundarios. El genial Bioy que acaba de morir pertenece a esta
última categoría, sin que en ello haya una valoración
crítica sino una simple constatación objetiva: en
el reparto, siempre aparecía en letra pequeña, bajo
el gran nombre de Borges, que era el que iluminaba los neones,
y el que servía de reclamo de la literatura argentina.
Y sin embargo, el secundario, cuyo nombre a veces ignoramos nos
resulta siempre familiar, un referente cercano que a veces, en
su modestia, llega a salvar la película. Por el secundario
sentimos una irrefrenable simpatía. Borges, desde su estrellato,
podía resultarnos admirable, como efectivamente era, podíamos
sentir respeto, asombro, devoción hacia él, pero
nunca simpatía. Bioy, en cambio, era un autor decididamente
simpático. A la hora de valorar sus méritos, la
gran sombra borgiana se cernirá sobre todos los comentarios
y se hablará de esos trabajos que ambos tramaron en comandita:
la creación del personaje de Isidro Parodi, bajo el heterónimo
de H. Bustos Domecq, sus antologías fantásticas
o policiales, o la fabulosa colección del Séptimo
Círculo, por la que tuvimos acceso a los grandes maestros
anglosajones de la literatura detectivesca. Su obra en solitario,
en cambio, desdice cualquier malintencionado comentario sobre
su dependencia borgiana, pues a una mayor variedad temática
que la de su maestro, se añade que Bioy holló el
terreno que el ilustre ciego nunca pisó: la novela. Y es
aquí donde Bioy alcanzó cotas de genialidad insuperable,
desde la concisión perfecta de La invención de
Morel, o Plan de evasión a la fundacional El
sueño de los héroes, la novela que Borges siempre
hubiera deseado escribir. Al igual que sus mejores cuentos, todas
sus novelas están ubicadas en esa delgada zona fronteriza
que separa lo real de lo fabuloso. Lo cotidiano, en Bioy, alterna
con lo sobrenatural en perfecta armonía, sin que en ningún
momento resulte inverosímil el paso de un estado a otro,
de modo que aceptamos con naturalidad la progresiva conversión
de una paciente en perro o la existencia de un artefacto capaz
de proyectar realidad, cuerpos en tres dimensiones y no planos
fotogramas.
La literatura española ha estado marcada siempre por el
realismo, un realismo exasperante y tiránico que ha ahogado
cualquier posibilidad de incurrir en lo fantástico. Hace
unos años, otro ilustre fallecido, Torrente Ballester,
comparó la literatura española con una carrera ciclista:
muy de vez en vez, un animoso corredor se separa del pelotón
y durante unos minutos goza de una precaria independencia hasta
que vuelve a ser deglutido por el grueso de corredores, que lo
reintegra al canon. Ese escapado era el autor de ficciones fantásticas.
El pelotón es la tradición realista, que no acepta
al disidente, al heterodoxo. Más allá del boom,
si algo hemos de agradecer a la literatura de Sudamérica
es que abrieran nuestros ojos a otra tradición más
fértil. Borges, Cortázar, y en grado sumo, Bioy
nos hicieron ver que también era posible hacer en lengua
española lo que tradicionalmente estaba reservado a la
lengua anglosajona, o francesa a lo sumo: ficciones detectivescas,
fantásticas, o de aventuras. Con ello, la literatura española
se aireó un poco de tanto jarama, tanta colmena,
tanto camino, tanto olor a fritura.
En sus últimos años, Bioy emprendió la elaboración
de sus memorias, pero no por ello abandonó la factura de
impecables relatos. Con el tiempo, los fue aligerando, depurando
hasta convertirlos en puro esqueleto argumental. Es el caso de
su último libro de cuentos Una magia modesta que
mucho me temo que pasó por completo desapercibido. El mejor
homenaje, como siempre, será volver a la lectura de este
y de todos sus libros anteriores, donde quizá no hallemos
respuesta a los grandes interrogantes de la humanidad pero sí
puro gozo, ese gozo que Borges exigía a toda verdadera
y grande literatura.