El Problema de Yorick - nº 3
"Erótica"
EL EDITORIAL QUE NUNCA SE PUBLICÓ
Metidos ya en faena de poner en la calle este número
dedicado a la literatura erótica, a mi socio y a mí
se nos ocurrió que no nos conformaríamos con lo
de siempre, con esos relatos eróticos al uso que pretenden
ser escabrosos y no suelen pasar de picantes. No, queríamos
algo bueno de verdad. De hecho, nos propusimos ocultar una joya
entre las humildes páginas de esta revista: el relato erótico
perfecto, la madre de todos los relatos eróticos, el que
cumpliera como ninguno el propósito de toda la literatura
de este género, que no es otro que excitar al lector, ponerlo
caliente, vaya. Así que publicamos anuncios en los periódicos
y en la red para que gentes anónimas enviaran sus colaboraciones.
No queríamos expertos de ningún tipo, sino gente
corriente, con sus fantasías y sus traumas personales.
No queríamos tampoco lindezas con el lenguaje. Siempre
hemos sabido que entre las vulgaridades puede hallarse una gema.
Lo que queríamos era ni más ni menos que el relato
perfecto, el que estimulara nuestra libido como ningún
otro, independientemente de la brillantez de su estilo. Pronto
comenzaron a llegarnos textos de todo género: desde ingenuos
relatos de adolescentes que se inician en las artes de la masturbación
hasta historias brutales de incesto o zoofilia adornadas con toda
suerte de detalles nauseabundos, pasando por una veintena de poemas
traspasados de una delicada sensualidad. Conforme nos llegaban,
los pusimos en manos de nuestro comité de lectura, compuesto
por media docena de amigos, todos ellos lectores de gran experiencia
y gusto exquisito, además de consumados onanistas. Un par
de meses después recibimos la visita del portavoz del comité.
Nos sorprendió su aspecto desmejorado y el tamaño
de sus ojeras. Le ofrecimos un asiento y una copa de coñac,
y él, tras rechazar ambos, nos tendió una nota con
mano temblorosa. Era el informe final del comité. Y rezaba
así:
«Hemos leído todos los trabajos con buena voluntad,
y algunos de ellos tienen calidad de sobra para aparecer en la
revista, pero ninguno nos satisfacía íntimamente.
Al llegar la fecha del cierre nos encontramos con unos cincuenta
relatos y una veintena de poemas, todos de excelente factura,
brillantes de forma, merecedores de cualquier premio, pero tuvimos
que resignarnos al fracaso de no haber dado con el relato erótico
perfecto, tal y como nos encomendasteis. A pesar de esto, decidimos
conformarnos con esos textos y hacéroslos llegar para que
pudierais mandarlos a la imprenta. Entonces recibimos por el correo
electrónico dos relatos casi simultáneos de autores
desconocidos. Leímos por encima el primero de ellos, y
un azar o demanda inescrutable nos hizo dirigirnos al segundo.
Paradójicamente, se trataba del mismo texto, pero sus diferencias
eran notorias. Los leímos de forma alternativa. Donde uno
nos la ponía gorda, el otro nos la rebajaba con un golpe
seco. Pero con inmediatez éste último nos la subía
de nuevo, y así nos pasamos un buen rato, entre erecciones
y caídas. Probamos a leer los textos por separado y siempre
en el mismo punto se nos aflojaba la disposición y teníamos
que recurrir al texto alternativo para recobrar la dureza. Y viceversa.
Nos fuimos a casa medio enhiestos, incapaces de apurar por nuestra
propia mano lo que tenía que llegarnos por letra escrita.
Al día siguiente, llegamos al acuerdo de localizar a los
autores de los textos gemelos y los convocamos a nuestra sala
de reuniones en la redacción, a la misma hora.
El primero en presentarse fue un hombre algo encorvado, triste,
que pidió disculpas nada más entrar. Le tendimos
su propio relato y lo reconoció como tal, alegando que
era antiguo y que nunca había pensado en publicarlo. En
medio de sus fatigosas disculpas, apareció la autora del
segundo relato, una mujer tan apesadumbrada que temimos que fuera
a desplomarse sobre la alfombra del despacho. Ella dijo que su
relato era sólo una vía de escape. Allí ante
nuestra vista, los dos parecían un par de víctimas
en trance de ejecución, y nosotros los miembros del pelotón
de fusilamiento.
-¿Quién copió a quién? Porque ustedes
se conocen, ¿no?
La mirada casi de terror que intercambiaron entre ellos nos demostró
que no, que no se conocían, eran aves de distinto nido.
Nuestra acusación de plagio nos avergonzó a nosotros
mismos, así que intentamos un arreglo.
-Verán. nos comprometemos a publicarles su relato siempre
que lo hagan en comandita. Queremos que escriban algo nuevo entre
los dos. Mejor dicho, que reúnan las piezas de este puzzle.
Y dicho esto, le entregamos a cada uno el relato del otro.
Acataron tan mansamente nuestra orden que no nos atrevimos a imponerles
un plazo. Les dijimos que nos entregaran el nuevo relato cuando
ellos dispusieran. Se marcharon juntos, con la misma amargura
con que habían llegado.
Al día siguiente recibimos el texto definitivo. Y no sólo
habían cumplido nuestra demanda de ponérnosla dura,
que es algo exigible a cualquier relato erótico, sino que,
conforme lo leíamos, nos corrimos dieciocho veces entre
los seis. Después, allí mismo, organizamos una orgía
que duró hasta la mañana siguiente. Adjuntamos nuestra
renuncia irrevocable.»
(Figuran seis firmas al pie del escrito)
Como editores, no podemos estar más orgullosos del trabajo de nuestro comité de lectura. Usted mismo, libidinoso lector, puede gozar de esa asombrosa experiencia que describen. El relato, cumpliendo la condición de sus autores, aparece firmado con seudónimo, pero seguro que no le pasará por alto. Lea todos los textos de esta revista hasta dar con él. Cuando note la respiración entrecortada, cuando experimente un arrebato de lascivia tal que se vea obligado a saltar sobre su pareja con palmo y medio de lengua colgándole de las fauces, o de bajar a la calle y hacerle proposiciones sexuales al primer desconocido que se le cruce, eso querrá decir que lo ha encontrado. Y no hace falta que nos dé las gracias. Ha sido un auténtico placer.
Los editores de
El Problema de Yorick