Economía enterrada
Miguel Barceló
Tan sólo una semana después, el mismo día
que entró la primavera, me refugie en mi mediterráneo para recordar, como si
de un mantra amnésico se tratara, el
poema de Salvat Papaseit: "Visca l' amor que m'ha donat la vida". Decidido
a huir del marasmo en que me han
dejado estas ultimas elecciones, anduve descalzo por la arena entibiada por el
sol, intentando enterrar mis desesperanzas en el mar plateado; pero sólo por
unos momentos fui capaz de engañar la tristeza y el vacío por la anomia en que
se ha convertido esta denominada izquierda que nada sabe hacer frente al mensaje
del capital. Durante unos instantes dejé de sentirme abochornado por la
catadura moral de los políticos que han comprado votos con las promesas de
subir las pensiones a viudas y ancianos...
Suelo
llevar el periódico -como siempre que voy a la playa- y tuve la desafortunada idea de ojearlo. Dos sucesos -con poco alarde tipográfico- me helaron el alma y me devolvieron a la realidad: Mohamed,
un árabe desarraigado y excluido pinchó
a otro marginado en defensa de un puesto de trabajo de la economía marginal.
Trataba de defender, al precio de la sangre, la esperanza de recibir una propina
si descubría sitios libres a los apresurados conductores para que aparcasen sus
coches. Ocurrió cerca de donde trabajo, en la plaza del Hospital. Ese mismo día,
en los aledaños de la plaza del Olivar, otro excluido, un nigeriano, amenazó
de muerte a otro indigente por la misma causa. Al marasmo, al vacío y al
bochorno se unió la certeza de que cualquiera que hubiera sido la opción
elegida en las elecciones hubiera pasado lo mismo. La miseria discurre engullida
en un mundo paralelo, alejada de la sociedad civil normalizada. Ninguno de los
dos agresores, ninguna de las dos víctimas votó. Estoy convencido de que
ninguno de los cuatro sabe quien ha ganado.
Vendedores de pañuelos, limpiacristales, vigías
de sitios libres de aparcamientos, prostitutas de la plaza de San Antonio, etc..
defienden su territorio para poder conseguir algo de dinero. Se pasan el día
vagando entre lujosos escaparates o sentados en un banco; y cuando llega
la noche, se retiran a uno de los centros de acogida regentados por ONG
privadas, donde se les proporcionará un camastro -si los hay libres- o una manta que colocaran en el suelo junto a otra, esperando
que termine la noche. Los expulsados o los que se niegan a estar almacenados,
los que no quieren ducharse cada día porque tienen
frío, los que aún creen que vivir de la caridad es en detrimento de su
libertad, duermen al pairo o se alojan en portales y chupanos.
No hace mucho me comentaba uno de ellos: "ya
no puedo más; estoy solo, sin familia, sin dinero, sin dignidad...La vida se
acaba cuando uno ya no tiene ganas de vivirla".
El nuevo sistema está creando una bolsa de personas marginadas,
enfermas, desprotegidas, enganchadas a la droga, sumidas en el paro, solas,
acorraladas, intentando sobrevivir paranoicamente en un sistema social en el que
no tienen sitio. Es
un fenómeno reciente que ha aflorado hace tan sólo unos años. Ya no se trata
del mendigo acogido en cenas de pudientes y ricos cristianos el día de Navidad,
ni la del lazarillo que suplica caridad a la puerta de una iglesia sosteniendo
entre sus dos manos un cartel de cartón: "TENGO TRES IJOS, ESTOI ENFERMO, UN POCO DE CARIDAD".
Es una miseria distinta, formada por personas sin esperanza que
sobreviven entre centros de acogida, excursiones a Son Banya y estancias en la
nueva e inmaculada prisión. Enfermos de SIDA enganchados a la metadona,
sin más futuro que el instante presente. Patéticas muestras del mundo de
miseria que esta sociedad ha sido capaz de diluir.
La nueva pobreza no es resignada, ni pacifica, ni tierna. Los nuevos
pobres viven inmersos -enterrados, mejor dicho- en los núcleos urbanos,
inyectándose sucedáneos infectos, atentos a cualquier descuido para
enajenarse de lo ajeno, su navaja en el bolsillo y la amenaza pronta en sus
labios. Cuando les niegas la limosna, suelen murmurar un audible. "Te
acordarás". Saben que los treinta céntimos de euro que les dan son
producto del miedo a que les pinchen las ruedas o les roben el radiocassette
mientras están ausentes. La nueva pobreza sólo puede sobrevivir a expensas del
miedo que crea.
El poder decidió hace tiempo que no formaban
parte de esta sociedad y decidió, que hacinarlos en centros, era un trabajo que bien podían hacer las ONG, más baratas.
Así que privatizó la asistencia a los pobres. Y mientras que el poder respeta
a los trabajadores normalizados y organizados, y de momento no se atreven a
privatizar la sanidad, los pobres, los discapacitados, los marginados, los toxicómanos,
no son atendidos por instituciones públicas... A los pobres tan sólo se les
concede el derecho de ser tratados por ONG vocacionales.
Privatizar la atención a los pobres resulta
políticamente rentable, es más barata, y la gente de buena fe (se calcula en más
de un millón los voluntarios que ayudan desinteresadamente a las ONG) la que,
mientras exige en comunicados baldíos, justicia social, pierde sus fuerzas
practicando la caridad, tragada por las tragedias personales de los atendidos.
Los gobernantes han encontrado en las
instituciones privadas, muchas de ellas creadas al amparo de la iglesia, unos cómplices
inestimables que les solucionan los problemas a golpe de subvenciones, rifas
anuales y cenas multitudinarias. Tendremos que esperar cinco siglos a que pidan perdón...
también hace quinientos años lo hacían de buen corazón.