Ayer mismo, al abrir mi buzón de correo electrónico,
me encontré con un enigmático mensaje, enigmático
no por su remitente (uno de mis corresponsales habituales en Internet),
sino por su contenido. Se trataba de una lista interminable de
direcciones de e-mail acompañadas de los nombres de sus
titulares, todos ellos personas de quien jamás había
oído hablar, y por último, una nota que rezaba textualmente:
¡¡¡Si les cae una lana me lo van a
agradecer !!!! ¿¿¿A lo mejor es cierto no???
Yo creía que todo esto era choro, así que me resolví
a mandar un mail a Microsoft, en el cual me respondieron que era
puritita verdad, así que pongánseme las pilas. Para
los que les da flojera ver todo el mail, básicamente dice
que sólo por poner forward a este mail a todos los que
conoces, recibes 1.000 dólares, ya que Microsoft esta probando
un sistema para rastrear mails. Cuando este mail llegue a 1.000
usuarios registrados, Bill Gates se comprometió a regalarle
a todo aquel que esté en el trakking un Windows 98 sin
costo y 1.000 USD. No es broma. Saludos. Me avergüenza
confesar que lo primero que hice fue seguir obedientemente las
instrucciones, es decir, reenviar el mensaje a cuantas personas
conozco con dirección de correo electrónico (muchos
de los cuales, me temo, no volverán a dirigirme la palabra).
A continuación, dediqué un buen rato a frotarme
las manos mientras pensaba en cómo invertir esos mil dólares
que Bill Gates estaba a punto de enviarme. Pero acto seguido sentí
un bochorno enorme que me sumió en el más profundo
abatimiento. Este artículo, lector, es mi penitencia.
A estas alturas ya habrán caído en la cuenta de
que todo esto no es más que una versión actualizada
de aquellas cadenas de cartas que tanto se estilaban en el pasado,
en las que se instaba al destinatario a enviar una peseta a cierta
dirección y varias copias de la misiva a amigos y conocidos.
Recuerdo que se citaban ejemplos de la suerte extraordinaria de
los que habían mantenido la cadena, y también de
las terribles tragedias que habían acontecido a cuantos,
ignorando las macabras advertencias, habían decidido romperla:
A Fulanita, que mandó las cartas, le salió
a los dos días un novio rico y resultón, pero a
Menganito, que no las mandó, le cayó un piano de
cola desde un séptimo piso y lo dejó convertido
en chichotas. Es cierto que ha cambiado la identidad de
los agentes del milagro. Ahora, en lugar de la Providencia, el
Destino o San Pancracio se nos habla de Bill Gates y su fabuloso
talonario de cheques. Tampoco se menciona expresamente ningún
castigo para los infractores. Sin embargo, no me cuesta mucho
leer entre líneas e imaginar al propietario de Microsoft
en su despacho de Silicon Valley, presto a pulsar el botón
rojo que hará que el monitor del ordenador explote ante
nuestras narices y nos reviente la cabeza.
Nada nuevo, en suma, por más paradójico que resulte
el hecho de que nuestra flamante tecnología de fin de milenio
esté siendo usada como vehículo de la superstición.
De todas formas, sospecho que los mecanismos de la ignorancia
son paralelos en todas las épocas. Antaño se usaban
los púlpitos para aplacar la rabia de los menesterosos.
¿Por qué ha de sorprendernos, pues, que hoy en día
se empleen los grandes medios de comunicación de masas
con el mismo propósito? Tomemos, sin ir más lejos,
la televisión, ese gigantesco púlpito del siglo
XX puesto al servicio del embrutecimiento, la uniformidad y la
anulación de cualquier traza de espíritu crítico.
George Orwell ya lo barruntó en 1948, cuando el invento
aún estaba en mantillas, y ahora ahí lo tienen,
ocupando el puesto de honor en todos nuestros hogares. Así
es como se han gestado las más grandes patrañas
de nuestra era, como por ejemplo la del estado del bienestar,
cuyos ciudadanos, obedientes y satisfechos, dedican varias horas
al día a babear ante la pantalla de su televisor, mientras
sueñan en colorines con el último logro económico
del gobierno o las vidas de fábula de la jet marbellí.
Recuerdo que de crío me hacía mucha gracia la manía
de un anciano familiar, quien a veces se empeñaba en que
apagáramos el televisor, pues, según decía,
los tíos de la tele se estaban riendo de ella.
Bien, me temo que hemos llegado a un punto en el que los
tíos de la tele (los que manejan el foco,
que diría mi amigo Arturo Tendero) se están riendo
de todos nosotros. A la vista de tanta perversión de la
tecnología, ¿a quién le puede extrañar
que los ciudadanos de Bagdad, al ver su cielo nocturno surcado
por misiles norteamericanos, piensen que es el mismísimo
diablo quien se los envía? Es más, sospecho que
tienen razón.