Un gran cartel anunciaba en las calles de la ciudad una exposición
a todas luces sorprendente y sin duda edificante: Historia
del dinero en Castilla- la Mancha. Anda, me dije, esto hay
que verlo. Yo ignoraba que Castilla, la Mancha, y si me apuran
La Rioja hubieran alguna vez en la historia acuñado una
moneda propia, si no fuera acaso durante la guerra civil, pero
sin duda me equivocaba, como siempre, pero el cartelón
era inequívoco y prometía un recorrido por las distintas
formas de moneda o papel que han utilizado los hombres castellano/manchegos
desde el albor de los tiempos para sus intercambios y trapicheos
comerciales. La exposición seguro que corregía mi
ignorancia al respecto y me demostraba de forma diacrónica
el progreso de los manchegos en su acrisolada lucha por conseguir
una identidad propia, desde los fenicios, que como todo el mundo
sabe eran castellano/manchegos aunque no lo dijeran, hasta Pepe
Bono, máximo adalid de esencias manchegas y olé.
Iba yo pletórico hacia la sala de exposiciones hinchando
pecho, y rumiando pensamientos en mi magín. "Ahora
se van a enterar, me decía. Si es verdad que nosotros
inventamos el dinero, como parece deducirse de esta expo, los
catalanes, de siempre tan listos y peseteros, no tienen ya nada
que hacer. Ahora sí que la independencia es nuestra. Y
encima con Bono de presidente de la nación, es irreversible
hacer del albaceteño una lengua propia, con esa jota distintiva
que la hace tan grata al oído. Basta ya de sufrir la opresión
de la bota centralista. ¡Castilla-la Mancha libre!"
(pronúnciese Cajtilla y marcando mucho las mayúsculas)
Y lo cierto es que la exposición no defraudó mis
expectativas. Allí estaban, recibiendo al visitante desde
las inaugurales vitrinas, las primeras muestras de intercambio
de la historia, o sea, las especias. A poco que uno se fijara
bien, podía verse cómo inequívocamente eran
especias castellano/manchegas: conchas castellano/manchegas, granos
de café castellano/manchego, y arroz castellano/manchego,
que es sabido que se distingue de su homólogo valenciano
en que el nuestro es más gordo y sabroso. Aunque uno de
los objetos venía marcado como chino, ello debía
de tratarse sin duda de una errata, pues sus trazas eran del todo
manchegas, como el mismo aire que se respiraba en la sala. Venían
a continuación las monedas propiamente dichas, y se nos
avisaba de que las primeras acuñaciones en el solar patrio
no habían tenido lugar sino después de la segunda
guerra púnica, aquella guerra en que unos manchegos briosos
ya empezaron a dirimir sus diferencias a golpe de lanza. La cosa
se continuaba con los ases y denarios romanos, cuando ya nuestra
región era dueña del mundo, y un paso más
allá estaban los reales de vellón, los duros y las
pesetas, en alegre mescolanza. Mi orgullo no conocía ya
límites. Sin embargo, conforme me aproximaba a los estantes
que mostraban moneda contemporánea, una grave desazón
empezó a adueñarse de mis instintos patrios. Observé
cómo en los billetes de nuestro siglo, sobre todo en su
segunda mitad, aparecían retratados unos señores
sospechosamente foráneos. Forzando la vista ratifiqué
mis sospechas: allí estaban Balmes, Bécquer, Echegaray,
Romero de Torres, Menéndez y Pelayo, todos extranjeros.
¿Qué diablos hacían en esa exposición?
El único que parecía manchego, por venir debajo
de una boina, un tal Zuloaga, era un separatista vasco. Eso sí
que ya no podía tolerarlo. Furioso, exigí a un señor
que allí estaba la presencia del comisario de la exposición,
o en su defecto de Pepe Bono, para que me explicaran porqué
en una exposición de esas características habían
recurrido a todos esos advenedizos y no a El Pernales, Constantino
Romero, El Tarta y otros puntales de nuestra gloriosa patria.
Pero el comisario estaba reunido, quizá tramando una nueva
exposición sobre gastronomía manchega, y Bono ensayaba
su discurso de investidura en castellano/manchego. Menos mal que
a la salida me topé con un billete de dólar. No
había razones para preocuparse: las esencias estaban a
salvo.