Recuerdo que hace unos meses mi madre se dejó caer por
casa y me encontró embobado, como siempre, delante del
ordenador. ¿Qué haces? me preguntó.
¿Escribes?. Pues no le respondí
algo cohibido, como un crío sorprendido en plena travesura.
Estoy navegando por Internet. Sepa el lector que fue como
pronunciar las palabras mágicas, ya que a la coautora de
mis días le faltó tiempo para situarse detrás
de mí y clavar los ojos, abiertos como platos, en la pantalla
del ordenador. A ver, a ver me dijo con una sonrisa
entre asustada y maliciosa. Enséñame lo que
sale aquí.
Ya lo ven, han bastado un par de años de bombardeo desinformativo
para que la gente imagine la red, que casi nadie conoce pero de
la que todos hablan, como un lugar siniestro frecuentado por gánsgsters
y maleantes, un híbrido entre caja de Pandora y antesala
de los infiernos. No es sorprendente, con tanto traficante de
pornografía infantil, tanto nazi, tanto propagador de virus
informáticos, tanto desalmado, en suma, como acecha ahí
mismo, justo detrás de la pantalla del PC. Y es que esta
sociedad, que alimenta su ocio a base de morbo y sensacionalismo,
se ha empeñado en equiparar la red con uno de esos asquerosos
programas televisivos que se han puesto de moda ahora, ésos
de vídeos domésticos en los que muestran a gente
partiéndose la crisma, comiendo gusarapos o copulando en
medio de la calle, sólo que a lo bestia. Pues no señor,
no es eso. Mejor dicho, lo es y no lo es. O al menos no lo es
en más medida que cualquier otro medio de comunicación.
Bueno, tal vez un poco más. Pero sólo un poco, ¿eh?
A lo que iba. Les revelaré un secreto: Internet también
tiene su corazoncito, y algunos internautas se dedican a algo
más que propagar pornografía e ideas extremistas.
Los hay también empeñados en difundir la cultura,
que no es sino una de las formas más nobles del ocio. Hoy
en día, el cibernavegante tiene a su disposición
decenas, tal vez cientos de miles de páginas web dedicadas
al arte en cualquiera de sus manifestaciones: museos virtuales,
bibliotecas electrónicas y también ¿por
qué no? librerías dispuestas a recibir sus
encargos on-line durante las 24 horas del día (y
le pido perdón a mi amigo Antonio García por el
barbarismo y otro par que vienen después). ¿Acaso
no se ha convertido la cultura en una de las principales industrias
de nuestro tiempo? Ahí tienen el ejemplo de la famosa Amazon
Books, que tanto admira A. Muñoz Molina, una empresa
tan eficiente que a veces parece capaz de enviarte los libros
antes incluso de que los encargues, o la cadena española
de librerías Crisol.
El siguiente paso había de ser, por fuerza, una editorial
en la red, y ya hay alguien que se ha decidido a darlo, un español,
por más señas. El nombre del proyecto es Editorial
Premura (http://www.premura.com); el de su creador,
Juan Manuel Larumbe. La biografía del señor Larumbe,
escritor donostiarra afincado en Barcelona, es casi tan novelesca
como la de sus propios personajes. Se proclama autodidacta, afirma
haber trabajado en los empleos más insólitos (desde
peón de obra a director de marketing) y se lamenta de haber
quedado relegado injustamente al segundo lugar en un importante
certamen literario que, por cierto, fue ganado por otro Juan Manuel,
aunque éste famoso y bien relacionado. El caso es que Larumbe,
que ya contaba con experiencia en el sector editorial, se dio
cuenta de que una empresa de Internet cabe dentro de un ordenador,
con lo que la inversión que conlleva no es insalvable,
de que le sobraba entusiasmo y, sobre todo, amigos con talento
dispuestos a colaborar con él. Así que puso manos
a la obra. Su flamante editorial vio la luz el verano pasado.
La idea no es nueva, al menos en sus aspectos técnicos.
Consiste en desprender el texto de un libro de su soporte habitual,
es decir, de la resma de papel sobre la que está impreso,
y enviarlo al lector por correo electrónico, con el consiguiente
abaratamiento de costes. Éste, a su vez, puede optar entre
imprimirlo o bien leerlo directamente mediante un programa que
se distribuye de forma gratuita. En el futuro cercano, Larumbe
espera también poder ofrecer libros impresos y encuadernados
(libros en soporte físico, como él los
llama). A medio plazo, cuenta con beneficiarse de un artilugio
que ya comienza a hacer furor en EE.UU.: el e-book o libro
electrónico. Se trata de un mini ordenador del tamaño,
forma y peso aproximados de un libro grande, capaz de almacenar
varios millones de palabras en sus tripas.
El concepto que anima la editorial, la llamémosla
así filosofía de la empresa, sí que
representa en cambio una novedad. Premura pretende difundir
autores y obras que difícilmente verían la luz a
través de los cauces de la industria editorial al uso.
En palabras del propio editor, las personas que trabajamos
en Premura tenemos prisa. Prisa para ver cómo buenos escritores
en los que nadie creyó o de los que muchos se aprovecharon
son lanzados y leídos por cientos de lectores que, al mismo
tiempo, pueden comunicarse con ellos, e incluso colaborar con
ellos. Prisa por hacer que esos escritores ganen el dinero suficiente
para poder vivir de sus escritos y mejorar día a día.
Prisa para que los lectores puedan acceder a una buena obra literaria
con un precio asequible. Prisa para no terminar con los árboles
y la madera del planeta. Y añade Larumbe: Premura
es un negocio con corazón que se adscribe a los nuevos
modelos de transacciones comerciales basadas en la honradez, la
sinceridad, la ayuda y la comunicación abierta.
Borges afirmó en una conferencia que, de los distintos
instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda
el libro, puesto que los demás son extensiones de sus sentidos,
mientras que éste es una extensión de la memoria
y de la imaginación. Acto seguido, aclara que lo que menos
le interesa de los libros es precisamente el objeto en sí.
Internet nos ofrece nuevos procedimientos para difundir la cultura
y fomentar la creación. Creo que al maestro argentino le
habría fascinado la idea.