Muere Rafael Alberti y con su desaparición queda desalojado
el formidable edificio que él y sus amigos levantaron en
el período de entreguerras. Una voz universal, hacen constar
todos los diarios, dedicando un generoso espacio en sus páginas
a la luctuosa noticia. No tanto quizá como si el finado
hubiera sido un futbolista o una princesa despendolada, pero el
suficiente como para albergar esperanzas de que todavía
hoy la cultura tiene un mínimo significado y no es esa
insignificante nota a pie de página que se le reserva de
vez en cuando en los telediarios. Un oasis, quiero creer, entre
el marasmo de los deportes, la política rastrera y los
distintos machihembrados bancarios. No obstante, en un mundo,
el cultural, que parece purificado de toda ideología, partidismos
o localismos, no deja uno de encontrar también el herpes
de vanidades, rencillas, resentimientos que son consustanciales
a otros ámbitos menos nobles de nuestro entramado social.
Así, no faltará el enterado de turno que nos haga
saber, entre codazos de complicidad y comadreo, que Rafael Alberti
en realidad un mediocre poeta, para más inri, comunista,
que el bueno en realidad era Lorca, que tuvo la suprema dignidad
de morirse a tiempo. Del mismo modo que cuando se anuncia la entrega
de un nuevo premio Nobel o Cervantes, surge el aguafiestas profesional
que niega la entidad de un Grass o Saramago, o lanza exabruptos
sobre la fiabilidad de un premio que poco después no duda
en aceptar con mansedumbre. O sea que de oasis nada. En un intento
por evadirme de la miseria cotidiana, yo me limito a hojear las
páginas culturales de los periódicos, pero allí
me topo otra vez con los mismos vicios y torpezas que creía
exclusivas del zafio mundo de la política: zancadillas,
regionalismos, vanidades e intereses. Así, en la portada
de un periódico me entero, como noticia señalada,
de que Alberti pasó un día en Alicante, dato, que
al parecer, se le pasó a todos los exégetas del
poeta. Pero más adelante, cuando aún me estoy reponiendo
del pasmo, leo, también como noticia cultural de relieve,
que el primer rap en catalán ha sido creado por
el hijo de un murciano, lo que no deja de recordarme esos titulares,
en los que se desplaza la importancia del siniestro a la nacionalidad
de las víctimas: "Ningún castellano-manchego
entre las 200000 víctimas del terremoto en Honolulu",
como he leído, cambiando los términos, no hace mucho
tiempo. No incurro en el desaliento, y sigo ojeando, y me encuentro
ahora con una revista semanal que dedica unas páginas a
la exposición de un ilustre pintor en homenaje a Velázquez.
Velázquez, viene a decir en la entrevista el afamado artista,
ha sido maltratado por la crítica y se merecía mi
homenaje. Pues claro que sí, maestro. Sólo nos falta
ahora que un competente escritor decida reescribir el Quijote,
hombre, a ver si le echamos una mano al alcalaíno, que
lleva unos años, el pobre, sin levantar cabeza.
Hablo de estos asuntos con una amiga y se ríe de mis manías.
Para aliviar mi pesadumbre, pone en mis manos el libro de texto
de su hija de nueve años, Sociedad y cultura en el medio,
o algo parecido. Tras unos capítulos dedicados al aparato
reproductor y digestivo, a la capa de ozono o a la célula
familiar, allí puedo leer unas páginas que me ilustran
sobre la composición del gobierno regional (presidente
o presidenta, consejero o consejera, secretario o secretaria,
y así ad infinitum), las fiestas o símbolos
regionales, y cómo no, la gloriosa gastronomía manchega:
perdices estofadas, morteruelo, pisto manchego, ajos de Pedroñeras.
No dudo de que para un niño de nueve años estos
conocimientos sean imprescindibles en su formación, pero
mucho me temo que con ella se repita la situación descrita
por Cela en su Viaje a la Alcarria, y ante una pregunta
como "¿Quién era Lope de Vega?",
el iletrado niño responda: "Ah, no, ese no viene,
era extranjero". Las próximas generaciones, de
seguir con este ritmo de aprendizaje, encontrarán en la
cultura un coto privado que sólo admitirá a los
que tuvieron la suerte o la desgracia de nacer dentro de unos
límites prefabricados. Los periódicos celebrarán
sólo a las glorias locales, y con el tiempo serán
foráneos los que no habiten en nuestro propio edificio.
Rafael Alberti ganó una fama universal, como ha de ser
toda cultura. No dejemos que esta quede en manos de políticos
y autores de libros de texto.