Recibo el último número de Zahora, la revista de
tradiciones populares que dirige José García Lanciano,
o Lanciano como en resumen lo llamamos muchos de sus amigos, si
no todos. Zahora nació con la modestia propia de su promotor,
que es tan buena gente que parece encogerse cuando hablas con
él. Sin embargo, a golpe de modestia lleva ya con éste
32 números, que es una continuidad como para ir levantando
la cabeza y para llevarla orgullosamente erguida.
El nombre lo sacaron del diccionario manchego de Serna. Una Zahora
es una comilona acompañada de bulla o zambra. Desde el
principio la revista ha sabido adaptarse a su tarea: unas veces
se ha concentrado en un pueblo concreto, otras ha reunido juegos
infantiles, o recetas de la medicina popular, o fotografías.
Y así ha tenido un sinfín de maquetaciones y un
sinfín de autores distintos, de forma que esta capacidad
de adaptación ha terminado siendo una más de sus
virtudes.
José Antonio Ramón y Juan Ramírez Piqueras
han convertido este último número, el 32, en un
cuaderno de campo de esos iglús de piedra que algunas veces
observamos aislados en medio de la llanura las más veces,
o en un monte pelado. Suelen tener forma cónica y durante
generaciones que se pierden en el principio de los tiempos han
servido a las gentes del campo para cobijarse de los chaparrones,
de las tormentas de verano, de los fríos del invierno y
de los soles del año entero, que no conocemos en esta tierra
de pocos árboles estación que no sea rigurosa con
los que trabajan al aire libre.
Ahora ya sirven de poco. La tecnología ha ido adelgazando
las distancias hasta reducirlas a un salir y un llegar. Pero aún
se mantienen en pie, resistiéndose a morir y a arrastrar
con esta muerte una forma de vida que empieza a resumirse en unos
cuantos recuerdos vacilantes. El olor de los cucos ha dado lugar
a una expresión característica de nuestra peculiar
sorna: "huele a cuco", que quiere decir que casi no
se puede soportar el hedor que desprende una cosa. Supongo que
los dos autores de este número de Zahora, José Antonio
Ramón y Juan Ramírez pueden certificarlo con absoluta
precisión porque se nota que han investigado a fondo estas
peculiares construcciones. Aunque ellos han preferido dar testimonio
de datos más fríos que los puramente sensoriales.
Los conos, cubillos y chozas, como se les llama según
los lugares, están fotografiados, ubicados en el mapa y
reproducidos a la acuarela en el más reciente número
de Zahora con una meticulosidad propia de biólogos que
hubieran convivido durante un año con una manada de bichos.
Se nota que incluso los han acariciado con ese respeto solemne
que siente el científico hacia su objeto de investigación.
Una letra igualmente minuciosa, una letra de lenta caligrafía,
los registra, númera, data y mide. Y así quedan
atrapados para la posteridad en la revista, para regocijo de los
campesinos que un día los levantaron amontonando las piedras
del majano y dándoles forma con un mazo.
Y así los recogemos y los podemos observar, como si fueran
antepasados a los que no conocimos sino de oídas, como
mariposas casi indiscernibles para el profano, pero bellas y tristes,
sujetas para siempre a las páginas del álbum. Tiene
esta Zahora, como todas las Zahoras, la importancia serena e imprescindible
de las batallitas que cuentan nuestros abuelos. Se ha fijado la
necesaria misión de rescatar tradiciones que se difuminan
peligrosamente. Se para en lo que casi nadie repara. ¿Quién
se ha detenido ante los cucos si no es mi amigo el pintor Juan
José Jiménez, que suele recogerlos en sus cuadros,
y los dos autores que se han encontrado Lanciano no sé
dónde?
Las páginas de Zahora están salvando del olvido,
o mejor aún, de la indiferencia, retazos de nuestra historia
popular, que es como decir fragmentos de nuestra alma colectiva.
He repasado con mis hijos y guardo con cuidado en mi biblioteca
este número 32, uno de los más bellos. Estoy convencido
de que lo sacaré más de una vez para echarle un
vistazo, para consultar algún dato que en este momento
ni siquiera se me ocurre imaginar, o simplemente para vanagloriarme
de lo que se hace por estas tierras ante algún amigo foráneo
que venga a visitarme. Nacionalismo de baja intensidad. Al fin
y al cabo, el olor a cuco es lo único que no consta por
ningún sitio.