Coffee-shops
Miguel Barceló
(Artículo aparecido en el diario Última Hora de Mallorca)
Últimamente
Mallorca me agobia ¡Sobran motivos para ello!. Ya no sólo es tener que
ejercer de espectador impotente ante la venta de la isla a los alemanes, o que
para conseguir un empleo sea más importante saber Alemán que Catalán; o que
vivamos con la amenaza de quedarnos sin agua rodeados de campos de Golf; o que
nos invadan las basuras que no hemos sabido reciclar, etc.. En estos dias
veraniegos -de máxima producción de nuestra industria hotelera- los agobios,
anudados como una larga ristra de botifarrones, pueden estar permanentemente
anclados en nuestras vidas. Por ejemplo, el agobio que me crea este calor húmedo,
pegajoso e insistente del que escapaba huyendo a la playa, ahora me es
imposible eliminarlo sin el segundo agobio que me crea el tener que formar
parte de una de las muchas caravanas de coches que circulan por nuestras
carreteras. Finalizado el segundo agobio, cuando has podido llegar a una de
las pocas playas vírgenes - termino empleado en esta comunidad para definir
aquel trozo de arena en el que es posible estar tumbado sin oler esta
sustancia usada por los guiris para no despellejarse, el penetrante aceite de
coco- que nos quedan, me sacude un tercer agobio al comprobar como, cada vez
mas, se parecen a la planta baja, en el primer dia de rebajas del Corte Inglés.
Y cuando ya estoy debajo de la sombrilla, no puedo evitar que me engulla un
cuarto agobio al constatar que la solución del Govern, es aún peor que el
problema, la de construir autopistas. Presiento que tendremos que cambiar el
slogan de la "isla de la
calma" por el de la "isla
del agobio"....
¡Necesitaba
aire fresco!. Escapar por unos días de esta isla cada vez más ajena a mi en
que se está convirtiendo Mallorca. Destino, Holanda; más concretamente,
Amsterdam, la ciudad más latina de Europa. Es una ciudad distinta a la
nuestra. Han puesto allí tantos impedimentos a los coches para aparcar dentro
de la ciudad que han tenido que ser sustituidos por innumerables bicicletas
que circulan por carriles preferentes y los numeroros tranvias que se cruzan
entre los canales que facilitan el desplazamiento de la gente. Se respira un
aire de libertad y caos más propio del mediterráneo de antaño que del norte
normativo, los semáforos no se respetan, la gente entra y sale del tranvia
sin pasar por el revisor, los perros andan sueltos como uno más de los
pasajeros de los transportes publicos...
Hacia
mucho que no estaba allí, concretamente desde el año 1971. Aunque han
desalojado a los hippies -que ya no existen- de Dam y de Vondelpark, la ciudad
sigue gozando de muy buena salud al servicio de las necesidades de los lugareños
y turistas, a los que proporciona multitud de posibilidades para el
divertimento. La gente puede pasear por las orillas de alguno de sus cien
canales que dibujan una irregular ensaimada mallorquina; pasar un día en uno
de los grandes parques con los que cuenta, en los que el letrero No
Trepassing está prohibido y tumbarse un rato sobre la alfombra verde para
descansar y comer algo; dejarse sorprender en cualquier esquina por un músico,
un acróbata, un mago, que a cambio de unas monedas, llena de sonidos el
deambular tranquilo de multitud de transeúntes; quedarse atónito antes los
escaparates del barrio rojo, donde voyuers de todas las razas, sexos y edades
contemplan los cuerpos de mujeres, iluminadas por luces rojas que, desde su
pequeña habitación lanzan miradas insinuando un contacto.
Amsterdam
es la ciudad de la tolerancia. Uno se siente casi de inmediato parte de la
extraordinaria fauna humana que vive en esta ciudad. Por unos días me perdí
la posibilidad de ser espectador de los
Gay Games. La ciudad estaba adornada con grandes pasquines en el que dos
hombres desnudos abrazados, con alas de ángel, anunciaban tal evento. En las
oficinas de turismo te proporcionaban una agenda de tal acontecimiento. La
Universidad de Amsterdam da cobijo a la mayoría de las pruebas deportivas
respondiendo a la necesidad de expresión de la fuerte comunidad Gay que vive
libremente en Amsterdam (allí son legales los matrimonios entre
homosexuales).
Amsterdam
es una ciudad interracial. Amarillos, negros, blancos...juntos. El triunfo de
este mestizaje se plasma en las numerosas parejas mixtas que pasean abrazados
por sus calles. Es, también, una ciudad donde pueden realizarse compras insólitas,
como una bandera española en la que ha sido sustituido el escudo de España por
una hoja de cannabis. Así, he podido sorprender a un amigo ateo con una caja de
tabaco en el que está fotografiado el polaco Wojtila fumando hierba, o a mi
hijo mayor, con una caja de preservativos –diseño especial– que compre en
una condonería, donde venden condones de inusitadas formas, precios, colores y
sabores expuestos en sus amplias vitrinas. Los Holandeses han normalizado la
vida de la gente, ampliando los márgenes de libertad, al tiempo que hacen un
gran negocio legalizando lo prohibido.