Hay tópicos que nunca mueren: del mismo modo que el asesino
de las novelas policiacas suele ser el mayordomo, la sirvienta
de la "jet" resulta ser también la que saca a
relucir los trapos sucios de la familia vendiéndoselos
al "Diez Minutos" o una revista por el estilo. Supongo
que Eloy M. Cebrián tuvo esto muy presente cuando decidió
que la mejor manera de contar la vida de Alejandro Magno era comprarle
las memorias al caballo, ya que aquel famoso conquistador macedonio
pasó más tiempo sobre la grupa del equino que sobre
sus propias piernas. "Memorias de Bucéfalo",
se llama la novela, que es sólo una primera parte de la
novela, justo hasta que, con veinte añitos, Alejandro toma
las riendas de lo que será su imperio.
El futuro emperador ni siquiera desmontaba para escuchar las
enseñanzas de su preceptor Aristóteles, porque no
había tiempo que perder, las guerras acechaban y había
que entrenarse continuamente. En cierta manera esta obsesión
por el entrenamiento no ha cambiado, y desde que se sostienen,
están nuestros zagales dale que te pego, no encima de una
montura, claro, sino detrás de un balón. El caso
es que el caballo, que ya habrán adivinado que se llamaba
Bucéfalo, a poco que fuera un poco espabilado, aprendería
filosofía de primera mano, las artes de la batalla, por
supuesto, y las anécdotas y los entresijos más inconfesables
de la familia del insigne jinete.
A Eloy M. Cebrián le ha salido bastante más barato
que a las revistas del corazón conseguir la exclusiva,
porque el caballo Bucéfalo llevaba tantos años muerto
que estaba deseando rajar. Y lo hace hasta por los corvejones.
Aunque se supone que se encuentra ya en las últimas, deshauciado
por los veterinarios y con un socavón en el pecho por el
que se le escapa la existencia. Pero es de todos sabido que, durante
la agonía, la vida que uno ha vivido desfila por las mientes
con el detalle y la intensidad de una lección última
de la que se da el repaso de urgencia antes de presentarse al
examen. El autor ha conseguido que la elocución de Bucéfalo
tenga esa contextura.
Por supuesto que al principio choca un poco que sea un caballo
el que realice tal alarde de sabiduría y claridad expresiva,
pero sólo en las dos primeras páginas, hasta que
uno le coge el hilo y ya está preso de la narración,
que como todas las intimidades bien contadas, no tiene desperdicio.
Porque Bucéfalo será un caballo, pero se explica
como Jenofonte lo haría si hablara castellano, con profusión
de datos, riqueza de descripciones y realismo en los diálogos.
Y encima le lleva de ventaja a Jenofonte que éste no sabía
lo que pasaba en las cuadras cuando se ausentaban los hombres.
Lo único que no puede pedírsele es objetividad,
porque ya se sabe que los caballos y los perros son ciegamente
fieles a sus amos. Y ya me contarán cuando lean la novela
si Alejandro no resultaría algo sospechoso, por ejemplo,
de la muerte de su tuerto padre, el rey Filipo.
Eloy M. Cebrián se ha tenido que meter entre pecho y espalda
un baúl de libros y otro centenar largo de pantallas de
internet relacionadas con el tema, cosa que ha hecho con mucho
gusto porque le va la historia de Grecia, es un adicto a Internet
y le complace mucho escucharse luego sacando a relucir citas obtenidas
en este aprendizaje durante cualquier tertulia o conversación
cotidiana. Con el mismo alarde ventajoso se defiende en el terreno
de la ciencia ficción, y supongo que no menos en el de
la literatura inglesa, con cuya enseñanza se gana la vida
a la espera de que sus capacidades como narrador le permitan retirarse
a escribir.
Asegura también el autor que escribió el relato
con la intención de destinarlo a los jovenzuelos y jovenzuelas
de enseñanza secundaria, con lo que me he sentido muy rejuvenecido
después de leerlo por dos veces, ya que en ambas ocasiones
lo he disfrutado como si estuviese hecho para mi propia edad.
Ahora a esperar, mordiéndose las uñas, la llegada
de la segunda parte. En fin, que siente uno orgullo de que en
Albacete se hagan cosas de esta calidad, que las edite la Diputación
y, sobre todo, que las escriba un tipo con el que uno puede encontrarse
casi a diario y comprobar que le han quedado algunos ecos, apenas
perceptibles, del griego en el que hablaba Bucéfalo. O
tal vez sea que a Bucéfalo le han quedado acentos del castellano
de Eloy M. Cebrián.