Las bozainas, cuando suenan a lo lejos, en los callejones de Chinchilla,
ponen los pelos de punta. Las bozainas pertenecen a la misma familia
que las gárgolas que remataban las canaleras de las catedrales
medievales, esos seres deformes y boquiabiertos que ha dulcificado
últimamente la Compañía Walt Disney con la
versión que ha hecho en dibujos animados del "Jorobado
de Notre Dame" de Hugo. Unas y otras forman parte del siniestro
decorado con el que los torturadores de conciencias sobrecogían
a los fieles, representándoles un detalle bastante ilustrativo
del infierno.
Ya no es lo mismo, claro. Cuando las seguimos en procesión,
vamos pensando en todo menos en las calderas de Pedro Botero.
Entre Fina Ortega y Manolo Alcázar me explican que las
actuales bozainas, que son de hojalata, sustituyeron a las originales
de hierro fundido, que estaban decoradas muy en consonancia con
el sonido que emiten, y que fueron destruidas por la barbarie
de la Guerra Civil. Constituyen una obra piadosa y precaria: dos
largos conos pintados de blanco, estrechos en el extremo donde
se sopla, y cada vez más anchos conforme se acercan a su
final. Una es más gruesa y grave, la otra más delgada
y aguda. Por su longitud, y para ser transportadas con más
facilidad, reposan sobre unas ruedas de madera, algo desiguales
de hechura.
Me cuentan que hay constancia de que ya existían en el
siglo XVI. La escasez de crónicas y la parquedad de las
que nos han llegado nos impiden saber si se remontan más
atrás en el tiempo. También se perdieron las partituras
con los sonidos originarios, aunque la reconstrucción que
hizo el maestro Soria hacia los años cincuenta parece bastante
verosímil por la mezcla de belleza y espeluznancia logradas.
Al principio las seguían sólo los componentes de
la cofradía del Cristo, encargada de guardarlas y tañirlas,
pero la voz ha corrido y el sábado del que hablo calculo
que éramos un centenar largo de personas, la mayoría
vestidas de oscuro y embargadas de un creciente respeto.
Una vecina, que camina junto a mí, recuerda con estremecimiento
el terror que le producía de niña oír que
se acercaba el traqueteo casi pueril de las ruedas de madera.
Habla de un tiempo, no tan lejano como parece, de calles oscuras
y de chimeneas encendidas como única defensa contra el
sueño, el invierno y las creencias. Menos mal que las farolas
nos ofrecen su consuelo en estas noches del fin de milenio. Una
vez tras otra, callan el tamboril y la campanilla que encabezan
la marcha y, sobre el silencio, se escucha el sonido pavoroso
y antiguo de las bozainas.
Me dicen Fina y Manolo que es muy probable que el año que
viene sean sustituidas por unas de bronce, ya casi terminadas,
porque el hierro original sería demasiado pesado para la
orografía de la ciudad. Al fin y al cabo hay que subir
y bajar pendientes, enredarse en la madeja medieval de Chinchilla,
serpear por entre fachadas que la hora ha envejecido lo justo
para que concuerden con el acontecimiento. El recorrido cambia
de semana en semana, y parece que hay momentos en los que los
propios guías dudan. Pero los que les seguimos terminamos
de cualquier manera hipnotizados por el estribillo de campanilla
y tambor, y por la estrofa impresionante de las bozainas, que
empezaron carraspeantes, pero que se han ido afinando al sonar.
Por el contrario, no sé qué pasa que la noche ha
ido enfriándose conforme caminábamos y llega un
momento en que andamos todos con el pañuelo en ristre y
los abrigos son insuficientes para contener las tiritonas, como
si esos largos conos sonoros tuvieran alguna oscura capacidad
para extraer de la meteorología y de los elementos en general
la faceta más triste. Nos miramos unos a otros. Algún
coche con el que nos cruzamos apaga sus luces, un par de motociclistas
hacen lo propio para atravesar el cortejo. Hay magias inexplicables
en la tradición que el progreso aún no ha logrado
exterminar.