Por el mero hecho de haber gozado de una sola de sus líneas
todos somos borgianos, claro que algunos somos más borgianos
que otros y otros incluso son más borgianos que el propio
Borges, con lo que entramos en un laberinto del que conviene salir
por piernas si no queremos que un borgiano Minotauro nos atrape
en sus garras.
Esto iba yo reflexionando tras mi asistencia, hace unos días,
a una emocionante conferencia de María Kodama, que compartió
mesa con un famoso futurólogo de Cartagena. No faltaron
a los postres las simpáticas intervenciones de los espontáneos
de turno, alguno de los cuales no tuvo reparos en leer un sentido
homenaje a los números primos, quizá de tintes autobiográficos.
La magia creada en la ceremonia, propiciada por la evanescente
dicción de la viuda, nos envolvió a todos los allí
presentes en un halo de literaridad sacra, y puede decirse, que
al menos por esa noche, todos compartimos una cosmovisión
muy cercana a la del maestro argentino.
De mí puedo decir que mi itinerario de regreso, en compañía
de un amigo, se convirtió en un catálogo de recurrencias
borgianas. Así, deteniéndome ante un escaparate
pude comprobar que efectivamente todos los espejos son abominables,
especialmente si me reflejan a mí, y para completar la
analogía concluí que no menos abominable es la paternidad,
que como los espejos, multiplica el número de los hombres:
me bastó pensar en mi sobrino.
Muy puesto ya en mi papel de urdidor de simetrías, no pude
por menos de evocar, ante un paso de cebra, la perfecta simetría
de las líneas de un tigre, antes de que mi amigo me empujara
de muy malas maneras para evitar que unos cuantos conductores
enfurecidos nos pasaran por encima. Ya al resguardo de una acera,
mi amigo y yo encaminamos nuestros pasos hasta un bar, y por el
camino nos pusimos a departir amistosamente sobre la dualidad
que divide a los hombres en platónicos y aristotélicos.
Mi amigo me había ocultado todo ese tiempo que él
pertenecía al segundo de los grupos, lo cual para un platónico
como yo resultaba una ofensa personal, así que nos enzarzamos
en una violenta pelea dialéctica en la que no faltaron
los puños, hasta que un amable policía, trasladado
a Albacete después de los disturbios en la Autónoma
de Barcelona, nos invitó cortésmente a disolvernos
con un lanzapelotas de goma.
Un poquito amoratados conseguimos llegar al bar, en una de cuyas
esquinas se alojaba un ordenador. A través de la pantalla,
mi amigo y yo penetramos en el laberinto de Internet, laberinto
de laberintos, red de redes, ocasión que yo aproveché
para evocar la figura del oxímoron. Como es sabido, esta
licencia retórica basa su efectividad en la unión
armoniosa de contrarios. San Juan de la Cruz lo usaba mucho en
sus versos, y así música callada vendría
a constituir un afortunado oxímoron. Otro podría
ser: el escritor antonio gala. Pues bien, la situación
allí creada no podía ser mas paradójica,
más oximorónica (si se me permite el neologismo),
pues ¿quién podría conciliar a los dos tipos
que, a los gritos de ¡Dale caña!, jaleaban una cópula
anal, con los que no hacía ni una hora habían oprimido
fuertemente su sien con un dedo escuchando la música borgiana?
A la hora del pago de las consumiciones, la contemplación
de una moneda distrajo mi atención durante 35 minutos y
comprendí que las dos caras de una moneda están
condenadas a no verse nunca, pues de hacerlo, yo tendría
dos monedas en mi mano en lugar de una, y quizá en ese
caso me diera para otra cerveza. La llamada de atención
de mi amigo, que había iniciado ya la ronda de tangos,
me volvió a la realidad, y tras despedirnos, tomé
el rumbo a mi casa, atravesando un parque que para mí se
convirtió literalmente en el jardín de senderos
que se bifurcan, dado que no encontraba su salida por ningún
sitio. A un rezagado en el que me pareció reconocer un
vecino le abordé para que me ayudara salir de allí:
-Soy yo, soy Antonio.
-Dios mío, Antonio, ¿qué te ha ocurrido?
-No, a mí nada, es al otro al que le ocurren las cosas.
Por fin en casa, antes de perder la conciencia por completo, ensayé
dos explicaciones para explicar mi estado: soy doble, pensé,
y estoy ciego, con lo que completé el círculo borgiano.
No sé cuál de los dos escribe esta página.