Los mejores monstruos de la literatura universal nacieron para
explicar fenómenos que entonces resultaban inexplicables.
Los dragones dan sentido al fuego interior de la tierra, los elfos
al misterio de los bosques, Ulises se enfrentó a toda una
mitología de reveses marítimos en su regreso a Ítaca;
dicen que "La Odisea" está conformada por las
historias que contaban los marinos de entonces en los puertos
de la época. Y ya más cerca de nuestros días,
King-Kong puede ser la personificación del crack de la
bolsa de Nueva York, y Drácula, Frankestein, el Hombre
Lobo, El Golem y otras pesadillas, creadas o criadas por el cine
de entreguerras, encarnaron las sordideces económicas del
momento.
A nadie le extrañe entonces que el otro día el "ecologista
en acción" Pérez Pena haya reclamado del nuevo
Ayuntamiento de Albacete "medidas para calmar al tráfico".
No se trata de un simple desliz verbal. Sabía lo que se
decía. El tráfico es la bestia de nuestro fin de
siglo, porque la política es la bestia de la historia y
la guerra es la bestia de todos los tiempos, de la humanidad entera.
Pero estas dos bestias mayores andan últimamente lejos,
en las televisiones y en el claustro cerrado de los edificios
públicos, mientras que el tráfico es un monstruo
que nos tiene invadidos, una bestia de infinitas cabezas que se
multiplican al cortarles el casco, como la serpiente a la que
tuvo que vencer Heracles.
Los coches y las motos invaden nuestras calles céntricas,
que no tenían prevista esta invasión cuando fueron
diseñadas. Invaden las aceras, los parajes naturales, los
jardines, las películas televisadas. Aparcan donde sea,
porque las zonas azules son un precario bastión, incapaz
de contener a esta horda. Usurpan nuestras mejores plazas, negándonos
el placer del encuentro y de la charla, como sucede con la medieval
de Chinchilla. Atruenan nuestros oídos durante el día
y la noche. Y nos dominan hasta cuando estamos al volante o al
manillar, hipotecando nuestro cerebro, haciendo que volemos demasiado
bajo, que amedrentemos a las viejecitas que intentan cruzar un
paso cebra, o invitando a nuestros adolescentes a que se protejan
el codo con el casco, mientras llevan la cabeza al descubierto.
Lo que ha dicho Pérez Pena es que es duro vivir en una
ciudad como Albacete, donde el tráfico es dueño
y señor, mientras que el peatón se convierte en
el aborigen de un país invadido. Puede ser atropellado
mientras contempla un escaparate y tiene que esperar a que pasen
primero los monstruos metálicos, antes de cruzar una calzada.
Por supuesto que es duro vivir en una ciudad invadida. Y resulta
curioso que Pérez Pena hable de "calmar", sólo
de "calmar", a la bestia del tráfico, él
que es un adalid contumaz de las causas difíciles y un
ciclista empedernido. Calmar quiere decir ampliar las calles peatonales,
introducir un carril para las bicis, pactar con el invasor.
Todas las bestias literarias han tenido un héroe que las
doblegara. A veces ha habido que esperar mucho tiempo, eso también
es verdad. Quizá aún no haya nacido la espada capaz
de vencer a este dragón del que somos a la vez víctimas
y verdugos. Que hayan vuelto los molinos a agitar sus aspas al
viento, devolviendo a la llanura su origen quijotesco, aunque
sea para moler electricidad en lugar de harina, abre una espita
a la esperanza. A lo mejor no anda lejos el Quijote de los nuevos
tiempos, que fracasa en todas sus acciones, pero que pone a la
gente a pensar. De momento, el primer paso está dado. Había
que desenmascarar a la bestia, y Pérez Pena ya lo ha hecho
el otro día con su feliz prosopopeya.