Mientras escribo estas líneas, a tan sólo seis
días de las elecciones generales, me siento inquieto por
lo poco que me inquieta el resultado de la consulta. De modo que
no teman; nada más lejos de mi ánimo que ofrecerles
un análisis político sobre la intención de
voto, ni siquiera una colección de chascarrillos acerca
de los incidentes de la campaña. Es más, poco me
importa si este artículo ve la luz antes o después
del próximo domingo (contando con que el diario al que
voy a remitirlo tenga la amabilidad de publicarlo y ustedes la
paciencia de leerlo). Lo que me preocupa en realidad es la idea
de todas esas huestes de políticos que andan por ahí
en busca de empleo. Pobrecillos.
Pero, antes de continuar, les he de confesar algo: las elecciones
generales distan mucho de provocarme los severos retortijones
que, invariablemente, sufro cuando se aproximan las municipales
y autonómicas. De hecho, todo se salda con un leve sarpullido
que suele remitir a los pocos días, antes incluso de que
se constituyan las nuevas cámaras. Piensen que al menos
durante esta campaña nos hemos librado de algunas agresiones
despiadadas de las que fuimos víctimas la pasada primavera.
Ahora no corremos el riesgo de recibir por correo una astilla
del pupitre del presidente Bono, acompañada por la petición
de que nos confeccionemos con ella un relicario. Resulta improbable
toparse por la calle con un fulano al que apenas conocemos (o
que no nos saluda desde hace años) y que, todo palmaditas
y sonrisas, nos exige el voto con inaudita desfachatez. Pasaron
a la historia los pins de la navajita plateada en
la solapa, o las tortas de gazpachos, los quesos y demás
símbolos de orgullo patrio. Y hasta resulta factible ir
a dar una vuelta por los Invasores sin miedo a que
un político nos besuquee al niño, nos lo deje lleno
de babas y luego haya que limpiarlo con aguarrás. No, no
se preocupen. Y es que, en buena lógica, los que salgan
elegidos de las urnas el próximo domingo cometerán
sus fechorías en Madrid, y eso aquí, en la periferia
del Imperio, siempre lo hemos vivido con resignada indiferencia.
Sin embargo, no por ello nos hemos librado del bochornoso espectáculo
de siempre: de la derecha-que-no-quiere-serlo vanagloriándose
de un presente triunfal de logros económicos, a la vez
que nos recuerda un pasado ominoso de paro, despilfarro y corrupción;
de la izquierda-que-siempre-lo-será pactando
contra natura con la izquierda-que-sólo-lo-fue-de-boquilla
y la que dejó-de-serlo (estas dos últimas
agrupadas ahora bajo las mismas siglas), sin duda con la esperanza
de captar votos de ciudadanos y ciudadanas que les permitan llevarse
el gato al agua (y también la gata, si es posible). Hemos
visto cómo el bravo corazón de Julio Anguita se
rebelaba contra tanto dislate. Para colmo de males, hasta hemos
tenido que sufrir que algunos medios de comunicación modifiquen
su línea editorial y, en lugar de las aleluyas marianas
que tanto nos regocijaban, se dediquen a publicar feroces invectivas
contra Almunia, que bastante tiene el pobre hombre con lo que
le ha caído encima. Y entre todos se las arreglan para
destruir en el ciudadano (y la ciudadana) cualquier vestigio de
conciencia cívica.
¿Qué quieren que les diga? Todo esto me produce
un sopor y un hastío enormes (la indignación me
la reservo para las cosas que realmente la merecen), y me hace
recordar, como siempre me ocurre en ocasiones similares, una anécdota
que me refirió cierto amigo de Valencia. Según me
dijo, corrían aquellos felices días de octubre del
82, y él había quedado con su panda para celebrar
el advenimiento de una nueva era de libertades y justicia social.
A la sazón, la calle donde aguardaba era frecuentada por
numerosos gays, y aun travestís, de suerte que un policía
nacional que por allí patrullaba se le aproximó
y le espetó lo siguiente: ¿Qué? ¿Maricón?
¡No, no! respondió él todo azorado.
Estaba esperando a un amigo. Y el agente, tras dedicarle
una mirada entre despectiva y socarrona, le dijo: Sí,
sí, a un amiguito. Toda una señal de lo que
se avecinaba.
Creo que fue Aristófanes quien relató cómo
dos sinvergüenzas, temerosos de perder sus prebendas políticas,
intentan convencer a un carnicero analfabeto de que se presente
a las elecciones, pues, según ellos, es precisamente el
más vil e ignorante el que más condiciones reúne
para el ejercicio de la política. No es que el comediógrafo
ateniense, ardiente defensor de las oligarquías, fuera
un dechado de virtudes democráticas, y hasta creo que habría
suscrito sin reservas aquella célebre por lo denostada
afirmación de Borges, según la cual la democracia
no es más que un abuso de la estadística;
sin embargo, puede que su actitud ofrezca a los españoles
del año 2000, hartos, perplejos y cabreados, una línea
sensata de actuación política: si no saben a qué
partido votar, no piensen en las siglas, sino en los candidatos,
y respalden precisamente a los que más le repugnen. Así,
matarán dos pájaros de un tiro: por un lado se sentirán
muy enaltecidos por el contraste; y encima, le estarán
proporcionando un puesto de trabajo, y de los buenos, a gente
que no podría ganarse la vida de otra manera. Que tengan
una feliz jornada electoral.