Hace algunas semanas, un asiduo en los debates televisivos,
orondo cretino él y autoproclamado intelectual, alardeaba
de no saber nada de ordenadores, hecho que parecía llenarlo
de orgullo. Al margen de la nauseabunda petulancia de dicha afirmación,
me subleva pensar que posturas similares hayan sido adoptadas
y aireadas por muchas de las cabezas pensantes de este país,
esas cabezas bien amuebladas en las que tanto mueble
apenas deja sitio para el sentido común. De repente, parece
que resulta de buen tono revelarse como un ignorante absoluto
en materia informática, bien en los mentideros mediáticos,
a través de la letra impresa o simplemente en la tertulia
del café. Qué mejor forma de afirmar la propia condición
de miembro de una casta superior que dárselas de no ser
capaz de distinguir un ordenador de una sandwichera, actitud que,
dicho sea de paso, no deja de parecerme útil, puesto que
delata de inmediato a su propietario como un necio de campeonato.
(El miedo a ser malinterpretado, que se ha convertido ya en un
lugar común en nuestros tiempos, me aconseja añadir
aquí lo siguiente, aun a riesgo de resultar reiterativo:
no es mi intención arremeter contra los que carecen de
conocimientos acerca de ordenadores, entre los que muy poco me
falta para contarme, sino contra los que piensan que su ignorancia
les imprime distinción.)
La irrupción de Internet en la vida del ciudadano de segunda
(sí, me refiero a mí y a usted) ha reforzado las
huestes de los detractores de la tecla con nuevos batallones de
pensadores profundos y profetas de salón. La consigna se
cifra ahora en afirmar que aquéllos que hacen uso de Internet
prescinden paulatinamente de la relación personal, abandonan
a sus amigos, dejan de hablar a su mujer y a sus hijos y, en última
instancia, se convierten en meros apéndices de sus ordenadores.
El corolario de este perverso argumento es (¡lo han adivinado!)
que Internet está deshumanizando el mundo y alienando a
sus habitantes. Suerte que todavía existen voces de prestigio
en las que predomina el sentido común; la de Fernando Savater,
por ejemplo, quien en su impagable ensayo El valor de educar
la mamprende muy atinadamente contra los predicadores que consideran
inevitable nuestra deshumanización (?) por culpa de los
ordenadores, los vídeos, Internet y otros inventos del
Maléfico, para concluir: es regla general que tales
herramientas no sólo no deshumanicen a nadie, sino que
sean enseguida puestas al servicio de lo más humano, demasiado
humano. A pesar de que suscribo totalmente esta opinión,
y sin ánimo alguno de enmendarle la plana al insigne profesor,
creo que en esta ocasión Savater se ha quedado corto. Es
del dominio público que Internet se ha convertido en gigantesco
tablón de anuncios (la enciclopedia infinita,
como dice Muñoz Molina con reminiscencias borgianas en
un reciente artículo), o bien una suerte de botas de siete
leguas que nos permiten saltar de un lugar a otro del globo para
beber la información de sus mismas fuentes; sin embargo,
no parece resultar tan obvio que millones de personas usan hoy
en día la Red como un eficaz antídoto contra la
soledad.
Basta con asomarse a la pantalla de un ordenador para comprobar
que las mallas de fibra óptica, el auténtico sistema
nervioso de nuestro mundo, vibran con infinidad de mensajes en
busca de un destinatario. Tras muchos de ellos, quizá la
mayoría, no hay más que sociedades anónimas,
bancos, mercaderes de esto y de lo otro y, por supuesto, la mano
casi omnipotente de Bill Gates. Sin embargo, hay otros muchos
que no pretenden vender ni convencer, sino simplemente entablar
conversación, y no provienen de máquinas, sino de
personas, por más que muchos se empeñen en ponerlo
en duda. Lo más extraordinario de todo este asunto, y lo
que de verdad me reconcilia con lo que otros consideran un engendro
de la tecnología, es que estos mensajes a menudo encuentran
respuesta. De hecho, me resulta sencillo imaginar la Red como
un a ciudad gigantesca llena de plazoletas y encrucijadas, lugares
de encuentro donde, a diferencia de lo que ocurre en las ciudades
del mundo visible (que no real), la gente se detiene y charla.
Sin duda también cuenta esta ciudad con su correspondiente
proporción de perturbados y delincuentes, aunque no podríamos
llamarla ciudad con propiedad si no fuera así.
No es verdad que Internet aliene a las personas. Por el contrario,
creo que tenemos entre manos una herramienta fabulosa para convertir
este mundo en un lugar más soportable. Y les aseguro que
no es necesario que me recuerden los riesgos; los conozco bien.
Pero ése será el asunto de otro artículo.