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UN APUNTE AUTOBIOGRÁFICO (un pelín extenso, me temo)

Nací en Albacete el día de Nochebuena de 1963, y mi nombre completo es Eloy Miguel Cebrián Burgos. Así pues, pese a la insistencia de algunos, la inicial "M" de mi nombre no viene de "Eloy María", "Eloy Manuel" ni "Eloy Martínez".

Mi padre era maestro nacional y por entonces acababa de recibir su primer destino, un pueblecito de la provincia de Ciudad Real llamado Villanueva de San Carlos, adonde me llevaron con tan sólo algunos días de vida. Según me cuentan, las condiciones  en este lugar eran precarias, lo que no constituía ninguna excepción, pues a principios de los 60 la vida era dura para los maestros de escuela rurales. Por suerte, no recuerdo nada de aquella época.Ayna (Albacete)

Mis recuerdos echan a andar en el pueblo donde nos instalamos cuando mi padre recibió su segundo destino. Era un precioso pueblecito de la sierra de Albacete llamado Ayna. Allí  vivíamos cuando mi padre compró el primer televisor y cuando nos dieron el 600. Allí nació mi hermano, y allí nos quedamos hasta que cumplí los cinco años, tal vez los más dichosos de toda mi vida. Creo recordar que mi afición lectora de entonces se limitaba a un grueso tomo que contenía varias películas de Walt Disney en forma de tebeo. Mi favorita siempre fue "Pinocho".

Desde Ayna nos trasladamos a La Roda, una típica localidad manchega a unos 30 km. de Albacete donde permanecimos hasta que cumplí los 10 años. No sé si esto le interesará a alguien, pero asistí a los colegios de La Báscula y al grupo escolar José Antonio. Lo peculiar del segundo colegio no es que por entonces se llamara así, sino que, según mis noticias, hoy en día se sigue llamando del mismo modo.

Cuando terminó el periplo de mi padre como maestro rural, nos instalamos por fin el Albacete. Asistí al Colegio Carlos V, que era donde mi padre trabajaba (yo siempre iba al colegio donde mi padre trabajaba, por lo cual nunca pude sacudirme el estigma de ser hijo de maestro y, por lo tanto, "enchufado"). Una vez terminada la EGB me trasladé al instituto "Bachiller Sabuco", un Instituto Bachiller Sabuco, Albaceteviejo y majestuoso edificio que por entonces me imponía muchísimo, y que me sigue imponiendo, pues ocurre que es el mismo instituto donde trabajo desde hace tres lustros, con lo que a uno le asalta la duda de si el tiempo no será en realidad circular. Buena parte de mis profesores de entonces son mis actuales compañeros, y me precio de haber entablado una buena amistad con algunos de ellos.

Mis primeros pinitos literarios datan de la infancia. Recuerdo un esbozo de novela que era un híbrido entre Julio Verne (versión Joyas Literarias Juveniles) y las novelas de Los tres investigadores. Se titulaba "El ser de la cueva", y puede que llegara a redactar unas 20 o 30 cuartillas que, por fortuna, se han perdido. Digamos que mis primeros intentos conscientes y con algunas pretensiones literarias datan del instituto. Un año tras otro me fui presentando al concurso de cuento, siempre infructuosamente. Hasta que llegué a COU y, para mi sorpresa, lo gané. El cuento se titulaba Profecía hindú. Según palabras de mi profesor de literatura era "un relato mitológico sobre la muerte de dios". Este fue también el año de mi descubrimiento de Borges. Un compañero de clase me hizo observar que en nuestro libro de literatura (uno de aquellos magníficos manuales que firmaba Lázaro Carreter) incluía un relato completo del maestro: "La Biblioteca de Babel". Como cuento en el prólogo de mi libro Las luciérnagas y 20 cuentos más, han pasado 25 años desde entonces. Sin embargo, todavía ando perdido por los infinitos hexágonos de la biblioteca borgiana.

Al año siguiente (1981), me trasladé a Valencia para estudiar Filología Inglesa. Allí permanecería siete años, los tres primeros en un colegio mayor (el San Francisco Javier), los siguientes en un piso que compartía con dos amigos de mi ciudad. Durante todo este tiempo no recuerdo haber escrito nada. Como puede observarse, no soy en absoluto un escritor de vocación temprana. Sin embargo, supongo que la naturaleza de mis estudios y las muchas horas de lectura que exigían debieron de tener alguna influencia sobre mi actividad literaria posterior. Lo que sin duda moldeó mis gustos literarios fue mi afición por la literatura de ciencia ficción, que adquirí hacia el final de mi época universitaria. Desde entonces sigo leyendo con placer a Asimov, Heinlein, Philip K. Dick Poul Anderson y Fredric Brown. Todos ellos han sido maestros para mí.

En el 86 obtuve mi licenciatura y empecé a preparar oposiciones para agregado de instituto. Durante ese año sufrí explotación y cautiverio en una academia de idiomas de un pueblo cercano a Valencia, lo que me animó a estudiar con más ahínco para obtener mi plaza de profesor y poder así mandar a mi jefe a hacer gárgaras. El acicate era tan poderoso que gané mi oposición con cierta facilidad. Tenía 23 años.

Vinieron entonces unos años de feliz despreocupación. Mi trabajo me gustaba y me permitía vivir desahogadamente. El único bien que había adquirido era un Seat Ibiza de color negro por el que sentía todo el afecto que uno puede sentir por un coche, y la posibilidad de lastrarme con una hipoteca ni se me había pasado por la cabeza. Mi debut como profesor (al margen de los desdichados días de la academia) tuvo lugar en un instituto de Valencia capital (el Ramón Llull). Luego pasé dos felices años en la localidad alicantina de Villena. 

En 1990, con 27 años, obtuve el traslado al instituto de Albacete donde he permanecido desde entonces. El regreso a mi ciudad no era uno de mis objetivos. Digamos que volví un poco por casualidad, pero tengo que decir que nunca me he arrepentido. Albacete, a pesar de sus numerosas limitaciones, es un sitio estupendo para vivir. Y goza además de peculiaridades poco comunes que la convierten en lugar de residencia ideal para un escritor. La ciudad está enclavada en un territorio fronterizo con la inexistencia, y tiene mucho, por tanto, de ciudad imaginaria. Tal vez no sea el sitio idóneo para aquellos que quieran hacer fortuna en el mundo real. Pero si uno es un escritor de ficción,  les aseguro que no puede concebir un lugar más apropiado. Basta con salir a la calle y dar una vuelta para encontrar inspiración. Y eso es lo que hago a menudo. De forma abierta o de un modo encubierto, esta ciudad es el escenario de la acción de buena parte de mis novelas. Me gustaría ser capaz de convertir mi ciudad natal en lugar mítico, como García Márquez hizo con Aracataca al transformarla en Macondo. De todos modos, creo que Albacete ya es de por sí un sitio lo bastante insólito como para arreglárselas sin mi ayuda.

En 1991 me casé  y contraje por fin la hipoteca que me estaba destinada. En apariencia, mi vida no ha sufrido grandes cambios en los últimos 20 años. La realidad, sin embargo, es que este tiempo me han ocurrido dos cosas que lo han cambiado absolutamente todo. La primera fue el nacimiento de mi hijo Miguel, en marzo de 1995. La segunda, el comienzo de mi actividad literaria, más o menos por la misma época. No puedo creer que se trate de una coincidencia.

Creo que empecé a escribir por aburrimiento. Por aquellos días mi ex mujer trabajaba durante la semana en otra localidad, lo que nos convertía en un matrimonio de fin de semana. El cosquilleo literario que yo notaba desde el instituto amenazaba con convertirse en un serio salpullido, de modo que no tuve más remedio que poner manos a la obra. Decidí aunar el género histórico, que por aquellos días despertaba vivamente mi interés, con la novela juvenil. El resultado fue, algo mCon mi hijo Miguel, en le Paseo de la Feria de Albacete (1998)enos de un año más tarde, la novela "Memorias de Bucéfalo", que terminé, como ya he señalado, casi al mismo tiempo que mi hijo Miguel venía al mundo.

Tras recibir una colección de cartas de rechazo suficiente para empapelar el pasillo de mi casa, la Diputación Provincial me ofreció la oportunidad de publicar la novela en su colección de narrativa. Objetaban, sin embargo, la gran extensión de la obra, por lo que se decidió publicar tan sólo la primera parte y luego ya veríamos. Así apareció Memorias de Bucéfalo, el reinado Ilustración para "Memorias de Bucéfalo" - Mª José Sernade Filipo, que era tan sólo la mitad de mi novela. Pero mejor la mitad que nada. Esto ocurría en 1998. Un par de años más tarde, con algunas vicisitudes de por medio (incluyendo un cambio de gobierno en la institución), aparecía La conquista de Asia y quedaba completado el ciclo.

Esta fue también la época en que tuvo lugar mi colaboración con la prensa de mi ciudad, donde publiqué una serie de artículos que no habría de tener continuidad. Finalmente, llegué a la conclusión de que no me sentía demasiado cómodo con el formato del artículo, y que lo mío era escribir ficción, de modo que cerré ese capítulo y volví a la novela y el relato.

A partir de la publicación de mi segundo libro sobre "Bucéfalo", me concentré en la escritura de cuentos, con la buena fortuna de que obtuve algunos premios importantes que supusieron un gran impulso para mi incipiente carrera literaria. El primero de ellos fue el "Marco Fabio Quintiliano", de Calahorra. Después vendría el "Alfonso Sancho Sáez" de Jaén. Hay premios tan reñidos que el mero hecho de alcanzar la final ya supone un privilegio, y yo tuve la enorme fortuna de quedar finalista en algunos de ellos, como el premio "El País-Aguilar de relatos de viajes" (que me permitió verme publicado en las páginas de el diario "El País") y el NH Mario Vargas Llosa, del que fui finalista en dosCon F. Umbral, la Ministra de Educación y Cultura Pilar del Castillo y Guillermo Ortega, alcalde de Majadahonda ediciones consecutivas (2002 y 2003), lo que me valió ser incluido en las colecciones de relatos que esta cadena hotelera regala a sus clientes. Resulta mareante pensar en las gigantescas ediciones que se realizan de estos libritos (hasta 80.000 ejemplares, sin contar las traducciones al inglés y al alemán), y la cantidad de lectores potenciales que se pueden lograr gracias a ellas. Por fortuna, no me consta que ninguno se haya quejado aún al servicio de habitaciones.

Pero, sin lugar a dudas, creo que mi momento más importante como escritor fue la obtención del premio Francisco Umbral de Novela, a principios de 2003. Desde un par de años atrás yo había estado trabajando en una historia policíaca, con tintes de sátira y humor negro, que titulé El fotógrafo que hacía belenes. El origen de esta novela fue un relato del mismo título, que acabaría convertido en el primer capítulo del libro. Tras un par de intentos infructuosos, cierta noche recibí la llamada del jurado del Premio Umbral, y unas semanas más tarde recogía el premio de manos de la entonces Ministra de Cultura, Pilar del Castillo, y tenía la ocasión de compartir cena y velada con quien para mí es el mejor escritor español de las últimas décadas.

A finales del mismo año recibí el Premio Jaén en su modalidad de novela juvenil. El libro premiado fue Bajo la fría luz de octubre, una novela en la que me adentraba en la historia de mi propia familia durante los años de la república, la guerra civil y la posguerra. El libro no fue concebido de forma específica como  novela juvenil, pero me pareció adecuado para este tipo de lectores, por lo que decidí mandarlo a un premio de esta modalidad. Para m"Bajo la fría luz de octubre" junto al trofeo del Premio Jaéní, lo realmente importante de este galardón fue la oportunidad de acceder a la proverbial "gran editorial", en este caso Alfaguara, que fue el sello que se encargo de editar el libro. La novela, además, me dio la oportunidad de establecer contacto directo con los lectores mediante encuentros en clubes de lectura e institutos. Siempre digo que algunos de mis momentos más gozosos como escritor me los han brindado los propios lectores en estos encuentros. Opino que la labor de los bibliotecarios y monitores de los clubes de lectura nunca será suficientemente reconocida.

2005 fue un año intenso en publicaciones. En febrero, con un retraso de dos años, apareció El fotógrafo que hacía belenes. La edición corrió a cargo de Zócalo, un sello editorial de Zaragoza que compensa su modestia con amabilidad, buen hacer y respeto hacia los autores (mi gratitud por ello para Fernando Jiménez, alma y corazón de esta pequeña gran editorial). En mayo publiqué, en edición limitada, una antología comentada de mis relatos que titulé Las luciérnagas y 20 cuentos más. A finales de septiembre, mi relación con Alfaguara fructificó en una nueva novela juvenil. Esta vez se trató de una versión refundida y revisada de Memorias de Bucéfalo que recibió el título de Vida de Alejandro, por Bucéfalo. A finales de sño firmé un contrato de representación con la agencia literaria de Antonia Kerrigan.

En mayo del 2007 mi novela Los fantasmas de Edimburgo fue finalista del XII Premio de Novela Fernando Lara de Editorial Planeta. En octubre del mismo año repetí puesto de finalista con la misma novela, aunque esta vez en el premio Herralde de Anagrama. Por fin la novela se publicó en abril de 2008 en la editorial madrileña El Tercer Nombre.

A finales del 2009 se acumularon las publicaciones. Primero apareció Comunión, mi segunda colección de relatos, que vio la luz de la mano de la editorial murciana Alfaqueque (y en este punto deseo hacer constar mi gratitud para su fundador, director y factótum, Fernando Fernández, que ha hecho de su amor por la literatura y la edición una profesión de fe). En La Ley de Murphy, mi primer libro de artículos, recogí una amplia muestra de las columnas de prensa que llevaba publicando desde finales de los 90, especialmente las de la serie homónima de los últimos tiempos, aparecidas en el diario La Tribuna de Albacete. El viejo caballo de Alejandro ha renacido con renovados bríos y un atractivo diseño de edición gracias a la editorial granadina AJEC y al entusiasmo de Raúl Gonzálvez. Esta vez el título de la novela es Bucéfalo, memorias del caballo de Alejandro. De forma inesperada, Alfaguara vendió los derechos de Bajo la fría luz de octubre a la editorial alemana Klett, que lanzó una preciosa edición anotada para uso de los estudiantes de español en los países de lengua alemana. Y ya 2010 la editorial Oxford University Press publicó mi última novela juvenil: Operación Beowulf, una aventura de espías, misterios y tesoros en el Londres de la II Guerra Mundial, bajo las bombas alemanas. En primavera de 2012 fui de nuevo finalista del premio de Novela Fernando Lara con una novela de intriga histórica titulada El manuscrito del manco. Un par de meses después repetí puesto en el premio Ateneo de Sevilla.

 Y esto es lo más reciente que puedo contar.

Pero los nuevos proyectos continúan.

Y sólo falta por mencionar a "la niña de mis ojos". Me refiero a la revista de creación literaria El problema de Yorick, que fundé en el 2000 junto con mi buen amigo, el también escritor Antonio García Muñoz, y que ambos codirigimos desde entonces. El problema ha terminado por convertirse en una fuente permanente de satisfacción, con ocho números y diez libros publicados, y varias docenas de amigos y colaboradores repartidos por toda España y parte del resto del mundo.

¿Qué es para mí la literatura?

La literatura, como las demás artes, nos sirve para comprender el mundo, construye modelos a escala de una realidad que es demasiado compleja y desordenada para ser asimilada sin hacerla pasar antes por el filtro del arte. La literatura nos enseña, además, a contemplar las cosas con una mirada distinta, más inquisitiva y sagaz, revelándonos detalles que por lo común nos pasan desapercibidos. La inercia de la vida, sus rutinas, nos vuelven miopes para lo mucho que el mundo contiene de extraordinario. Pues bien, los escritores ponen una lupa delante de nuestros ojos y nos permiten reparar en estos aspectos que casi siempre nos pasan por alto. Un buen texto literario actúa como el bisturí de un cirujano, ahonda en la epidermis de las cosas, diseca, aísla y expone a la luz. Y posee además la virtud de curar. Nadie es el mismo después de haber disfrutado de un buen poema o de una buena narración. La literatura transforma sutilmente y mejora a quienes la cultivan, ya sea en calidad de lectores o de escritores. En ocasiones la vocación de un autor va creciendo desde la primera infancia (piensen en Borges, quien siempre aseguró que el suyo sería un destino literario). Otras veces aparece de improviso, sin anunciarse, porque una obra literaria nos cautiva de tal modo que sentimos la necesidad de imitarla, o bien porque de repente descubrimos en nosotros la mirada del artista, la que nos permite horadar la realidad y descubrir ese reverso misterioso de las cosas donde bullen todas las buenas historias, todos los buenos poemas.

La literatura es mi vida secreta, la que me permite ser yo y ser muchos otros. Es el filtro a través del cual veo el mundo. Es una parte sustancial de todo aquello que hoy en día resulta importante para mí. 


 

PREMIOS

Premio de cuento Marco Fabio Quintiliano 2000, del Ayuntamiento de Calahorra, por el relato "El quinto lector".

Finalista del Premio NH de Cuentos 2003 por "La Torre".

VII Premio de Novela Francisco Umbral (2003), del ayuntamiento de Majadahonda, por la novela "El fotógrafo que hacía belenes".

Premio Jaén 2003 de Novela Juvenil, patrocinado por la Caja de Ahorros de Granada, por "Bajo la fría luz de octubre".

Finalista del 1er Premio El País-Aguilar de Relatos de Viajes (2003), por "La huella de Alejandro".

Finalista del Premio NH de cuentos 2004 por "Igual que entonces".

Finalista del Premio Caja España de Libro de Cuentos 2004 por "Compañeros de viaje"

Premio Alfonso Sancho Sáez 2004 del Ayuntamiento de Jaén por "El extraño caso de los dos lectores".

Finalista del Premio Fernando Lara de Novela 2007, de Editorial Planeta, por "Los fantasmas de Edimburgo".

Finalista del Premio Herralde de Novela 2007, de Editorial Anagrama, por "Los fantasmas de Edimburgo".

Finalista del Premio de Libro de Cuentos "Manuel Llano" 2007 del Gobierno de Cantabria por "Anamorfosis".

Finalista del Premio Fernando Lara de Novela 2012 por "El manuscrito del manco".

Finalista del Premio Ateneo de Sevilla de Novela 2012 por "El manuscrito del manco".

Galardonado como albaceteño distinguido en el apartado de cultura por la Peña de Albacete en Madrid, de la Casa de Castilla-La Mancha.