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MARZO 2006

Jueves, 2 de marzo de 2006

Un sábado en la cabeza de Ian McEwan

Prometí en mi mensaje del lunes pasado que al día siguiente volvería a colgar algo en este blog. Han tenido que pasar tres días para que mi promesa se materializara, pero ya se sabe que el tiempo es subjetivo. También en novela moderna el tiempo no es sino una percepción y, como tal, se halla sometido a los confusos vaivenes de la conciencia. En la ficción contemporánea el tiempo a veces se estira como un chicle, otras se acelera de forma vertiginosa, o bien avanza de un modo sincopado, dando saltos que en ocasiones son incluso saltos hacia atrás. Los padres de la novela moderna (Proust, Joyce, Virginia Woolf) coincidieron con los padres de la física moderna en señalar que el tiempo dista de ser un concepto absoluto. Einstein demostró que está ligado a la velocidad, un misterio que aceptamos igual que aceptábamos de pequeñitos el dogma de la Santísima Trinidad, pero que no comprendemos ni por asomo. Para captar los conceptos de la física relativista sería preciso dominar la compleja base matemática que la sustenta, lo que sólo está al alcance de unas pocas lumbreras, o bien disponer de un vehículo relativista para poder dar un garbeo a la velocidad de la luz, y luego regresar y encontrarnos a nuestros coetáneos criando malvas, lo que en algunos casos no dejaría de ser un gran alivio. Lo de la relatividad del tiempo en la novela moderna, sin embargo, resulta mucho más sencillo de comprender. Pocas cosas se ciñen tanto a los asuntos humanos como la literatura, tal vez porque, si nos paramos a pensarlo, resulta que la literatura no es sino uno más de los asuntos humanos. La experiencia nos enseña que la gente (incluyendo a los físicos teóricos y a los escritores) percibe el tiempo de muy distintas formas según el momento y el estado de ánimo. Existe un tiempo ensimismado, un tiempo aburrido, un tiempo rápido y violento que barre las horas como un huracán. Existe un tiempo que no termina y un tiempo que desearíamos que nunca terminara. Existe un tiempo gélido que congela los instantes hasta volverlos eternos. Un tiempo vacío que parece no transcurrir, y otro abarrotado de pensamientos o sensaciones que termina antes de que nos demos cuenta. El dolor, la belleza, todo el catálogo de las emociones humanas, no es más que un momento en la mente, según sentenció el poeta norteamericano Wallace Stevens en un verso memorable ("beauty is momentary in the mind"). Por mucho que los relojes se empeñen en convencernos de lo contrario, la experiencia nos demuestra que no hay dos lapsos de tiempo de la misma duración. El tiempo de los hombres sólo existe dentro de la mente (de cada mente), por lo tanto, no hay dos tiempos iguales. La conciencia es sucesividad, en la medida en que sólo se comprende como una sucesión de estados. Pero esos estados no se ajustan a pautas cronológicas fijas. Qué embrollo, ¿verdad? Creo que fue San Agustín quien se quejaba de que el tiempo era, de todos los conceptos, sin duda el más volátil. "Si no pienso en él, sé lo que es. Pero si pienso en él y trato de explicarlo, se me escapa". Tal vez los novelistas contemporáneos puedan arrojar alguna luz donde el obispo de Hipona se quedó a dos velas. Al menos, creo que el británico Ian McEwan lo consigue en Sábado, su última novela, publicada en España por Anagrama. Y les ruego que reparen en la cubierta de la edición española, con esa gran esfera de reloj y las dos figuras humanas silueteadas delante. Qué excelente cubierta para tan magnífica novela.

Sábado representa un experimento narrativo que ya se ha intentado antes. Imaginemos que somos reporteros y que pretendemos escribir una crónica lo más detallada posible de una jornada en la vida de un personaje. Y para ello no se nos ocurre otra cosa que instalarnos dentro del cráneo de su protagonista y contemplar la vida desde la atalaya de su conciencia. Esto resultaría sencillo si nuestra mente registrara la realidad de un modo fotográfico. Por desgracia, no existe paisaje tan brumoso, tan complejo, tan sujeto a cambios y avatares, como los pensamientos de un ser humano. Por desgracia o por suerte, ya que que esa tarea imposible de retratar el mundo desde la conciencia puede dar espléndidos frutos en manos de un novelista en posesión de una técnica depurada. Así fue como Marcel Proust nos guió a través de su propia memoria en En busca del tiempo perdido, o como Joyce y Woolf recorrieron la esfera del reloj junto a (o dentro de) Leopold Bloom y la señora Dalloway. Y ahora es Ian McEwan quien nos invita a acompañar a Henry Perowne, un acomodado neurocirujano londinense, en su largo e inesperadamente azaroso periplo hacia la noche, desde que se despierta de madrugada y observa cómo un avión en llamas cruza el cielo de Londres, hasta que vuelve a acurrucarse junto a su esposa en la madrugada del día siguiente. Es un viaje de 24 horas salpicado de rostros y de incidentes (el accidente aéreo, un leve accidente de tráfico que trae, sin embargo, graves consecuencias, la manifestación que recorre la ciudad, sus hijos, su esposa, brillante abogada, un matón llamado Baxter, la visita de su suegro, sus colegas del hospital, su madre, devastada por el el Alzheimer, una inesperada operación...). Pero lo que a McEwan le interesa no son los hechos en sí, sino su impronta en la mente del protagonista: la sucesión de reflexiones, percepciones, sentimientos y recuerdos que cada uno de esos hechos desencadena.

Nos encontramos en febrero del año 2003 y el mundo se prepara para la guerra. Una gigantesca manifestación recorre el corazón de Londres para protestar contra el ataque preventivo a Irak. Desde el volante de su Mercedes 6000, Perowne observa un mundo donde la violencia se ha convertido en razón de Estado. Y a nosotros, lectores, Ian McEwan nos permite observar este mismo mundo desde dentro de su protagonista, igual que los personajes de aquella divertida comedia titulada Cómo ser John Malkovich encontraron la forma de espiar desde dentro de la cabeza del actor. Perowne, cuyos hijos poseen un gran temperamento artístico (la muchacha es poeta y el chico músico) es, sin embargo, un racionalista convencido de que algún día la ciencia encontrará respuestas para casi todo. Su condición de neurocirujano le permite observar y manipular ese complejísimo objeto que es a la vez parte del universo y capaz de contener el universo. Pero sabe que su trabajo no deja de ser el de un fontanero habilidoso y altamente cualificado, y que el misterio esencial de la mente humana seguirá desafiando los límites de la ciencia: "A pesar de todos los avances recientes, no se conoce todavía el modo en que este kilogramo aproximado y bien protegido de células codifica información y almacena experiencias, recuerdos, sueños e intenciones. [Perowne] no duda de que en los años venideros llegará a conocerse el mecanismo codificador, aunque quizás él ya no esté vivo. Al igual que los códigos digitales de la replicación de la vida contenidos dentro del ADN, el secreto fundamental del cerebro se descubrirá algún día. Pero incluso entonces subsistirá el prodigio de que una mera sustancia húmeda pueda crear este radiante cine interior de pensamiento, de visión, sonido y tacto conjugados en una vívida ilusión de un presente instantáneo, con un yo, otra ilusión de brillante factura, que gravita en el centro como un fantasma." Pocas descripciones más hermosas pueden encontrarse de algo tan esencial y a la vez tan esquivo como es la conciencia humana, un instrumento que recoge la información facilitada por los órganos sensoriales y la transforma en pensamiento puro, en emociones y recuerdos, un instrumento deslumbrante que la sabiduría narrativa de Ian McEwan nos permite contemplar dentro de su personaje Henry Perowne en un fascinante sucesión de impresiones y reflexiones sobre asuntos fundamentales, con la violencia como eje vertebrador del drama.

Como un mago capaz de jugar la relatividad, McEwan manipula el tiempo a su antojo: desmenuzándolo, haciéndolo avanzar, regresar o girar sobre sí mismo, imprimiéndole el ritmo frenético de los acontecimientos que nos desbordan, o bien la cadencia pausada de los momentos de placer e intimidad. En manos de Ian McEwan el tiempo posee el brillo y la textura de lo real. Posee una cualidad que es a la vez inmaterial y de una precisión asombrosa, una exacta armonía que sólo encontramos en la música y en la mejor literatura. Mientras acompañamos a Perowe en su accidentada jornada, casi nos es posible oír el tintineo de los minutos, el rumor de las horas, la música de los momentos dichosos y el estrépito de los episodios de miedo y de peligro. En su prodigioso dominio de la técnica narrativa, McEwan se muestra capaz de manejar los elementos cronológicos y narrativos de su novela con la precisión de un artesano que hurga en los delicados engranajes de un reloj. Y en ese baile de las horas, realiza una deslumbrante exhibición del poder de la literatura para dejar constancia del mundo, incluso de ese mundo misterioso y huidizo que se oculta en el interior de nuestro cráneo.

(Nota: existe un vínculo con este artículo en la página oficial de Ian McEwan: http://www.ianmcewan.com. Todo un honor)

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