Octubre 2006
Miércoles, 4 de
octubre de
2006
Vistas desde mi balcón
Ya ven que sigo jugando a ser fotógrafo,
y esta vez con un juguete enteramente nuevo. Hace un par de semanas, mi
amigo Alejandro Pareja (quien antes que traductor fue fotógrafo
profesional) me puso sobre la pista de un nuevo sistema para tratar las
imágenes digitales que se conoce con las siglas HDR (High Dynamic
Range). Para una explicación más técnica les remito a la sección
correspondiente de la Wikipedia.
En esencia, la técnica consiste en combinar varias imágenes tomadas
con distintas exposiciones. Las cámaras fotográficas, incluso las más
sofisticadas, adolecen de una importante desventaja con respecto al ojo
humano. Nuestro iris se abre o se cierra para ajustarse a distintas
intensidades de luz, de modo que la gama de tonalidades que se pueden
percibir de forma simultánea es mucho más amplia que la que es capaz
de captar el objetivo de una cámara. Pero esta deficiencia se puede
compensar si, en lugar de una sola imagen, tomamos tres o más. En cada
una de ellas variaremos la velocidad de la exposición o la apertura del
diafragma, y de ese modo cada instantánea se acomodará a determinadas
zonas de luz, dejando otras subexpuestas o sobreexpuestas. Luego, al
combinarlas mediante el sistema HDR, obtendremos una imagen en la que
todas esas tonalidades quedarán plasmadas en una única imagen, como ocurre
en nuestras retinas. En teoría, lo que se obtiene de ese modo es una
imagen mucho más realista que las que se obtienen con un solo disparo.
La práctica, como verán enseguida, es algo diferente.
A principios de esta
semana me decidí a hacer algunas pruebas, casi convencido de que el
resultado iba a ser decepcionante, pues ni mi pericia como fotógrafo ni
el equipo que poseo permiten grandes alardes. Para dificultar la cosa
aún más, carecía de trípode, elemento imprescindible cuando se desea
tomar varias exposiciones con el mismo encuadre y ángulo. De todos
modos me animé a intentarlo supliendo la carencia de trípode con el
rudimentario procedimiento de apoyar la cámara en la barandilla del
balcón. Tuve que practicar algo de contorsionismo para tomar las tres
imágenes, y suspiré aliviado cuando logré terminar el proceso sin que
apreciada cámara digital quedara despedazada sobre los adoquines de la
calle. Acto seguido entré, las descargué en el ordenador y les
apliqué el proceso del que ya les he hablado.
No sé qué sentían los
antiguos alquimistas cuando se daban cuenta de que habían hecho algún
descubrimiento importante, pero no creo que fuera algo muy distinto de
lo que yo sentí cuando mi primera imagen HDR surgió en la pantalla de
mi ordenador. Más que una imagen realista, tuve la sensación de que
había dado con la llave para abrir otra realidad paralela a la nuestra.
Aquellos colores, aquellas texturas, aquella riqueza de detalles,
aquella luz que parecía brotar desde dentro de los objetos... Sí,
aquella magia.
Muchas veces he dicho que
lo que más me fascina de la literatura es su poder para revelarnos lo
que el mundo tiene de maravilloso, esos intersticios de la realidad
donde se oculta lo que no resulta aparente a simple vista. Siempre supe
que ese poder lo poseen también las otras artes, incluyendo la
fotografía, pero nunca me había sentido capaz de ponerlo en práctica.
Ahora me van a permitir que les muestre orgulloso mis primeras
incursiones no literarios en el reverso mágico de la vida. Las que
aparecen en la parte superior son únicamente experimentos, imágenes de
prueba tomadas desde mi ventana o dentro de mi casa. A continuación hay
algunas vistas del pueblo albaceteño de Carcelén, donde planeo fijar
mi segunda residencia. Pero en los próximos días tengo intención de
ir ampliando esta colección con nuevas imágenes. Y tal es mi
entusiasmo que hasta me he comprado un trípode.
Una sola vida y tantas
cosas por hacer.
Sean bienvenidos a esta
humilde exposición de mis primeras imágenes HDR.
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