ENERO 2006
Miércoles, 11 de
enero de 2006
"Bajo la fría luz de
octubre" en la librería Rayuela de Málaga
Me escribe Carmen Niño desde la librería
"Rayuela" de Málaga, donde se reúne una tertulia de
libreros, profesores y bibliotecarios interesados en el libro infantil y
juvenil. Parece que estos amigos han tenido la deferencia de escoger mi
novela Bajo la fría luz de octubre como tema para una próxima
tertulia, por lo que Carmen me pide algunos comentarios sobre el libro,
comentarios que, con mucho gusto, le envío. Me ha parecido adecuado
aprovechar para ello que escribí para la presentación de la novela,
que tuvo lugar hace más de dos años, aunque introduciéndolo con
algunas aclaraciones que considero necesarias. Ese es el texto que
reproduzco a continuación por si a algún lector de mi libro le resulta
interesante. Gracias a Carmen y a los participantes en la tertulia de la
librería "Rayuela" que, por cierto, ha sido distinguida con
el Premio Josep María Boixareu a la mejor labor librera de 2005 en el
fomento de la lectura y del libro. Mi enhorabuena.
Lo que sigue es el texto que leí en la
presentación de “Bajo la fría luz de octubre”, que tuvo lugar en
la Biblioteca Pública de Albacete el 12 de diciembre del 2003. En el
primer párrafo menciono lo peculiar de poder presentar un libro en
presencia de sus protagonistas. Ya habréis notado que se trata de una
crónica novelada de mi historia familiar, por lo que algunos de los
personajes supervivientes tuvieron la ocasión (curiosa ocasión, creo)
de participar en la puesta de largo de una obra que recoge episodios de
su propia vida. Allí estaban mi padre (Gabriel), mi tío Paco, mi tía
Angelita y, por supuesto, Maruja, la hermana mayor de mi padre, voz
narradora y protagonista indiscutible de la novela. El acto fue muy
emocionante para todos los Cebrián que participamos en él, pero
especialmente para mi tía, la mayor de los hermanos y, por lo tanto, la
que tenía recuerdos más nítidos de aquellos años terribles,
recuerdos de los que yo me valí para escribir mi novela. “Bajo la fría
luz de octubre” es, entre otras cosas, uno homenaje a mi abuelo Eloy
Cebrián y a quienes como él lucharon por un país más próspero,
justo y moderno, y sufrieron por ello la terrible represión de la
dictadura. Siempre he pensado que les debemos mucho por su sacrificio, y
este libro es mi modesta contribución para saldar esa deuda. Mi tía
sentía que con este libro se hacía algo de justicia a la memoria de su
padre, al cabo de muchos años de vergüenza y de silencio. Para mí, es
sin duda el libro más satisfactorio y personal de cuantos he escrito.
Lo que ninguno podíamos imaginar esa tarde de diciembre era que, un par
de semanas después, la noche del día 30, perderíamos a mi tía Maruja
por culpa de un infarto fulminante. Han pasado más de dos años y la
seguimos echando de menos. Sin embargo, me consuela el hecho de que ella
llegara a tener el libro en las manos y tuviera tiempo de leerlo y de
darle su aprobación. Desde que el libro se publicó he tenido la
oportunidad de comentarlo con muchos lectores, tanto adolescentes como
adultos. También con muchas personas mayores para los que la guerra
civil no es un eco lejano, sino una parte de su propia memoria. Estos
encuentros han dado lugar a muchas historias, algunas cómicas, otras
muy tristes, todas ellas inolvidables. Con el tiempo, creo que merecerá
la pena poner algunas de estas historias por escrito. Y ahora quiero
agradeceros la gentileza de haber elegido mi novela para vuestra
tertulia literaria. Espero que hayáis encontrado en ella algunas cosas
interesantes, algún motivo para la reflexión y, por supuesto, algún
rato entretenido, que es lo menos que debemos pedirle a cualquier libro.
Espero que nos encontremos algún día, en la vida o en los libros. Y
aquí va, por fin, el texto de la presentación:
“Es
una rara ocasión la de poder presentar una novela, cuya naturaleza es
ser una obra de ficción, en presencia de algunos de sus personajes. Uno
siente un poco de vértigo, una curiosa sensación de irrealidad, al
comprobar cómo la ficción y la realidad se entrecruzan a veces, tal y
como está ocurriendo aquí esta tarde y en estos momentos. De todos
modos, no es resulta tan sorprendente que así ocurra si les digo que
esta novela, “Bajo la fría luz de octubre” está basada en hechos y
personajes reales.
Dicho
esto, quizá lo que sí sorprenda al lector sea que el arranque de la
obra parezca más propio de la literatura fantástica. La niña
protagonista cuenta que su abuela, a la que acaban de enterrar, sigue
haciendo ganchillo en su habitación al fondo de la casa, y que puede
hablar con ella igual que cuando estaba viva. Por cierto que algunos
familiares han llamado a mi tía Maruja Cebrián (que es la persona real
sobre la que he construido el personaje de la narradora) para
preguntarle si realmente veía a su abuela de pequeña. Ella les ha
dicho que sí, que era la pura verdad, aunque ha olvidado mencionar que
su abuela María en realidad no había muerto por aquella época, sino
que gozaba de buena salud y vivía en Cartagena. Así pues, ya ven que
me cabe el dudoso honor de haber asesinado a mi propia bisabuela María,
aunque sea solamente en la ficción de mi novela. Pero ¿por qué
irrumpe esta fantasmagórica abuela en un relato que tiene un claro tono
realista? Verán. Soy de la opinión que en una obra literaria, cada
pieza, cada episodio y personaje, ha de servir a un propósito. Para que
el engranaje de la novela funcione sin chirridos, no debe haber partes
superfluas, y creo tampoco ésta lo es, pues esta pincelada fantástica
recurrente a lo largo de la obra me sirve para advertir al lector de que
el libro que está leyendo pertenece al ámbito de la ficción, que no
se trata de una crónica ni un libro de memorias (y mucho menos de un
libro de historia), sino pura y simplemente de una novela.
Y
una vez sentada esta premisa, puedo permitirme el lujo de saltar a mi
antojo entre lo real y lo imaginario. Porque es precisamente en este
territorio que se extiende entre la realidad y la imaginación, ese país
vastísimo y siempre por explorar, donde a mi entender ocurren todas las
buenas historias. Esto, claro, es esta una opción personal, pero lo
cierto es que no me siento cómodo (ni como lector ni como escritor) con
relatos que son completamente ajenos al mundo y las personas reales. De
modo paralelo, tampoco disfruto leyendo ni contando historias que
pretenden reflejar la realidad de modo prosaico, sin buscar sus facetas
mágicas y sorprendentes, sin hacerla pasar previamente por el tamiz de
la imaginación y del lenguaje literario. Es en la posibilidad de
mostrar el reverso misterioso de las cosas cotidianas donde reside el
asombro que nos produce la buena literatura.
Pero
vamos a bajar un poco al suelo. Me gustaría contarles ahora cómo se
gestó “Bajo la fría luz de octubre”. Todo empezó hace unos tres años,
con un proyecto de la Diputación, un libro titulado “Yo, Albacete”.
Algunos autores locales recibimos la invitación de escribir un artículo,
relato o reflexión sobre esta ciudad de nuestra entretelas. A mí se me
ocurrió centrar mi colaboración en el acontecimiento que más
profundamente ha marcado la historia moderna de nuestra capital (aparte
del ascenso del Albacete Balompié a primera división). De modo que
decidí relatar la historia de mi propia familia durante la guerra
civil. Seguramente, al elegir este tema, tenía muy presentes todas
alusiones a episodios de la guerra que llevo oyendo desde pequeño (la
semana fascista, la llegada de los brigadistas, los bombardeos, la
detención y juicio de mi abuelo, el exilio en México de mi tío
Arturo). Eran alusiones que no solían fraguar en un relato completo,
porque casi siempre se interrumpían con un gesto de tristeza. Y es lógico
que así fuera, porque para una familia republicana que ha sufrido la cárcel
y la represión, el silencio acaba por convertirse en una forma de
supervivencia. Bien, yo me atreví a intentar romper ese silencio y,
pertrechado de grabadora y libreta de notas, me presenté en casa de mi
tía Maruja Cebrián, que es la mayor de los hermanos de mi padre, y la
que conserva por tanto recuerdos más vívidos de aquellos años. Pensé
que sería difícil para ella, pero al final se convirtió en una
especie de terapia. Porque, tan pronto como la cinta empezó a girar, mi
tía rebobinó su memoria y me obsequió con un auténtico río de
historias de aquellos tiempos. Finalmente escribí el relato, que titulé
“La guerra”. Pero conforme lo terminé empecé a notar la desazón
de que con aquello no era suficiente, de que casi sin proponérmelo había
me había embarcado en un proyecto mucho más amplio: una nueva novela.
Y así ocurrió, con la salvedad de que este libro ha supuesto para mí
algo distinto a las otras novelas que he escrito, algo más personal, un
auténtico regreso a los orígenes. Lo cierto es que para escribir este
libro he tenido que desenredar una auténtica madeja de recuerdos, y al
hacerlo ha ido brotando poco a poco el aroma de otra época, la
oportunidad de conocer mejor a los miembros de mi propia familia, a los
que todavía están conmigo y a los que ya se han ido, la posibilidad de
recorrer las calles de una ciudad que es la mía y a la vez ya no
existe. En definitiva, si como dice el poeta Ángel González somos el
resultado y la suma de todos los que nos precedieron, el último eslabón
de una larguísima cadena, lo que he buscado con este libro es conocerme
mejor a mí mismo.
La
forma que decidí adoptar para mi novela fue la de una sucesión de
recuerdos narrados en primera persona por la protagonista, Maruja ,
quien, desde un presente impreciso, rememora sus vivencias de aquellos años.
Quería que mi novela ganara en complejidad conforme la narradora crecía,
porque éste es precisamente el mecanismo de la memoria: nuestros
recuerdos crecen al mismo ritmo que nosotros (mis recuerdos de los cinco
años son, además de escasos, rudimentarios, porque corresponden a la
percepción y la visión del mundo de un niño de 5 años). La guerra y
sus acontecimientos más dramáticos aparecen en la historia, por
supuesto, pero no como núcleo del relato, sino como fondo de la acción
principal, que es lo que le ocurre a Maruja y a su familia. Este fondo
es a veces lejano e impreciso, pero así es como creo que se debió de
vivir la guerra en una ciudad como la nuestra, alejada de los frentes y
de los grandes acontecimientos. Tal y como habrán supuesto, éste no es
un libro en el que se narren hechos capitales ni tremebundas batallas.
Es un libro de historias pequeñas, un libro que habla de personas y de
sentimientos. Con el tiempo, he llegado a pensar que son estas historias
pequeñas las que realmente merece la pena contar.
La
cuestión es por qué hacerlo y también por qué darle la forma de
novela juvenil. Ya me he referido al motivo personal de conocer mejor la
historia de mi familia, mi ciudad y mis orígenes. Pero a esto se suma
cierto sentido de la responsabilidad. Puesto que me dedico a escribir,
me sentí de algún modo obligado a registrar y transmitir lo que le
sucedió a las personas de mi familia en aquella época. De hecho, hacia
el final de la novela figura un episodio en que la protagonista y su
madre visitan a su padre preso, y él les cuenta las penalidades que ha
sufrido en el campo de concentración de Castuera (que no era otra cosa
que la versión franquista de un campo de exterminio nazi). Al terminar
el relato, la protagonista hace una reflexión que es mi propia reflexión
puesta en su boca, y que muy bien podría servir como clave de este
libro. Dice Maruja:
“Pero mi padre merecía que su historia no cayera en
el olvido. Lo menos que merecían él y los miles de hombres que habían
sufrido del mismo modo era que sus hijos recordáramos todas las
atrocidades que se cometieron con ellos, y que las contáramos a los que
vinieran después, de forma que tanto dolor no hubiera sido en vano.”
En
este sentido, podría decirse que “Bajo la fría luz de octubre”, al
igual que casi toda la literatura, es un intento de contrarrestar el
olvido.
Cumplo
40 años dentro de unos días. Me considero, por tanto, miembro de una
generación-puente, la generación de los que no vivimos la guerra ni la
posguerra, pero sí los últimos coletazos de la dictadura que fue la
negra herencia de aquel enfrentamiento. Creo que la gente de mi edad
estamos en una posición privilegiada para observar aquellos hechos sin
el apasionamiento de quienes los vivieron, pero a la vez con la cercanía
suficiente como para transmitir de forma convincente el dolor de
aquellos días. Nos guste o no, la guerra civil española es un
patrimonio de todos, un patrimonio de la memoria, y es responsabilidad
de todos conservar y transmitir este legado. Esto explica que mi novela
haya sido pensada como libro juvenil, y también que la forma elegida
haya sido la ficción narrativa. La novela es el género idóneo para
comunicar ese pálpito humano que con frecuencia los libros de historia
nos ocultan. Creo que sólo a través de los recursos de la narrativa
para ahondar en la intimidad de los personajes se puede registrar de un
modo fiel la magnitud del sufrimiento de aquellas personas que vieron
como la guerra rompía sus vidas, el profundo desgarro que nuestra
guerra civil supuso para millones de ciudadanos de este país. Para mí,
nada sería más satisfactorio que, tras leer este libro, los chavales
les preguntaran a sus abuelos “¿cómo fue aquello?” “¿cómo lo
viviste?” “¿cuéntame tu historia, tu novela de la guerra?”
Novelas
de la guerra (precisamente hace pocos días ha fallecido Dulce Chacón,
autora de una de las mejores novelas de la guerra que se han escrito:
“La voz dormida”). Pero estoy convencido de que la novela definitiva
sobre la guerra civil española está por escribir y lo estará siempre.
Porque las páginas de ese libro están guardadas en la memoria de todas
las personas que vivieron la guerra, como un gigantesco rompecabezas.
Precisamente estos días, coincidiendo con la publicación de mi novela,
ha habido gente que me ha contado sus historias de la guerra, y algunos
han llegado a decirme “ay, yo también podría escribir una novela con
todo lo que nos pasó”. Está claro que nunca seremos capaces de
juntar todas esas páginas dispersas en un solo libro, un volumen
gigantesco que recogería las innumerables pequeñas historias que
constituyen la epopeya trágica de nuestra guerra civil (todas las
buenas epopeyas tienen algo de tragedia, y viceversa). Sería ésta una
empresa imposible. Pero lo que sí debemos hacer es esforzarnos por
mantener vivos los recuerdos de las personas más cercanas a nosotros,
de nuestros padres, tíos y abuelos. Los recuerdos de Maruja, de
Gabriel, de Paco, de Angelita, de muchos de ustedes, la generación que
vivió la guerra en su infancia y adolescencia, esos “niños de la
guerra” a los que hoy quiero dedicar esta presentación.
Muchas
gracias.”
Eloy
M. Cebrián
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