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INICIO
A
modo de saludo (14/11/05)
Una
tarde de viernes en La Herrera (26/11/2005)
Nada
menos que treinta años (20/11/2005)
Houellebecq
y el Centro de la Tierra (19/11/05)
Villarrobledo
y mi buena estrella (17/11/05)
El
bloqueo del escritor (15/11/05)
Presentación
en la Popular (14/11/05) |
NOVIEMBRE,
2005
A modo de saludo
Después de un par
de semanas de trabajo, creo que ha llegado el momento de dar por
inaugurada esta web. Como todas las páginas de este género, se trata
de un espacio de intercambio en constante crecimiento. Aquí trataré de
informar sobre mi actividad literaria y mis impresiones sobre libros y
otras cosas, con la esperanza de que los hipotéticos lectores (alguno
vendrá) no encuentren demasiado irritantes estos frutos de mi ocio o de
mi aburrimiento.
Dicen que los
escritores somos exhibicionistas por naturaleza y supongo que tienen algo
de razón. Incluso cuando uno se declara autor de
ficción, los hechos y personajes que componen nuestras historias no
tienen otro origen que nuestra propia vida. De nuestra memoria es de donde
extraemos la sustancia para nuestras historias. Tal vez el trabajo del
escritor de ficción consista en contar su propia vida sin que se note
demasiado. Por otro lado, no hay nada en mi vida más interesante que en
la tuya, lector. ¿Qué es lo que convierta la anodina realidad en
historias que alguien puede encontrar entretenidas, sugestivas,
inspiradoras? Sin duda alguna, se trata de la imaginación y del lenguaje.
Y eso es lo que yo personalmente le exijo a un libro: imaginación para
narrar lo que no resulta evidente a simple vista y un lenguaje sugestivo y
elaborado que vuelva apasionantes las historias más vulgares, que tenga
el poder de arrancar destellos de las superficies más opacas.
De algún modo, en
estas notas voy a intentar algo que no había probado a hacer desde la
adolescencia. Trataré de llevar un diario literario en el que contaré
mis impresiones en cada momento de mi carrera de escritor. Seguramente, se
deslizarán también opiniones sobre otros asuntos ajenos a la literatura
(si es que existe algo ajeno a la literatura). Pido la comprensión del
lector por ello. Tampoco puedo prometer orden
en la exposición, esmero en la redacción ni exhaustividad en los
contenidos. Casi con toda seguridad, estas anotaciones no serán serán un
revoltijo de vivencias, impresiones y observaciones inconexas. Espero, sin
embargo, que encuentres alguna de ellas lo bastante interesante como para
hacerte volver
Recuerda, por
último, que soy un autor de ficción. Por lo tanto, no esperes que todo
lo que cuente aquí sea verdad.
Y tan sólo me
resta darte la bienvenida a esta web, donde tienes tu casa. Gracias por
leerme y hasta pronto.
Lunes, 14 de
noviembre 2005
(Nota: a partir de
esta anotación inicial, las siguientes irán apareciendo desde la más
reciente en adelante).
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Sábado,
25 de noviembre 2005 Una
tarde de viernes en La Herrera Ayer
tuve el segundo de los encuentros con autor que ha programado
para mí la Diputación. Esta vez fue en la biblioteca de un pueblecito
cercano a Albacete capital, llamado La Herrera. Se supone que la
Geografía es una ciencia exacta, pero yo no estoy tan seguro. Creo que
existen al menos dos geografías. Está la geografía oficial, que es
aquella que muestran los libros y los mapas. Pero hay otra forma de
describir el mundo que cuenta mucho más que
la versión en la que coinciden los cartógrafos. Me refiero a la
geografía de los afectos, compuesta por los lugares que, por un motivo
u otro, son importantes para cada uno de nosotros: el lugar donde
nacimos, el sitio donde estuvo la casa de nuestra infancia, la calle en
la que nos cruzamos con aquella muchacha cuya sonrisa se nos grabó a
fuego en la memoria... Tal vez La Herrera no sea más que un puntito
perdido en el mapa de esta provincia. Sin embargo, por lo que a mí
respecta, este lugar, su gente, sus lectores, ostentan desde ayer la
capitalidad de una extenso territorio en mi corazón.
Al llegar noté
cierto nerviosismo. Creo que la gente del club no sabía muy bien qué
se les venía encima. Tal vez esperaban un señor estirado que llegaba
con ánimo de darles una clase de literatura y despachar el asunto lo
antes posible. Sin embargo, en esto llegó un grupo del club de lectura
de Balazote, con su bibliotecaria oficiando de guía. Uno de mis
primeros encuentros con lectores, hará dos años, fue en Balazote.
Terminé ese encuentro cargado de regalos y de amigos, y con la
sensación de pertenecer un poco a ese pueblo. La gente Balazote,
magníficas personas y estupendos lectores, me prometieron que vendrían
a la presentación de "El fotógrafo que hacía belenes". Por
entonces yo empezaba a perder la esperanza de que este libro, a pesar de
haber sido premiado, llegara a publicarse alguna vez. Pero ellos
parecían tener más fe que yo, porque me aseguraron que asistirían a
la presentación. Y allí estaban, efectivamente, el pasado mes de
abril. Ayer, cuando de pronto los vi aparecer en la biblioteca de La
Herrera (se trata de pueblos vecinos) fue como si volviera a ver a un
grupo de amigos de toda la vida. Hubo risas y besos, como corresponde en
una reunión de amigos, y a partir de ese momento, aunque en la calle
hacía "un frío negro", ya no hubo más hielo.
Durante el encuentro
se demostró una vez más que no hay experiencia más grata que la
lectura compartida. A la mayoría de las personas no les gusta ir al
cine solos, porque buena parte del placer del espectador es poder
comentar la película con alguien a la salida. Los clubes de lectura
están demostrando que este principio también es válido para los
libros. Se habló de mis libros (de casi todos), pero también de otros
libros y de otros asuntos relativos a la literatura. Hubo calor,
entusiasmo, intercambio de ideas. Un señor (al que envío un abrazo
desde aquí) nos demostró que nunca es tarde para llegar a la lectura.
Una vez más, disfruté como un niño reunido con sus amigos en una
habitación llena de juguetes. Así es como yo veo las bibliotecas: como
habitaciones llenas de juguetes y de amigos. Participar en estas
reuniones me produce una satisfacción especial. Es más, me ayuda a
cargar mis pilas de escritor. El acto de escribir a menudo resulta
solitario, un poco triste. La posibilidad de reunirte con los lectores
hace que uno sea consciente de lo que constituye la esencia de la
literatura: el intercambio, la comunicación. Los lectores hacen que los
libros dejen de ser objetos inertes. Les hacen hablar, cobrar sentido.
Desde que tengo la oportunidad de conocer a los lectores de mis libros,
cuando estoy escribiendo tengo la sensación de que le estoy hablando a
alguien, y de que estoy obteniendo respuesta. De este modo, la escritura
deja de ser un vicio
solitario y se convierte en un gratísimo encuentro, un encuentro de
mentes, una especie de milagrosa telepatía.
Cada vez que visito
un club de lectura o un instituto me voy con cierta sensación de
pérdida. Ojalá hubiera un modo de conservar intactos esos momentos
para volver a disfrutarlos siempre que quisiera. Quedan en la memoria,
claro, pero la memoria es imperfecta, y el tiempo a menudo nos arrebata
cosas esenciales. Me resigno a pensar que mis encuentros con los
lectores han de ser por fuerza breves, que no soy más que un momento
fugaz en la vida de esas personas. Mi consuelo es que, aunque yo me
marche, quedan los libros, y que cada vez que abran uno de mis libros,
volveremos a encontrarnos.
Para todos mis
amigos de La Herrera y de Balazote: cuando os apetezca que volvamos a
hablar de libros, no tenéis más que hacer sonar mi teléfono. Os deseo
la mejor, es decir, muchos buenos libros. Hasta que (muy pronto)
volvamos a vernos.
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Domingo,
20 de noviembre 2005 Nada
menos que treinta años Hoy
hace treinta años que murió Franco. Yo iba a séptimo de EGB. Desde
hacía días estaban dando esos partes clínicos que firmaban al menos
20 médicos. Recuerdo que uno de ellos lo cerraron con el pronóstico
"extraordinariamente grave" y a mí se me puso un nudo en la
garganta. No en vano, nos tenían acostumbrados a pensar que Franco era
un viejecito bueno que velaba por nuestro bienestar, como Papá Noel
(aunque por aquellos años Papá Noel apenas existía). Los chiquillos
estábamos tan habituados a esa idea que teníamos miedo de que Franco
se muriera. Pensábamos que sin él todo se iría al carajo, como cuando
a uno se le muere el padre y se convierte en un paria de la noche a la
mañana. A pesar de nuestra escasa comprensión de la situación
política (tan escasa como la de nuestros padres, puestos a
mencionarlo), vivimos esos días de la agonía del viejo dictador con
cierta angustia. Tal vez teníamos miedo de que cualquier mañana, al
despertarnos, nos encontráramos inmersos en una guerra, con la gente
matándose por las calles y las bombas cayendo. Y todo porque Franco se
había muerto.
Y de pronto llegó
esa mañana, hoy hace 30 años. Lo primero que me dijeron fue que no
había que ir al colegio, porque se había decretado luto oficial y nos
habían dado diez días de vacaciones. Pensé que no era una mala manera
de empezar el fin del mundo. Luego vi a Arias Navarro haciendo pucheros
en la tele y me dio un poco de pena ver a aquel señor tan triste, pero
enseguida vinieron mis amigos a buscarme y nos fuimos a dar una vuelta.
Era una preciosa mañana de noviembre. La gente iba a sus asuntos y
nadie parecía preocupado. Y había críos sin clase deambulando por
todas partes. Aquel día de fiesta tenía la magia de lo inesperado y lo
irrepetible. Creo que instintivamente todos comprendimos que las cosas
no iban a ir tan mal. De hecho, a veces pienso que aquellos eran tiempos
más luminosos que los que hoy vivimos.
Maldita sea, siempre
la nostalgia. Creo que voy necesitando un "lifting", al menos
en mi estado de ánimo.
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Sábado,
19 de
noviembre 2005
Houellebecq y el centro
de la Tierra Un
amigo me escribe en pleno arrebato nostálgico-otoñal. Las alusiones
que hago en esta web a mis lecturas de niño le han hecho recordar las
suyas propias, y menciona aquella maravillosa colección de Bruguera
titulada "Joyas Literarias Juveniles" (los de mi quinta saben
de qué hablo). Ésta ha sido mi respuesta a su e-mail:
Muy buenas. Veo que esta
apacible tarde de sábado te ha puesto nostálgico. Yo también leía (o
miraba) los Joyas Literarias, cuyo primer número, si te acuerdas, fue
Miguel Strogoff. Pero el que recuerdo con más emoción es "Viaje
al centro de la tierra", con su maravillosa ilustración de portada,
que te envío para refrescarte la memoria. Y puedo hacerlo porque aún
lo conservo, junto con algunas decenas de números más, aunque ahora
han abandonado mi biblioteca y se han incorporado a la de mi hijo
Miguel, que es su lugar natural. Yo he estado leyendo la última de
Houellebecq, "La posibilidad de una isla", y me he quedado
bastante fastidiado, lo que supongo que es el propósito último de la
obra de Houellebecq, fastidiarnos a todos. Sin duda, éramos más
felices cuando leíamos las Joyas Literarias, y hasta puede que un poco
menos tontos. En fin, feliz resto del fin de semana. Voy a ver si
escribo un poco, aprovechando esta vena nostálgica que me ha entrado a
mí también. Luego a lo mejor me voy a empinarme un par de jarras de
cerveza. Y al aguafiestas de Houellebecq, que lo zurzan. Un abrazo, Eloy
Cosas de la mediana edad.

(Nota: Además del e-mail que
he mencionado, esta tarde me han escrito Dobroglost Stricklin, Rose-Marie,
Forrest Krueger, Tynisha Chapman, Jami Mcnamara, Alejandra Lynch y
hasta Ramona Wise (la buena de Ramona, cuánto tiempo sin saber de
ella). Todos ellos se interesan por mi estado de salud y se ofrecen a
enviarme Xanax, Valium, Prozac, Viagra o Cialis, sin receta médica y a
precios ventajosos. Da gusto tener amigos).
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Jueves,
17 de
noviembre 2005 Villarrobledo
y mi buena estrella Ayer
tuvo lugar en el primero de mis encuentros con clubes de lectura del
programa "Encuentros con...", patrocinado por la Diputación
de Albacete. Según parece, es la primera vez que en estos encuentros
participan autores de la tierra, por lo que me siento muy honrado por
haber abierto brecha. En encuentro se celebró en la biblioteca de
Villarrobledo, donde se reúne el club de lectura "La buena
estrella", y tengo que decir que mi buena estrella debía de
brillar ayer con mucha intensidad, porque difícilmente podría haber
encontrado a un grupo de personas tan atentas, sensibles y encantadoras.
Fueron casi dos horas de charla, dos horas llenas de libros, de amor por
la lectura, de reflexión y de cordialidad, y el tiempo pasó tan
deprisa que, cuando llegó la hora de terminar, me habría gustado
seguir dos horas más. Creo que nunca olvidaré el momento en que una
señora del grupo leyó unas reflexiones suyas a propósito de mi relato
"La Torre". En público suelo ser muy contenido y formal, pero
confieso que estuve muy cerca de las lágrimas. En fin, ojalá mi
actividad literaria fuera más pródiga en experiencias como ésta. En
estos encuentros con lectores uno es plenamente consciente de que lo que
hace merece la pena. Un libro no tiene sentido sin lectores. Tampoco un
escritor. Si alguno de los miembros de "La buena estrella" o
Pilar, la bibliotecaria encargada del grupo, tienen ocasión de leer
estas líneas, me gustaría que supieran que ayer me regalaron unos
recuerdos inolvidables y que no olvidaré la promesa que les hice.
Podéis contar conmigo cuando queráis.
También mi gratitud
para los chicos de 3º de la ESO del IES Octavio Cuartero, que vinieron
a charlar conmigo acerca de "Bajo la fría luz de octubre", y
para su profesora. No podré olvidar a ese chaval que, nada más llegar,
se acercó para decirme "que sepa usted que a mí no me gusta leer,
pero que me ha encantado su libro". Espero que este librito mío
los conduzca a el y a sus compañeros a otros muchos, una larga cadena
de libros que dure toda la vida. Lamento mucho no haber tenido tiempo
para firmaros los ejemplares, pero creo que lo podremos arreglar.
En fin, un día
redondo e inolvidable. Gracias de todo corazón (también por acordaros
de mandarme las fotos, he puesto algunas en la sección
"álbum").

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Martes, 15 de
noviembre 2005
El bloqueo del escritor Algunos
escritores hablan del "bloqueo del escritor". Más que de
bloqueo, yo creo que se trata simplemente de pereza. Son las 6 y cuarto,
mi hijo acaba de salir hacia su clase de tenis y mi mujer ha bajado al
supermercado. En la calle hace frío y llueve mansamente. Mi ordenador
está encendido, y yo debería aprovechar este momento para reanudar la
novela que tengo entre manos.
Llevo escritos 375
folios de una nueva novela, casi 150.000 palabras, cerca de 500 páginas
en formato de libro. El título provisional de este libro es "Los
fantasmas de Edimburgo" (sí, igual que el de uno de mis relatos,
con el que tiene alguna conexión), y estas próximas Navidades se
cumplirán dos años desde que lo empecé. Desde el principio supe que
iba a ser un libro largo, rico en incidentes y en personajes, como esas
maravillosas novelas del siglo XIX que sólo los escritores de entonces
sabían escribir (con permiso de Mr. John Irving). A veces, sin
embargo, me asalta el temor de que este libro se me está yendo de las
manos. ¿Quién querrá publicar una novela tan larga? ¿Qué digo
publicar? ¿Quién querrá leerla? ¿Una vez
terminado, tendré que pasar por el calvario de cortar mi libro? ¿Acaso
lo terminaré algún día?
Siempre he dicho que
no hay ser humano más perdido que un escritor en mitad de una novela.
Pero sólo hay una forma conocida de acabar con esto. De modo que en
este momento, cuando son las 6 y media de este lluvioso martes de
noviembre, dejo estas tontas anotaciones para otro rato y comienzo a
escribir.
Deséenme suerte.
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Lunes, 14 de noviembre 2005
Presentación en la Popular
Transcurridos algunos días desde
la presentación de "Vida de Alejandro, por Bucéfalo" y
"Las luciérnagas y 20 cuentos más", sólo se me ocurre decir
una cosa: muchísimas gracias.
No sé qué numero hace esta
presentación. Creo que es la séptima, tal vez la octava. De lo que
estoy completamente seguro es de que nunca me he sentido tan cómodo y
tan arropado en un acto de este tipo. La asistencia fue generosa, y más
para tratarse de un desapacible jueves de noviembre. Pero más generoso
aún fue el afecto que noté entre quienes vinieron a escucharnos hablar
de estos libros.
Como dije al principio de mi
intervención, el valor de Héctor, el joven que rompió el hielo, podría
compararse con el del mismísimo Alejandro en la batalla de Gaugamela
(nada hay casual, pues, en su nombre). Más allá de eso, estuvo
elocuente, lúcido y maduro. Un auténtico lujo tener alumnos como él.
En cuanto a Antonio, el presentador adulto, ¿qué puedo decir? Su
exposición fue tan ágil y amena como una buena película de aventuras.
Y la guinda la puso su rigor como especialista, cinéfilo y buen
conocedor del mundo clásico.
Creo que entre los tres logramos
hacerles pasar a los asistentes un rato entretenido. Ahora sólo espero
que mis libros estén a la altura de sus presentadores.
En ocasiones como ésta uno
comprende que la tarea de escribir, a menudo secreta e ingrata, merece
verdaderamente la pena. Es durante estos encuentros con lectores y con
amigos (con frecuencia ambas cosas coinciden en la misma persona) cuando
quienes nos dedicamos a emborronar cuartillas comprendemos que todo
cobra sentido con tal de que haya alguien dispuesto a leerlas. Algunas
de estas personas, amigos y lectores, tuvieron la gentileza de acompañarme
el jueves pasado y de hacerme sentir tan dichoso como podría desear.
Por ello, una vez más, mi gratitud.
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